El precio de los libros

En el Arte de robar, publicado en Madrid en 1844 y firmado por Dimas Camándula, se cuenta que un novelista célebre estaba durmiendo tranquilamente en su casa cuando fue despertado por un ruido inusual proveniente de su despacho. Personado en él encontró a un amigo de lo ajeno alumbrándose con una linterna mientras intentaba forzar el cajón de su escritorio. Y le dio por reír. Cuando el ladrón, primero extrañado y luego molesto, le preguntó por qué reía, el novelista le contestó que lo hacía porque estaba viendo a alguien forzando el cajón de su escritorio de noche para buscar dinero cuando él no podía encontrarlo a plena luz y abriéndolo con su llave. No sabemos si el episodio es cierto, pero sí muy verosímil. En cuanto a la identidad de Dimas Camándula, varias fuentes se inclinan por el erudito Felipe Monlau, autor, entre otras muchas curiosidades, de un Diccionario etimológico de la lengua castellana (ensayo), precedido de unos rudimentos de etimología, obra muy criticada por el hebraísta ursaonense García Blanco en su serie de artículos titulada Dislates del Dr. Monlau, por meterse a etimologista sin conocimientos de lenguas orientales, aparecida en la madrileña Revista de Instrucción Pública entre octubre de 1856 y marzo del año siguiente.

No, partidario de la cultura barata o incluso gratis: los libros no son caros, y los creadores tienen que vivir. Si no lo hacen el arte y la cultura se acaban. Sólo los más ilusos piensan que las máquinas (la IA) puede alimentar el alma de las personas. Podrán acelerar muchos otros procesos, los más racionales y mecánicos, pero nunca sustituirán la mente del artista, que basa su creatividad de manera precisa en lo menos lógico y previsible. En el mundo editorial, además, el creador es el peor retribuido de todos los elementos que lo componen: percibe apenas un diez por ciento del precio que pagamos por un libro, y eso con suerte. De ahí la verosimilitud del caso contado por Dimas Camándula.

Imaginemos ahora que salimos a comer fuera y luego, además, nos vamos de copas. Si al final del día, o a la mañana siguiente, hacemos cuentas veremos que hemos gastado más de treinta euros, eso es seguro, por muy barata que sea la población donde vivimos. ¿Y en qué se ha traducido ese dinero? En ciertas vitaminas y calorías que el cuerpo necesita, en desechos que excretamos por distintas vías y en una resaca más que mediana. Todo eso, vitaminas, calorías, excrementos y resaca, desparecerá en cuestión de horas. Ahora imaginemos que compramos un libro y ese libro nos cuesta treinta euros. Con su lectura vamos a tener ocupado nuestro tiempo y nuestra mente durante varios días, vamos a vivir vidas distintas a las nuestras, a viajar a lugares que no conocemos, a considerar circunstancias vitales que de otra forma no podríamos, a enriquecer nuestra cultura, a potenciar nuestra capacidad de empatía, a conocer mejor a las personas. Frente a los medios audiovisuales, la palabra escrita posee la virtud de la permanencia, lo que nos permite reflexionar sobre lo leído y volver a ese párrafo que tanto nos gustó cada vez que queramos. Una vez leído, el libro no desaparece, permanece en nuestra casa y de ella pasará a las de otras personas, que volverán a leerlo con el mismo aprovechamiento que nosotros. Cuando abro un libro impreso y empiezo a leer estoy activando zonas cerebrales que con los soportes digitales no activo, y además descanso la vista de las pantallas. Si tengo la suerte de sostener en mis manos un libro impreso de hace doscientos años siento el espíritu de todos los lectores que me precedieron durante al menos ocho generaciones, y comulgo con ellos en los beneficios que su lectura produce. No se trata de caer en lo que los japoneses llamas tsundoku, la acumulación de libros por el simple hecho de tenerlos, aunque no los leas, sino de comprar los que vayas a leer y hacerlo con la alegría de quien se sabe a punto de entrar en mundos que van a enriquecer su vida. Cuando tengas que hacer una mudanza será más complicada, es cierto, pero la corporeidad de los libros compensa, con sus placeres, los posibles inconvenientes. Y al comprar un libro damos vida a su creador, que pueda al menos alimentarse, pues el artista —está probado— del aire no vive. 

 

Fotografía de autor desconocido.

 

Víctor Espuny.

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