Rincones de la memoria

Parejo y Cañero Intermedio fijo

En el artículo titulado Inocentes, aparecido en este medio el 6 de diciembre de 2020, me hacía eco de la publicación del primer volumen de la obra completa de Antonio Pedro Rodríguez-Buzón Pineda (1913-1977), autor de aquel célebre pregón de la Semana Santa sevillana de 1956. Acaba de salir ahora el segundo volumen de la serie, dedicado a la poesía y la prosa religiosa escrita por el poeta ursaonense durante tres décadas, desde Alma nazarena (1942) hasta Dios expirante (1971), nueve títulos en total. Estoy seguro de que la obra de Rodríguez-Buzón, prologada y estudiada por el catedrático José María Barrera López, y acompañada por un prefacio de José María Rodríguez-Buzón Calle, sobrino del poeta, va a tener la acogida que merece por parte de los lectores, deseosos de incluirla en su biblioteca particular, ese valioso tesoro inmaterial que todo lector aspira a poseer y a cuyo cuidado y selección se entrega con deleite.

El fin del estado de alarma y el levantamiento de los confinamientos perimetrales nos permiten viajar de nuevo. Esté o no vacunado —si tiene más de cuarenta y cinco años es posible que ya lo esté— es probable que haya recuperado hábitos perdidos. La visita a museos y galerías de arte puede ser uno de ellos, y si no lo es nunca es tarde para empezar.

La artista granadina Sara Sarabia expone en la Sociedad Económica de Amigos del País de Málaga (Plaza de la Constitución, 7) su instalación Reminiscencia suspendida. Se trata de una reflexión sobre la fuerza de los sentidos para evocar recuerdos perdidos en los estratos de nuestra memoria, una especie de arqueología de nuestros sentimientos más antiguos. Es un tema recurrente en muchos creadores, desde Proust a Joan Manuel Serrat, pero en el caso de Sarabia expresado con una fuerza y una economía de recursos realmente admirables. En una sala de planta rectangular de poco más de diez por tres metros, y sin ningún tipo de iluminación ajena a la instalación —solo la luz natural proyectada desde el vano de la puerta—, una decena de antiguas cajas de Cola Cao decoradas con motivos chinescos, esas en las que las abuelas guardaban las bobinas de hilos o cualquier otra cosa, sorprende al visitante colgada del techo a metro y medio del suelo. Las cajas penden de hilos invisibles. La sala entera se encuentra llena de rumores de conversaciones en tono cariñoso y risas de niños. El visitante se acerca a las cajas —puede incluso rodearlas— y descubre que los sonidos provienen de ellas, cada una provista de un altavoz y una grabación independiente. Una luz poderosa pero tamizada, y situada también en el interior de las cajas, ilumina su contenido de abajo arriba, dando visibilidad a una hoja de papel amarillento escrito con tinta negra y una foto. La atmósfera de la sala es muy envolvente y durante unos segundos, vagando entre las cajas, el visitante rememora «aquellas pequeñas cosas» que a veces nos asaltan desde el interior de cajas o cajones perdidos, junto a una maceta o sentados a una mesa con la cuchara en la mano, y nos traen recuerdos de personas queridas que creíamos desaparecidos, esas emociones que duermen ocultas bajo estratos superpuestos y despiertan por sorpresa para resucitar a ese niño que fuimos y tanto amó. La exposición acaba el 12 de junio.

Y ahora, vamos al cine.

En la cartelera se encuentra todavía First Cow (EE. UU., 2019). Se trata de un wéstern ambientado en la zona de Oregón en 1820. Los protagonistas son dos hombres jóvenes que intentan hacer fortuna en una tierra llena de oportunidades pero aún salvaje y desprovista de reglamentaciones legales. Hasta ahí todo parece conocido, visto demasiadas veces en las películas clásicas del lejano Oeste. Esta, sin embargo, posee la singularidad de estar contada con una morosidad desesperante para el espectador de cine comercial, que debe hacer un esfuerzo para entender cómo era el transcurso del tiempo a comienzos del siglo XIX y en plena naturaleza, y cómo contaría los sucesos transcurridos entonces Kelly Reichardt, una cineasta capaz de comenzar su película con el plano fijo desde la ribera de un río del lento paso de un mercante largo y cansino. El relato resulta completamente circular y termina de una forma delicada y sobreentendida, de la misma manera que deja a la imaginación del espectador, bien provista ya de ejemplos, las escenas de violencia, tan frecuentes, y tan explícitas, en el cine al uso.

Un wéstern distinto, dictado por la delicadeza y muy exigente con la ambientación histórica.

 

Fotografía: Carmen Campos. Vista parcial de la instalación Reminiscencia suspendida, de Sara Sarabia.

 

Víctor Espuny

 

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