Hasta la polla

El sábado pasado en la alfombra roja de los Goya se plasmó el esperpento en el que nos hemos convertido como sociedad, la terrible empanada que llevamos encima, la dormidera de nuestro espíritu crítico. Nos han disparado un dardo y estamos presos de un hechizo que nos tiene idiotizados y que acabará arrasando con todo. Ya está bien de asentir, de taparse la nariz con las manos llenas de mierda, de utilizar el ‘progreso’ y lo ‘moderno’ como caballo de Troya de estupideces y sinvergonzadas de magnitudes bíblicas. Ya está bueno lo bueno. No sé si a lo que estoy apuntando se le llama wokismo o caradurismo, es estúpido buscarle eufemismos a lo estúpido, pero todos sabéis a lo que me refiero. Y no, esto no va de clamar al cielo espetando eso de que “ya no se puede decir nada” y bla bla bla, esto va de los límites descompensados de lo molesto, de la facilidad para escandalizarnos con determinadas cosas y poner la barriguita como jodidos chiguagas para que el amo nos dé una galletita con otras. Miren, no nos vamos a engañar, que cada uno simpatice con quien quiera, que sea activista de lo que le dé la real gana, pero, joder, un poco de amor propio. Que nuestras preferencias, convicciones o ideales no nos hagan quedar como soberanos imbéciles. Todos los días con el culo al aire, siempre agarrando catarros de pura estupidez. Porque antes de hablarme de propuestas insípidas y programas electorales, de peleíllas catetas en los parques de bolas de Twitter, háblame de ti, léeme el programa electoral de tu vida y dime que en el punto 7 has prometido ser un borrego, que has aceptado que se insulte a tu inteligencia.

Porque nada de lo que ocurrió el sábado debería verse desde el prisma de la ideología, bastaría con observarlo desde el sentido común para que nos diese vergüenza ajena. En primer lugar, tenemos a Inés Hernand. No, lo suyo no fue un mal día, es su manera de entender su trabajo: el activismo. A ver si alguien puede explicarme qué hacía esa señora por allí haciendo el ridículo más espantoso, sirviéndose de exabruptos, tacos a destiempo y una ristra de sandeces para dar un espectáculo en nombre del ‘entretenimiento’ y la generación Z. Esa, probablemente, es de las cosas que más me han quemado de esta nueva polémica que nace para tapar otras mil polémicas y que será enterrada por otras tantas en unas horas, el que después de la sonora cagada de la cómica, usen a la juventud de nuestro país como parapeto para tratar de explicar los desvaríos de Hernand. “No, es que no lo entendéis porque lo que estaba haciendo es usar un lenguaje para enganchar al público joven.” Miren, no, no nos insulten, dejen de hablar por nosotros, soy joven y a mí me abochornó la retransmisión y me hicieron cero gracia esos “chistes”, pongámosle comillas, vacíos de ingenio.

“Estoy hasta el coño”, esto decía la tipa mientras se reía, ella sola. Me preocupa mucho esta deriva humorística y social en la que vemos desternillante y transgresor algo que no es más que una horterada soez. Son las cuñadeces de nuestra época, la de esa hornada de personas que suplen su falta de talento con su militancia. Porque, oye, estos son los mismos que dicen que Alfonso Guerra es un cuñado y un carcamal, un abuelo antiguo y machista que se repite como el ajo, son los que se echan las manos a la cabeza cuando un futbolista del Zaragoza se toca los huevos para celebrar un gol.

Imagínense a algún señor, al que le estuvieran pagando por hacer una retransmisión en la tele pública, gritando “estoy hasta la polla.” Estoy casi seguro de que tendría mucha menos gracia, vamos, me atrevo a decir que ninguna. Incluso, me apuesto un cubata a que habría tesis de cómo el patriarcado permite que un “señoro” haga apología de su pene en la cadena de todos los españoles. Pero nada, parece que hay quien tiene bonos ilimitados en esto de derrapar. Y, ojo, respeto que haya gente a la que le gustase el tono y le hiciese gracia, que disfrutase con las revolucionarias y vanguardistas intervenciones de Inés, pero, por favor, no lo intenten legitimar usando ni el feminismo ni la modernez ni la conciencia de clase. Que no, que le hacéis un flaco favor a causas justas cuando las llenáis de defensas artificiales de gente que parece que está exenta de cometer errores. Esto va de rigor, del problema que supone que prefiramos las bufonadas simplonas de Inés a que alguien preparado haga una cobertura interesante, didáctica y graciosa. El trasfondo de esto es que hay miles de periodistas cualificados y especializados en cine y en cultura que serían capaces de informar y, a la vez, conectar con un público joven. Pero estos se quedaron en casa porque no hubiesen sido ni tan graciosos ni tan condescendientes. No sé en qué momento decidimos dar preferencia a lo chabacano frente a lo original. Porque, y creo que es hora de que nos demos cuenta, decir tonterías como las que soltó la presentadora ya no es cool, provocativo, innovador, trendy o rebelde. Ya está desfasado. Que no, que no cuela, que decir zorra no es empoderador, que todo tiene un límite, que ese néctar del que habéis mamado ya se ha agotado, que hasta las bromas más graciosas cansan y se vuelven reiterativas cuando se repiten, imagina las que ni siquiera la tienen. No hay nada más embarazoso que ver a alguien riéndose solo después de haber contado un chiste por decimocuarta vez. Y a todos nos ha pasado, todos nos hemos visto en ese abismo incómodo, todos nos hemos descubierto pesados alguna vez, no hemos sabido parar una turra que ya solo nos satisfacía a nosotros.

Lo de decirle “icono” al presidente del gobierno desde Televisión Española, tampoco es algo que sorprenda ya. Sí, es verdad que se lo dijo hasta al apuntador, llega a pasar por allí Coronado e igual también se lo dice, pero si estás allí es porque eres consciente de que hay algunas líneas, no ya del humor si no profesionales, que no debes traspasar. Pero vamos, queno es la primera vez que Hernand hace algo parecido desde el ente público. El Día del Orgullo del año pasado, a las puertas de las elecciones generales, soltó un alegato en favor del gobierno progresista. “Ganarán los buenos.”

Ayer salió un Comunicado del Consejo de Informativos de Medios Interactivos de RTVE en el que hacían “constar su rechazo ante el tono y el contenido de la emisión.” En ese texto se condenan los eructos, el culmen de sus gags, las quejas y las palabras malsonantes sin contexto. También hablaron de que la casa tiene un libro de estilo que debe de ser cumplido por los profesionales que trabajen en la cadena. Pero bueno, eso será para los periodistas, no para Inés, que se escuda en que es comunicadora y que se dedica a entretener. Escucha, chula,entretenidos son los años de carrera para que luego llegue alguien a contar tres cacharros para puristas del zetaísmo y le haga la ola al presidente.

Pero, claro, la cosa no iba a terminar ahí, porque Sánchez decidió redondear la simulación ayer por la noche y puso un tuit diciendo que Inés sí que era un icono. Da igual que los trabajadores y los sindicatos de la TV pública hiciesen constar su rechazo, da igual que muchos periodistas de medios progresistas dijesen con la boca chica que la tía había estado desafortunada.Da igual todo, porque dijo que Pedro era un icono y porque, y este es el meollo del asunto, es la cortina de humo perfecta para tratar de que pase rápido el escándalo de Barbate. Porque sí, el presidente del gobierno estuvo en la Gala pese a que sabía que unos narcos habían asesinado a dos Guardias Civiles, dos servidores públicos con el cuerpo aún caliente. No se le pasó por la cabeza guardar el frac, la pajarita y esa sucia sonrisa y embarcarse en su famoso Falcon, que para eso está, para poner rumbo a Barbate. Las vergüenzas se tapan con otras vergüenzas más nimias.

Inés es reincidente, sí, pero no tanto como Marlaska. Ahí estaba él tomándose una hamburguesa en Chueca mientras ardía Cataluña, ahí estuvo cesando a Pérez de los Cobos, ahí está, para los libros de Historia, la foto de la vergüenza de los inmigrantes muertos en la valla de Melilla. Pero nada, lo dicho, hay personas que tienen bonos ilimitados para derrapar, otras, arden pronto en la hoguera del escarnio público. Entiendo perfectamente a esa viuda que echa del entierro de su marido al responsable primero de su muerte. Porque los narcos son culpables, pero Marlaska es responsable. Responsable de que dos hombres se jugasen la vida en una barquita trucha combatiendo el narcotráfico, culpable de haber desmantelado el OCON-SUR, la unidad antinarco. Y yo le pregunto a los votantes del bloque progresista, y por favor sean sinceros, aunque sea en su conciencia, ¿qué habrían hecho si bajo un gobierno del PP se masacra en la frontera a los inmigrantes? ¿qué habrían dicho si Rajoy hubiera decidido quedarse de cóctel la noche en la que le comunican que han muerto dos servidores públicos? ¿qué haríais vosotras, mujeres, si fuerais la esposa de un Guardia Civil que combatía a los malos en desventaja porque a un ministro le parecía muy caro? Díganme, ¿qué harían?

Esto hace tiempo que dejó de ir de ideologías, es el momento de que nos saquemos el dardo que nos tiene anestesiados. Hay que quitarse la venda de los ojos y la bufanda del cuello. Empecemos a llamar a las cosas por su nombre. Al sinvergüenza, sinvergüenza. Al culpable, culpable. Inés tiene la culpa de tener poca gracia y no saber estar, pero los responsables son quienes la ponen ahí, a hacer un papelón. Marlaska tiene la culpa de ser incompetente sin escrúpulos, pero el responsable es quien, después de tanto escándalo, lo mantiene ahí. Ya está bien de lanzar balones fuera, de creernos que esto de la política es idolatrar figuras como si fueran futbolistas o cantantes. Ni muros, ni fachosferas, ni lonas del odio, ni gaitas fritas. Somos ciudadanos, cada uno de nuestro padre y de nuestra madre, por eso honrémoslos. Ellos no dejaron que les tomasen el pelo. Y el primer paso es que, por decoro ante los españoles y consideración hacia los periodistas que se toman en serio la profesión, Inés no vuelva a TVE, y que,por dignidad y respeto a los fallecidos, Marlaska dimita a la mayor brevedad posible. Todo lo demás es que nos sigan meando en la cara, a los de izquierdas y los de derechas, y que la palabra responsabilidad haya pasado a ser un mero concepto decorativo.

 

Pd: El maestro Quintero lo clavó desde aquella lejana colina que hoy ya se antoja inalcanzable.

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