¿Y Kiko? En la calle de la Luna

A Vox lo matará la falta de autocrítica. No la hicieron en Andalucía, tampoco la hicieron el 23J. La culpa es una cosa que, para ellos, siempre pertenece a otros. Pierden 19 escaños y tienen 19 excusas. Abascal no quería subir a la plataforma para hablarle a sus hooligans, buscaba con la mirada perdida, como un boxeador noqueado, a una persona que debía de estar en la esquina. Preguntaba desnortado a sus palmeros, pero Kiko no estaba. Por la mañana ya preparaba el terreno cuando a la salida del colegio electoral adelantaba que “cualquier resultado sería heroico”. Y sí, desde luego que lo sería. Es heroico querer revestir la cobardía de arrojo, mimetizar la chulería con el canguelo. El verde se destiñe y va camino de un gris apagado. La esperanza ha caducado y es el momento del odio. Todos vienen contra nosotros, los medios, los votantes que votan mal, el PP. Hay que volver a las conspiraciones judeomasonicas. Federico y el ABC son más progres que los progres. Ahora hay que apañárselas para seguir tocando la cacerola institucional. Ya no hay chance de ir al Constitucional, tampoco de organizar mociones fallidas. Ahora solo queda tocar la trompeta e intentar que no suene a epitafio, a funeral. Miran a Europa y observan a Hungría y a Italia con pena. Son el hijo pequeño de la familia ultraderechista. Pero no maduran, no dan el estirón, siguen con los dientes de leche y ya no los van a poder vender como colmillos. Tropiezan y señalan a los lados. La culpa no es de que estuvieran mirando el móvil, la culpa es de la farola que estaba donde no tenía que estar. Y mientras, por dentro, todo se descose. Iván silba y se atusa la barba, Monasterio lo mira y se dicen sin hablar que ya no pintan nada allí. Los Buxadés y sus marionetas siguen empeñados en suicidarse, en tomar el control de un Titanic directo al mismo iceberg contra el que se estrellaron Ciudadanos y Podemos. Ayer no hubo puros ni brindis de Acuña. Ayer hubo tanatorio y miradas de preocupación. Mucha gente que sabe que va a pasar hambre, muchas bocas que tienen mucho que contar y que necesitan seguir comiendo. El bambú y la bandera no proporcionan los nutrientes necesarios para poder subsistir. La vida sigue y los eslóganes mutan. Del solo queda Vox, a Vox se queda cada vez más solo. Así, sin nadie, apoyado en la barra de la nostalgia, me imagino al alter ego de Luis Peralta ayer. En un garito cualquiera de la Calle de la Luna, ahogando la hecatombe en Whisky, viendo cómo se derretían los hielos de la euforia. Santi lo buscaba, preguntaba por lo bajini por él. Pero estaba lejos. Pensando en los acordes de una lejana canción de su adolescencia. Quizás aquella que hablaba de La Chica de ayer…
Santi Gigliotti
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