Desde mi calle – La Hora del Planeta

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Cuando Gaelia era niña no existía la Hora del Planeta. Me habló hace tiempo de que en su clase de EGB, su profesor D. Germán les hablaba de que el ser humano podía influir en el clima. A mediados de los setenta, ya había corrientes de opinión que entendían que la actividad humana podía poner en peligro la vida en el planeta. Hoy se sabe que aquello que vislumbraban unos cuantos, era cierto. La Hora del Planeta es una llamada a las conciencias para que, en la medida de nuestras posibilidades, cuidemos nuestro entorno y reduzcamos nuestra huella de carbono en el pasar por este valle de lágrimas. En aquellas ciudades y pueblos de SEAT 127 no había tiempo para pensar en el cambio climático. Todas las energías iban destinadas a llegar a fin de mes, a pagar las letras de los muebles o a ahorrar para tan soñada televisión en color. Los pobres no pueden enfrascarse en cosas como el clima, ni nada que se le parezca. Usan el transporte público porque no tienen otra alternativa, porque llegar a la gran ciudad en tiempos de pandemia es como una procesión de Semana Santa, con sus pasos, sus costaleros, sus plañideras y su incienso salido de las alcantarillas. Estamos en una época en donde llevamos un año celebrando la Pascua. Seguimos en plena penitencia por los desmanes que algunos cometieron y que todos pagamos. Lo único que cambiará en esta semana que entra, es que comeremos las torrijas tal como las hacía la abuela Carmen o el arroz con leche del Viernes Santo, tan del Sur. Es como Gaelia recuerda su Semana Santa de suburbio, con saetas en la radio, procesiones en blanco y negro, rodeada de bloques de viviendas, de calles con torres de alta tensión y un plato de arroz con leche.

Dicen los expertos que, para cuidar el planeta, podemos hacer algunas cosas aparentemente insignificantes. Desde reducir el uso de la secadora, a usar una botella térmica para trasportar el agua, en vez de comprarla embotellada. Yo añadiría a estos consejos, comprar menos en los supermercados y más en las tiendas tradicionales y en plazas de abastos, para evitar llevar a casa productos insanos llenos de cartones y plásticos. Comentan algunos prestigiosos nutricionistas que comer comida, en vez de productos, nos ayuda a estar más sanos y, digo yo, reduce nuestra huella de carbono en el planeta al consumir alimentos de producción local. La bicicleta que tanta aceptación tiene en las grandes ciudades, fue considerada en su momento como un elemento de transporte para pobres. El primer recuerdo que tengo de Sevilla es el de una ciudad tomada por un aluvión de bicicletas. Apenas tenía seis años y aquello se me quedó grabado porque cuando contaba a mis amigos que en Sevilla había muchas bicicletas, algunos me decían que eso era propio de lugares pobres, que lo mejor eran las ciudades llenas de coches y motos. Si no me falla la memoria, lo que cuento ocurrió en el año 73 y hoy la bicicleta, se ha convertido en un elemento de uso en lugares desarrollados y que los combustibles fósiles los emplean sin control, en países en vías de desarrollo.

Espero que La Hora del Planeta sea la antesala de la última Semana Santa sin Semana Santa y que la tradición cultural esté siempre unida a la conciencia por cuidar lo que más queremos. Disfruten de las pequeñas cosas que nos regala la vida porque por lo demás, todo saldrá bien.

¡Salud y letras!

 

© Juan Zamora Bermudo

 

Días grises

Jugábamos al fútbol en el viejo parque sin plantas, sin columpios, sin papeleras. Los bancos, en donde no se sentaba nadie, nos servían de portería en aquellos días de otoño. El barrio olía a Obra Sindical del Hogar y al Yugo y las Flechas de las placas que había sobre las puertas de las fincas de cuatro pisos. Muchos sábados, mientras le dábamos patadas al balón, se aparecía Antonio paseando por las calles del extrarradio de la Barcelona de los 70. Aquel hombre, del que después de unos años no volví a saber nada, solía disfrazarse de forma impecable de cualquier cosa que llamara la atención y se paseaba por los barrios saludando a todo al que se tropezaba. Recuerdo haberlo visto vestido de policía municipal, de torero, de barrendero y hasta del mismísimo Antonio Machín, con micrófono y todo. Llevaba tras de sí una horda de niños de pelo-pringue entusiasmados  por la esperpéntica imagen de aquel pobre desdichado. Ahora comprendo que quienes iban disfrazados eran los niños y que Antonio no era más que el reflejo del régimen que se derrumbaba a golpe de hoz, martillo y clavel en puño cerrado. Mi madre decía que la mente de Antonio sufrió un trastorno al haber perdido a su mujer y sus dos hijas en un accidente de tráfico. Antonio y sus trajes eran el único color en medio de tanto gris de hormigón.

 

© Gaelia 2004

 

Twitter: @Gaeliadeideas

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