Lametones en la herida

Progresar no es sinónimo de recibir.

Cuando el verano del 76 se disponía a morir, comencé a tachar en el almanaque los días que pasaban hasta finiquitar el compromiso patriótico: El servicio militar. Meses  antes,  mientras cenaba  «sopas al cuarto de hora» en el cuartel  San Fernando de Sevilla, entablé amistad con un soldado catalán que compartimos literas y  tantas cosas inútiles.   

En un par de ocasiones me acompañó hasta Osuna haciendo auto stop. No escatimó elogios para la reflectante cal de las casas y el sillaroso patrimonio de mi pueblo. El color y el clima de Osuna en septiembre le fascinó.

«He ahí por qué no sabe igual una copa de fino aquí que en Sant Vicenç dels Horts» le dije.

Una tarde bajamos la calle Migolla vestidos de soldados y nos detuvimos en la alameda. Un grupo de jornaleros de Osuna ondeaban banderas andaluzas  reivindicando acabar con los surcos de miseria que aún seguían sembrados «post mortem» del dictador. Los ursaonenses allí convocados no superaban el medio centenar.

«Demasiados conventos para tan pocos feligreses» le dije a mi amigo al oído. «Mica en mica s,omple la pica». Algo así como: «gota a gota se llena el barreño» respondió él.

Por un momento dudamos en detenernos para oír el discurso, no era aconsejable. Asistir o participar  de cualquier acto político, ilegal o no, podía ser castigado seriamente. Debido a que la policía militar (PM) en Osuna era inexistente y los cercanos municipales no tenían competencias, nos permitimos escuchar el mitin junto al cervantista Rodríguez Marín.

Un regate de la memoria me impide recordar el nombre de pila del seguidor de «Cristo, Marx o el Ché Guevara» que,  subido en un pollete, vociferaba la necesidad de remover la tierra calma. Sé que era un descamisado (bendecido por Diamantino García) de esos que brotaban como las amapolas en los barbechos de la campiña: Paco Casero, Manuel Gordillo, Diego Cañamero… o quizá algún incauto del recién fundado Partido Andalucista (PA) intentando inocular en la venas del campesinado los ideales de Blas Infante.

Lo cierto es que oímos a un líder de buena retórica llamado a liberar del yugo latifundista a los jornaleros que, miserablemente, seguían sometidos a precarias condiciones laborales. Todo parecía indicar que era el momento de curar la herida sangrante, que había llegado la hora de echar andar por la senda progresista que iba a llevar al andaluz dormido a ser lo que fue en Andalucía.

Con la cartilla en el bolsillo, mi amigo catalán me despidió con una reflexión manida: «El día que tu pueblo se dé cuenta del potencial de esta tierra recuperaréis la dignidad y la soberanía andaluza». «El conformismo es la peor derrota» dijo. Es por eso que aquellos paisanos de puños cerrados en la alameda me congratularon. «Ojalá los jornaleros andaluces se apliquen la cultura de la queja que se emplea del delta del Ebro para arriba», pensé.

Tres años antes de comenzar a marcar el paso ya había emigrado a Cataluña. Pertenezco al último envío franquista en masa a la región dónde se encontraba la brújula que indicaba el buen norte para los progres andaluces. Aquí me integré sin perder de vista a mi pueblo (es de ignorancia supina pensar que es incompatible).

Ha pasado mucho tiempo y nunca más supe del amigo catalán. Sin duda tendrá colgado en su balcón la bandera republicana. Es evidente que el franquismo dejó la piel del toro llena de perdigonazos y, desde entonces, todos a quejarse de las secuelas de la cacería. Hasta los hijos de los verdugos se quejan.

Y quiero hablar de los beneficios o no de las quejas.

A la izquierda radical de Cataluña: ERC, CUP…  no le interesa que la herida franquista cicatrice a cualquier precio y aprovechan los lametones en la misma para marcarse objetivos estratégicos. Sirva como ejemplo el secesionismo.

Lo conseguirán o no (yo no quiero) pero si alcanzan el «paraíso» continuarán quejándose (es genético) aunque sea para que el Barça, en tal caso, siga jugando en la liga de las estrellas… Lograr objetivos es dar pasos adelantes, progresar…, también es una victoria sobre el pensamiento facha que aquí elevan a la categoría de un orgasmo.

La altura de mira política de IU, SAT, SOC…,  partidos y sindicatos llamados a echar a andar al jornalero y dignificar las peonadas en el campo, no levanta un palmo del suelo y cuya meta marcada es la de importarles un mojón que Andalucía ostente el farolillo rojo en la clasificación de ámbito social en Europa. Ahí donde la «renta básica» se rechaza.  Y es que progresar no es sinónimo de recibir. La partida  de los Gordillos, Cañameros… sigue rentabilizando las quejas y lamentos sin cambiar ni una coma del originario guion populista: «La tierra no tiene dueño…, es para quien la trabaja».

En la alameda comenzó un cuento aún sin acabar. Y la verdad del cuento son los lametones retóricos en la herida para que siga húmeda, sin más objetivo estratégico que ser los maltratados franquistas mejor aceptados de España. En la hoja de ruta solo se oye el lamento consolador de su pasado convertido en una peligrosa adicción que acarrea el conformismo de los que le siguen.

Cuarenta años después, gracias al oportunismo y al aplauso mediático que produce la utopía, Diego Cañamero se sienta en un escaño en Las Cortes de este país. La «casta pura» se aliña con el modelo transversal.  Ahora toca ponerle el cascabel al gato. O lo que es lo mismo:  «a ver cómo le explica Pablo Iglesias al «bandolero de la campiña» en qué consiste el progreso».

¡Ah! El clima,  que tendrá el clima, amigo.

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