Julio del 97

Dos tiros en la nuca. Eso dijeron por la radio. Un hombre de entre veinte y treinta años ha aparecido con las manos atadas a la espalda, descalzo, y con dos tiros en la nuca. En Lasarte, Gipuzkoa. Y la playa de Torremolinos, por aquellos días de julio de 1997, atestada de gente bañándose, llenando chiringuitos, o tumbada al sol sobre hamacas o toallas en la arena. Una joven de poco más de veinte años, desde la tumbona más cercana, hace una pregunta a un chaval de no más de quince que desde media mañana no despega una pequeña radio de sus manos. ETA ha cumplido su amenaza, responde. Lo han encontrado con dos tiros en la nuca. 

Conmoción en toda España. Miles de personas llenan calles, plazas, avenidas. Manos blancas. Rabia. Gritos. Vascos sí, ETA no. En la televisión, ponen una y otra vez la grabación realizada en la puerta del Hospital de Donostia, en la que se ve a un joven sacado de una ambulancia en camilla y entubado. Ninguna esperanza, dicen los médicos. Y el ambiente, en distintos puntos de Vizcaya, Gipuzkoa y Navarra, se empieza a caldear. Mucho. En Ermua, le han metido fuego a la sede de Herri Batasuna. La fachada de la sede de este mismo partido, en Bilbao, apedreada, con los concejales dentro, al resguardo de la multitud que los espera en el exterior. En Pamplona, detienen las fiestas de San Fermín, y en las calles se producen enfrentamientos que llegan a las manos entre quienes justifican y apoyan la última acción de ETA por la libertad del pueblo vasco, y quienes saben que ese joven secuestrado y asesinado podría haber sido, o ser en un futuro, la de cualquier ser querido, o incluso ellos mismos. Hechos sin precedentes, dicen los y las periodistas que cubren la noticia. Días de julio grabado en la memoria de muchos ciudadanos y ciudadanas.      

Librería Lagun, en Donostia. Recorriendo sus pasillos me pregunto cuántos jóvenes menores de veinticinco años sabrán que, una tarde de julio de 1997, un hombre apareció con las manos atadas a la espalda, descalzo, y con dos tiros en la nuca. Pocos, probablemente. Muy pocos. Y un porcentaje no pequeño de los y las que lo saben, desconocen gran parte de la historia de este país. Tanto su pasado más lejano, como el más reciente. Porque aquellas personas que han mostrado y muestran desde jóvenes interés por la cultura, por la política, por la historia, víctimas de nefastos sistemas educativos y del sectarismo que atraviesa esta tierra llamada España, han aprendido e interiorizado como algo natural el abrir un libro o periódico no para contrastar información y desarrollar un sentido crítico, sino para reafirmarse en lo que ya conocen y apoyan, imposibilitando así indagación alguna sobre todo lo que no esté bajo el paraguas de su ideología. Ideología, en unos casos, basada únicamente en llevar pulseras con los colores de la bandera española, y, en otros, en vestir camisetas con el rostro del Che. Nada más. Porque no hay más donde poder profundizar bajo esa pulsera. Tampoco bajo esa camiseta.    

Playa. Cae una leve y suave llovizna. Sirimiri. La temperatura, en pleno mes de julio, es inferior a 23 grados. Atrás he dejado calles donostiarras limpias, bellas, tranquilas. Miro hacia la arena. Paseantes, niños jugando a la pelota, gente corriendo. No veo ningún chaval con una radio en las manos. Sí con teléfonos móviles y auriculares. Y yo siento un deseo. Siento el deseo de que aquel joven corredor de no más de quince años tenga sintonizado en su teléfono una emisora que le hable sobre los resultados en las pasadas elecciones en Euskadi. Sobre el notable incremento de votos obtenidos por EH Bildu. Pero a continuación, quiero que también se recuerde, con el mayor de los respetos, a los miles de personas que se vieron forzadas a marchar del País Vasco bajo amenaza de muerte. Vascos y vascas que dejaron atrás su tierra, su hogar, junto a su familia. Y también debe mencionarse a los familiares de los que decidieron quedarse y fueron asesinados. Viudas que, tras enterrar a su marido, entendieron que lo mejor para sus hijos e hijas era marchar lo antes posible de un lugar donde se celebraba con fiestas de bienvenida (ongi etorri) la salida de la cárcel y regreso de un o una miembro de ETA. Quiero que ese chaval se pregunte, como debemos preguntarnos todas y todos, cuántas de esas personas han podido volver a ejercer su derecho al voto en su lugar de origen de Gipuzkoa o Vizcaya. Y es que, para comprender y construir de manera justa nuestro presente, debemos conocer nuestro pasado. Tanto el más lejano, como el más reciente. No debemos permitir dejar en el olvido ningún verano.  

Álvaro Jiménez Angulo

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