Tiempos modernos

El cine estadounidense impuso en las pantallas la violencia en cualquiera de sus formas. Desde sus primeros tiempos, las películas se han encargado de recordar que existen las armas de fuego para usarlas contra «los malos» y vergajos, fustas, varas, rebenques, flagelos y látigos para emplearse a fondo contra los indisciplinados. Durante mi infancia la televisión emitía en horario infantil películas, sobre todo de piratas y, en general, navegantes, donde resultaba muy habitual la inclusión de secuencias donde se le quitaba a alguien la camisa, se le ataba cara a un mástil y se le daban rebencazos hasta dejarlo inconsciente. Estas películas reflejaban, exageradas, prácticas de la cultura británica, la misma que ha colonizado mentalmente la sociedad occidental y muchos creen modélica aunque esconde, como todas, realidades ominosas. 

Hasta una fecha tan cercana como 1987 no se prohibió la llamada «disciplina inglesa» —castigos físicos— en los centros docentes públicos de Gran Bretaña, y hasta 1999 siguió practicándose en los privados, que se resistieron a abandonar una costumbre que consideraban necesaria. Son datos objetivos. Resulta paradójico que en la isla donde nacieron las protectoras de animales y se escribieron narraciones animalistas tan emotivas como la novela de Anna Sewell Black Beauty (1877), a los niños se les maltratara hasta límites inadmisibles para cualquiera conciencia humanitaria. Puede que la animadversión hacia las personas que se respira en el relato animalista hunda ahí sus raíces. Mientras a los perros se les permitía dormir en la misma cama de su dueño y llevar una vida regalada, a los niños sin recursos se les sumía en algo un poco mejor que el infierno. 

La revista científica Plos One ha publicado recientemente un artículo firmado por Rebecca L. Gowland y otros sobre el resultado de las investigaciones llevadas a cabo en un antiguo cementerio de Fewston, localidad situada en el histórico condado de Yorkshire, Inglaterra. Hoy día Fewston posee una población de apenas ciento ochenta habitantes, pero en la primera mitad del siglo xix estaba más poblada y albergaba en su término varias fábricas textiles; era una localidad de una fuerte actividad industrial, como gran parte del país. Unas obras realizadas junto a su iglesia han sacado a la luz los restos de la población enterrada allí en plena Revolución Industrial. Los arqueólogos especializados en osteología que han analizado los restos han determinado la presencia de un porcentaje extraordinariamente alto de individuos muy jóvenes. No se trata de mortalidad infantil sino adolescente, extraña por su falta de lógica natural. Según sus conclusiones, los finados provenían del área de Londres, ciudad situada a más de trescientos kilómetros, y murieron por padecimientos relacionados con la sevicia y una alimentación muy pobre en nutrientes básicos. Creen haber encontrado la razón en los archivos locales. En ellos se conservan documentos en los que un empresario se compromete a dar cobijo y comida a un huérfano a cambio de su trabajo hasta los veintiún años. Pocos llegarían a esa edad. El niño abandonado, y traído desde la gran ciudad a las fábricas rurales, trabajaba pegado a una máquina durante jornadas interminables hasta fallecer por puro agotamiento. Nadie los socorría. Un estudio pormenorizado de los restos contenidos en los cementerios de las antiguas zonas industriales inglesas dará resultados espeluznantes. En el de Fewston, un tercio de los cadáveres pertenece a obreros adolescentes sepultados en fosas anónimas. 

Según diversas fuentes solventes —como UNICEF, The National Archives, The Social Welfare History Project y Child Labor in America—, en Estados Unidos las condiciones laborales de los niños fueron igualmente inhumanas, llegando a imponer, en industrias como la conservera, jornadas de dieciocho horas a criaturas de seis y siete años, que comenzaban el día a las tres de la mañana. En España también hubo trabajo infantil, por supuesto, sobre todo en minas, industrias y labores agrícolas, aunque parece menos documentado. En las zonas agrícolas los niños trabajaban desde muy pequeños pero acompañados de familiares, que cuidaban de ellos. Nada comparable a las workhouses británicas, cuyas condiciones de vida eran aún peores de las descritas en las novelas de Charles Dickens. Allí se recogía a huérfanos y pobres en general, se les asilaba, pero a cambio tenían que trabajar, una fuerza laboral que muchos funcionarios sin escrúpulos alquilaban buscando enriquecerse con la indefensión ajena. 

Cuando empecé este artículo no era mi intención realizar una apología del espíritu de la Europa mediterránea, pero los hechos, insensiblemente, me traen hasta aquí. El imperio cultural anglosajón, que impregna en la actualidad todas nuestras actividades, es heredero directo de aquellas prácticas inhumanas. Qué diferencia entre esa cultura —donde son premiadas la severidad, la frialdad, la contención y la represión emocional— y la propia de los países latinos, donde la pasión y las muestras de cariño forman parte de nuestras costumbres. Un equilibrio entre las dos sería beneficioso para todos. No en vano los territorios más sólidamente romanizados fueron durante más de un milenio los más cultos y desarrollados: más allá de sus límites habitaban los bárbaros.

 

Las fotografías son de Lewis Hine. El empeño de Hine en documentar el trabajo infantil contribuyó notablemente a la mejora de sus condiciones laborales, al menos en Estados Unidos. 

 

Víctor Espuny.

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