Lo nuestro y lo triste

Está sonando la última canción. Queda poca gente y nadie con ganas de bailarla. Desde aquel lejano 23 de julio nada suena afinado. Es lo que tienen las agonías, que hacen que las piedras recientes se conviertan en losas antiguas y pesadas. Luis Peralta sigue pegado a la barra del lamento, encadenando errores, maridando malas decisiones con whisky. Zapatos castellanos y camisa por fuera debajo del chaleco. Todo él huele a nicotina y desaliño, a clochardismo ilustrado. Palpa el vacío de entender que ya no quedan enemigos de los suyos, de esos con los que echaba en casa las partidas de Cluedo. Saborea la amarga victoria de haber desterrado hasta al último infiel. 

Cayó en su trampa la Teniente O’Neill, se fue el hombre de los rizos que se atusaba la barba, ese cabrón diplomático, lamebotas de la CEOE, al que las circunstancias le hicieron retirarse del tablero de ajedrez. Mandó a paseo a otros tantos que él sabía que no besarían cada una de las palabras que su cabeza mandara a su boca y, esta semana, ha humillado al último díscolo; el gorila con escopeta, uf, nunca lo ha tragado, tan grande como torpe. No fue difícil identificarlo, vino tan de frente con lo de la agencia de colocación de amigos, que ha acabado colocado, callado y acobardado. Comiéndose el orgullo, de segundón en casa chica, lamiéndose las heridas mientras sueña con su venganza. Peralta lo sabe. Sabe que los equilibrios no se pueden mantener para siempre, que con los que se marcharon también se fueron los pilares de la casa, que el humo dura como argumento lo que tardan en abrirse las puertas. 

Luis quería las llaves del cortijo, pero ahora solo tiene la copia de las del búnker. Y no las tiene todas consigo con que algún día puedan cambiar la cerradura para dejarlo fuera. Él se quiere convencer de lo contrario, pero es tan listo que no es capaz; tiene claro que están bien jodidos, que lo peor de estar sobreviviendo es que la gente huele debilidad, que cuando te has estado dedicando a apilar cadáveres lo que tienes enfrente es un ejército de enemigos sin nada que perder. Ahora tiene al patrón herido, al socio inestable con ataques de claustrofobia y al líder sin liderazgo. Duele ver a su Geyperman desinflándose, observando cómo no le llega el aire al cuello de la camisa apretada, cómo se le abren las costuras. Dotar de divinidad y revestir de Don Pelayo a un pepero defenestrado fue su mayor éxito. Pero ahora se le corre el maquillaje, se le ha abierto la ceja y está sangrando en público. Acabado el hechizo, la gente ve a Pablo Casado versión culturista de Amurrio, País Vasco. Y ese es el punto de no retorno. 

No le quedaba otra que adelantar la Asamblea. Pitan los oídos demasiado, el final se acerca rápido y la única solución es blindarse. Es consciente de que es un error, pero era mostrar la debilidad o ponerla a prueba, y sabía que ahí estaban perdidos. Mejor quedar como dictador que como derrotado. Ha entrado en barrena, no sabe por dónde seguir. El manual, su único y preciado manual del ataque y el ruido, cada vez es más ineficaz. Ahora no engancha nada. En Ferraz se pasó de frenada, el pacto tácito de retroalimentación con la izquierda ya no se percibe como rebeldía sino como inutilidad. La desesperación es la pala que hace que los hoyos sean cada vez más grandes. Pierden votos y afiliados todos los días, la gente se ha aburrido, y, Luis, aunque no lo verbalice, también. Está cansado y desmotivado. Si no fuera por los clavos sueltos que le atan, en los que sabe que está su final, mandaría todo a tomar por culo y se centraría en la literatura. El finde que viene brindará por resistir, pero sabe que ya está en marcha la cuenta atrás. Suenan canciones, pero nadie tiene ganas de bailar. Guitarras desafinadas, toros sin astas, partidos sin votantes. Tambores de guerra. Es el momento: la última y para Casamata. 

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