Olvidado DiCaprio: Los asesinos de la luna

Los premios Oscar de Hollywood nunca están exentos de polémica, aunque la ola del bienquedismo empezó a tapar la meritocracia artística hace ya unos años. No es secreto confesar que los premios no dictaminan en ningún lugar el valor sustancial de la película galardonada ni de las olvidadas, ni de ninguno de los elementos que la conforman. La opinión es la opinión, siempre válida una vez sus argumentos sean coherentes y fundamentados. Al fin y al cabo, lo de los premios Oscar, los Globos de oro, Goyas, BAFTAs, SAG, etc., son un colofón catártico en el que todos los cinéfilos se juntan para desfogarse tras un año entero de películas amadas y detestadas, como si se tratara de unos hooligans en temporada de fútbol.

Un viernes del pasado mes de octubre salí de una sala pensando lo magistral –cómo no– que me resultó “Los asesinos de la luna”, el último trabajo de Martin Scorsese (ahora el cineasta con el récord de más nominaciones en toda la historia). De ella admiré – y sigo admirando – cada apartado y cada intérprete, desde el primer protagonista hasta el último extra, obviando el siempre cumplidor papel del maestro/realizador neoyorquino. Hasta hace siete días, pensaba que la Academia concordaba conmigo, pues de esas merecidas 10 nominaciones ninguna iba dirigida a Leonardo DiCaprio. Sumido en decepción, pienso que se olvidaron de una de las facetas imprescindibles que justifican la genial recepción de la película.

La película es una colosal crónica acerca de la masacre de la nación indígena Osage (la más rica del planeta en aquel entonces) en Oklahoma a través de los ojos de los sádicos perpetradores y de las víctimas indígenas durante los años 20, que llevó a importantes sucesos históricos como la creación del FBI. A un lado del rostro de DiCaprio en el cartel aparece la inconmensurable Lily Gladstone, nominada a actriz principal y muy probable ganadora, actuando como los ojos y oídos del espectador, tanto testigo como víctima de la sangrienta barbarie a la que se nos tiene sometidos durante más de 3 horas. Al otro, el veteranísimo Robert De Niro, también nominado en un papel tan vil y malicioso como no le habíamos visto desde “El cabo del miedo” (sin duda, uno de los villanos americanos más aterradores desde el Noah Cross de John Huston en “Chinatown”).

En el epicentro de esta prolongada, cadenciosa, y complicada película, tan rebatida por parte del público su lenta frialdad como por su singular apuesta de perspectiva, está el personaje de DiCaprio. Singular porque Scorsese y su equipo decidieron apostar por un acercamiento diferente que el de la novela original (“Los asesinos de la luna de las flores”), donde el punto de vista principal sería aportado por aquellos que daban título al material, trabajando así también desde los ojos de los nativos Osage, y reduciendo a un mínimo, que no insignificante, el arquetipo de los detectives del FBI. Esto traería algunas quejas en las plataformas –que lo leí yo– sobre el error que había cometido el director obligando a la audiencia a sufrir la experiencia de estos asesinos, asegurando que no existía manera de empatizar lo cual hacía demasiado inaccesible el largometraje. Lo que no entiendo yo, es de dónde provienen las quejas, ¡si es lo que hace única a la maldita película! Claro que no existe manera de empatizar, porque esa es la cuestión. Otro punto más a favor de Martin Scorsese.

Los asesinos son tan sádicos como inútiles, tan insignificantes como persistentes. El objetivo era retratar a los culpables de los homicidios – reales, además – como la verdadera representación del mal, sin represalias y sin preámbulos. Además de Robert De Niro y una larga lista de deleznables vaqueros paletos – no olvidemos que, ante todo, estamos ante un western –, Leonardo DiCaprio es el vivo instrumento por el que la cinta canaliza su mensaje desesperanzador. Desde el momento que el tren llega a la estación de Oklahoma – como en el John Ford más clásico– y asoma ese hombre con uniforme militar, de ancha mandíbula y rostro fruncido vuelve a desaparecer el actor otra vez más.

Gran parte del mérito del magnífico trabajo de DiCaprio corresponde a su coprotagonista Lily Gladstone, esposa en el filme y con quien comparte la mayor parte del metraje. La anteriormente poco conocida actriz llena la pantalla con su presencia. Su vulnerabilidad ante la magnitud de la tragedia y su ignorancia ante el miserable monstruo con el que comparte su vida la hace de pronto una inmensa actriz. En ningún momento impostado ni forzado. Pero tan sublime como es su trabajo, también lo es el de DiCaprio. No mucha más justificación hay que dar al rol de Robert De Niro y su compenetración con el protagonista (primera película que co-protagonizan desde “This Boy’s Life”), ambos retroalimentándose mutuamente de la relación terrible de poder que comparten sus personajes. Uno tan manipulador y otro tan sumiso, aunque la complejidad de todo ello va mucho más allá gracias a la complejidad innata de sus talentos. Los dos mejores actores de sus respectivas épocas como las dos caras de la perversión y la maldad.

Me cuesta encontrar algún motivo por el que la Academia se podría olvidar del mismo. No existen muchos actores que lideren una película tan difícil como Los asesinos de la luna – y de 3 horas y media– , y que aún así cargue con toda ella sin parecer inmutarse. Sin inmutarse, porque aunque hay muchísimo trabajo detrás, sigue siendo el mejor actor de su generación. DiCaprio interpreta a un mequetrefe sin escrúpulos, malvado, y lo que es peor: estúpido. Porque lo único peor que ser malvado es estúpido, y el actor logra fusionar las dos sin hacerlo evidente. Hay momentos en los que ha de querer y muestra debilidad, y al segundo después está maquinando un asesinato determinando si se ha de dispararle en la frente o en la nuca. Es hilarante, triste, y despreciable en conjunto. Es capaz de darte lástima y es capaz de intimidar. Además, hay fotogramas en los que el mismísimo Marlon Brando parecía haber cobrado vida de nuevo. Los asesinos de la luna es una obra maestra, y una de sus grandes bazas es Leonardo DiCaprio, aunque a estas alturas es difícil que no lo sea en cualquier película que estrena. La Academia tardó en reconocer su obra, lástima que empecemos de cero.

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