La apariencia me quiso engañar

Hace un lustro que finiquité el contrato que durante medio siglo me mantuvo vinculado a la vida laboral. Debido a la inquietud personal (que no culo de mal asiento) desarrollé trabajos en distintas profesiones, mayormente en la hostelería y la sanidad privada los últimos 15 años. La jubilación y el tiempo libre me permite construir recuerdos que me apetece contar.

La memoria se ha detenido en un restaurante en la zona alta de Barcelona: «El Mató de Pedralbes» cuya especialidad era la comida casolana (casera) como la escudella o el trinxat de la Cerdanya. El trinxat es un plato pobre de ingredientes, con aspecto de tortilla, elaborado con patatas, col y panceta frita que salta a la vista.

En una ocasión un cliente, apasionado de la gastronomía catalana, llamó mi atención para añadir más detalles sobre la procedencia de esta receta: «Es un plato que pertenece a la comida de aprovechamiento y es típico del Alto Urgel, también de Andorra y de la Cataluña Norte o francesa» comentó. Era un ciudadano de avanzada edad, casi nonagenario, con surcos de arrugas propias del tiempo vivido y la mirada cansada que desprendía ternura. Recuerdo la exquisita educación con palabras pausadas y acentuada catalanidad.

Dado que el acento andaluz, del cual presumo, le llamó la atención, entre plato y plato le mostré la predisposición que siempre tuve para la correcta integración y convivencia en Cataluña; aún sabiendo que nunca tendría el reconocimiento de pleno derecho por más que el periodista, Paco Candel, estimulara a los «altres catalanes» a conseguirlo. Pero es justo ser agradecido. Lo mejor de la vida me ha ocurrido en esta tierra. Aquí me casé, aquí nacieron mis hijos, nietos.., si bien, eso si, siento que mi acento nunca sonará como el de alguien de Mollerussa.

«No se qué le parece a usted, pero me veo en la necesidad de conservar el que heredé de mis padres» le dije. Una mirada amable y media sonrisa bastó para aprobar mi reflexión y reconocer que el mutuo respeto era el mejor punto de encuentro en una sociedad.

Desde un principio noté que las facciones de su cara me recordaban a alguien que no tardé en reconocer. Se trataba de «Heribert Barrera» un político de Esquerra Republicana que reactivó este partido en la clandestinidad en tiempos de Franco.

Durante la década de los 80 fue Presidente del Parlamento catalán y Diputado por el partido en Las Cortes en Madrid. Entonces mostraba el perfil de un obstinado e intransigente catalanista que miraba por encima del hombro y escupía bilis en público y en artículos escritos con connotaciones racistas.

Se le atribuyen frases como: «se debería esterilizar a los débiles mentales de origen genético» o «el bilingüismo amenaza la desaparición de Cataluña como país».

Créanme que nunca simpaticé con fanáticos que, abrazados a la estelada, se mofan con sandeces al querer apropiarse de una tierra que debe ser de todos. He aquí una situación incómoda que me hizo reflexionar. Tenía delante a un político que apretó el gatillo verbal para reclamar una Cataluña libre de emigrantes, a un soberanista alérgico a la cultura andaluza: «Bailando sevillanas no avanzamos…» La indecencia de su vocabulario no tenía límites para construir fronteras.

Dicen que «las apariencias engañan» y no siempre lo que se percibe, a través de televisión y otros medios, corresponde con la realidad de esta o aquella persona. Un dicho no aplicable al gamberrillo Gabriel Rufián, este es una mentira con patas que, si llega a la vejez, seguirá exprimiendo el negocio hipócrita que tiene montado sin atender la prosa de Pedro Calderón de la Barca: «Fingimos lo que somos; seamos lo que fingimos».

Heribert Barrera, desde la apariencia de no haber roto un plato, me intentó engañar, me la quiso colar de manera educada y aparente bondad. Incluso me asaltaron dudas y pensé que, quizás, sintiera la necesidad de lavar la conciencia y saborear sin rubor las propiedades del gazpacho. A lo mejor, quién sabe, sintió miedo al reproche en la ancianidad al no superar la odisea de Ítaca, que tan próxima la veía.
Me temo que no. Heribert Barrera se llevó a la tumba impurezas en las venas y pobreza en el alma. Se fue con los pensamientos retratados y la obsesión ensoñadora de que un día su bandera ondeará libre de castañuelas en su sagrado territorio. «La vida es sueño» dijo el dramaturgo antes citado. Heribert Barrera se murió siendo español ¡Qué desgracia!

Antonio Moreno Pérez

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