Nacimiento y Resurrección

El camisón estaba desgastado. El blanco convertido en gris de tantos lavados a más de cien grados ponía de manifiesto las muchas mujeres que antes que yo se lo habrían puesto. Imaginé cuáles fueron sus experiencias. En mi mente ese camisón me recuerda al momento en que dije:  “¿pueden darme la mano?. Tengo miedo”. Y en una sala fluorescente, tumbada, con una docena de personas alrededor, los brazos atados, una tela que separaba mi cuerpo en dos mientras sentía los tirones en mi vientre, un chico que parecía un enfermero me apretó los dedos y sonrió. “-¿Cómo te llamas?. -Fran. -Gracias Fran”. Creo que preguntándole el nombre esperaba que de alguna manera esta experiencia tomara un rostro más humano.

Por las mañanas repartían las sábanas. Toallas. Comprensas para tu aseo personal. Si a la auxiliar de enfermería le caías bien te daba el camisón cuyos pequeños lunarcitos eran amarillos. El amarillo sobre blanco despinta menos que el morado o el verde. Paradójicamente aquel hospital lleva el mismo nombre de la Virgen que más deseos y bendiciones me concede. Le pedí salir de allí con mi hijo recién nacido. “Madre, no me vayas a dejar aquí, por favor”. Soy creyente, no tan prácticamente como el sabio Jorge Luis Borges, pero sí con la devoción al realismo mágico de Gabriel García Márquez. Salí. Di el pecho. Se posó el ángel de la guarda.

De todo aquel sueño, no he denunciado. No me atrevo. A lo más que puedo aspirar es a sublimar la experiencia con el arte, que no es poco. Ponerle rostro a la sombra. Que es la misma sombra que comparten muchas mujeres en silencio sintiéndose culpables. Querido lector, quería lectora, no soy una víctima. Aunque Nietzsche bien dijo aquello de que “hablar mucho sobre sí mismo también puede ser un medio para ocultarse a sí mismo”. No soy una víctima porque no permito que nadie me coloque ahí, pero el que yo no lo sea porque así me he construido, no significa que no se intente o no lo hayan sido. No escribo este artículo por mí, ¿o sí? (perdonar no significa olvidar). Escribo este soliloquio con el deseo de que las mujeres que  pasen por aquel lugar, las que lamentablemente sean las próximas, puedan resucitar entendiendo que son inocentes. Las sociedades construimos sistemas normalizados donde el sadismo y la violencia son pilares que no se cuestionan. Protocolos integrados en sistemas públicos y privados y, en espacios sagrados, sensiblemente humanos como es el alumbramiento del próximo ciudadano o ciudadana.

¿Saben porque me gusta tanto el cine? Porque permite crear historias donde hay una disonancia tan grande entre lo que es y lo que podría ser, y es tan luminoso, tan hipnótico, que termina por hacerse realidad. El cine permite entretenerse y jugar como niños y, también, cuestionar, y con ello, la alquimia del cambio a positivo. El cine es nacimiento y resurrección.

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Ayer en nuestra cultura fue la conmemoración del día en que volvió a la vida Jesucristo tras su crónica de la violencia y muerte. Ojalá todos los días resuciten los olvidados, los encadenados, los puestos contra la pared o castigados en un rincón. Los zarandeados con el fin de ser el divertimento de otros. Rezo por ello. Sin que rezar suponga nunca jamás el uso de una bomba, si no la luz reveladora de la vela encendida en medio de la penumbra. Como el proyector a 24 fotogramas por segundo de las imágenes en movimiento que moldean las grandes historias en la oscuridad de una sala cine. Sueñen. Apodérense de la pantalla. De la suya que no es de nadie salvo de usted. Lo más divertido es que no es necesario conquistar la pantalla de nadie, porque  como dijo el inmenso Platón: “La primera y mejor de las victorias es conquistarse a uno mismo. De todas las derrotas, la más vergonzosa y la más funesta es la de verse vencido por sí mismo. Esto muestra que vivimos internamente con una guerra contra nosotros mismos”. Resuciten. Vuelvan a la vida, haya pasado lo que haya pasado. Es el momento y su derecho de nacimiento.

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