En algún descampado

Está pasando en algún descampado de una ciudad de las que late más fuerte con el calor. Están llegando en coches con la música demasiado fuerte como para escucharla. Van con las ventanas hasta abajo y con la mano por fuera, con el carnet a estrenar. Entran con acelerones tímidos, repasando caras entre los grupitos que ya están allí. Buscan a los suyos, la avanzadilla, los que vivían cerca o simplemente llegaron antes. Y cuando los encuentran, el que conduce apura la ruedecilla del volumen y mete el coche de culo, a trompicones, haciendo el indio con el freno mientras los demás corean un eh, eh, eh.

Los más impacientes no han pasado por sus casas, se liaron de cervezas y decidieron, ya puestos, enredarse desde temprano, apostar la euforia en una carrera de fondo. Sus caras y sus sonrisas les delatan. Los que acaban de llegar corren para ponerse al ritmo de los impacientes. Aunque se han visto hace pocas horas, se abrazan como si hubiesen metido un gol en el último minuto y, para que mentirnos, algo de eso hay. Tiene el acabar la Selectividad una consistencia de victoria de época, de las que ganas sin querer mirar el trofeo porque da malfario, de las que vienen de lejos. Ese día no piensan en la nota, intuyen por dónde pueden ir los tiros, pero se ponen la camisa antibalas de la diversión, desabrochada hasta el tercer botón, dejando al aire los pelillos revoltosos del pecho de hojalata.

No saben si el titular es que han terminado el colegio o que van a empezar la universidad. La única certeza que se permiten es que se han acabado los agobios y que ha iniciado el verano. Ese verano del viaje imborrable, en el que el éxtasis del sinsentido les hará pensar que es un gran plan degradarse el pelo y la ceja de borrachera, en el que pasearán invencibles por una ciudad desconocida, donde madrugarán sin acostarse, donde se despertarán sin acordarse. Están en el punto muerto de la madurez, despidiéndose de rendir cuentas a sus viejos, asimilando que tendrán que empezar a aguantarse a sí mismos.

Se han acabado los litros, han llegado las niñas. Se pasan a los vasos de tubo, cargan copas y cigarros con misterio. Algunos se separan de la música, son incapaces de apartar el nervio de la cabeza, juegan a pronosticar sus notas, anuncian las locuras que están dispuestos a hacer si entran donde quieren entrar. Luego llega el momento maletero, y algunos se ponen serios, tuercen el gesto y tiran gapos para darle seriedad a lo que dicen. Sentarse en un botellón es poner el trasero en una butaca de cine. Las conversaciones suenan todas a guiones de película en la que el protagonista es Robin Williams. Diálogos extraños esos, cuando con la realidad en la boca, verbalizan la proyección de lo que quieren que sean sus vidas. Esa charla coge tintes desfavorables, desemboca en lugares lo suficientemente trascendentes para que empiecen las paranoias y alguien caiga en la cuenta de que el tiempo comienza a ir para adelante. Uno de ellos, decide cortar la chapa con un brindis emotivo. No hay mejor manera de zanjar la sensiblería que con cursilería. La mayoría se meten la copa del tirón para dentro. “Nos echamos otra y vamos a dar una vuelta a ver qué hay por ahí”. La vida es dar garbeos y putivueltas; saber que buscas algo, no estar seguro de encontrarlo. Está pasando en algún descampado de una ciudad de las que late más fuerte con el calor.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti

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