El rico caldo de la tierra

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Tras tomar unas copitas, previas al acto, el cantaor Manuel Fernández Carrasco “Borrico” es requerido para pisar las tablas de la Peña Antonio Mairena en Hospitalet y comenzar el recital programado. Con el correcto saludo a la afición y una charla sermoneada, el cantaor entró en faena, no sin antes volver a regar la garganta con otro buchito de Solear. ¡Viva Sanlúcar y su rico caldo!

Subir a un escenario y enfrentarse al público, merece todo el respeto en cualquier ámbito artístico. Un cantaor, por muchas tablas que tenga, siempre se expone a la traición de los nervios iniciales, le preocupa la elección de los cantes e intenta controlar la mayor energía posible para contagiar con su arte a las personas que pagan y tiene delante.

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Para tal efecto, la mayoría de ellos acuden a una copa de manzanilla, o dos, para templarse, coger el tono y lograr la temperatura óptima de las cuerdas vocales, también conseguir el equilibrio emocional. La unión del vino y el cante permanece desde los orígenes del flamenco y es la conjunción perfecta para arañar el alma con una seguiriya o bordar unas medidas pataítas por bulería.

Distinto es cuando el efecto emocional que produce el rico caldo se apodera del artista. Una copa de más, en ocasiones, distorsiona el color de la voz, asfixia la ejecución de los tercios y hasta puede provocar un lloriqueo emocional que puede ridiculizar.

Manuel Fernández “Borrico” es un cantaor gitano de varetas y grande como un barril de vino de Domecq, heredero de un eco rancio que cruje los huesos cantando la toná más primitiva de Tío Luis el de la Juliana”. Manuel es nieto de Tío Gregorio “Borrico de Jerez” y emparentado con la nobleza cantaora de su tierra: Terremoto, Diego Carrasco, los Parrilla, los Moraos…

La afición hospitalense acudió al reclamo de los duendes, sabedora de que Manuel se relaciona con ellos y vendría dispuesto no solo a honrar la genética cantaora de la que procede, también a provocar pinchazos de alfileres por bulería por soleá, por ejemplo. El sitio y la afición lo merecía.

Pero no fue así. Manuel no estaba para hacer canastas, faltó mimbre y ganas de rebuscarse en los genes cantaores de Jerez y Lebrija. La actuación dejó que desear, no estuvo chachipén ni colmó el gusto de casi nadie. No supo elegir el lugar ni el público para racanear su eco y la profundidad cantaora que tiene. Ni ganas para posar en una foto para el recuerdo hubo. Chapó para el genial tocaor Paco Garfias, profesional y sobrado de tablas…, tantas que sin perder la sonrisa supo capotear con elegancia los modales del arcaico cantaor.

En cuestiones flamencólogas, la Peña Antonio Mairena cuenta con estudiosos de nota alta en la asignatura. Para nada se chupan el dedo. Aquí se sabe escuchar y reconocer a quien lo hace por derecho… Hace más de medio siglo que aquí se dignifica y se divulga una pureza que sobrepasa los límites cantaores de los barrios jerezanos de San Miguel o Santiago. Por saber, se sabe hasta que Jerez tiene plaza de toros, aeropuerto, puticlub…, y Cádiz no”.

En cualquier peña, sea ésta o Los Cernícalos en Jerez,, se permite al cantaor que, entre cante y cante, pueda contar un chiste, consiente de que, a veces, es una estrategia del artista para respirar y aliviar el diafragma…, de paso se agradece, una sonrisa es el sonido más preciado que emite el ser humano. Diferente es que una anécdota ocurrente interrumpa los acordes de las seis cuerdas para simular ciertas carencias para llevar el cante a su sitio.

Tío Gregorio “Borrico de Jerez” (su abuelo) fue un cantaor que vivió y se “acomodó” a vivir de la gañanía, de los tabancos y de las propinas que le ofrecía el señorito de turno por las ventas y colmaos. Eran otros tiempos. Hoy, su nieto, quizás añore esa cultura y guste de introducirse en el papel de cantaor de tabernas cuando ya no toca. El Flamenco Patrimonial y las diferentes vertientes (cante, baile y guitarra) conforman un arte de música viva que evoluciona.

Sabido es que el rico caldo sin mesura provoca descontrol de la memoria. Manuel nos trasladó a los tiempos de cuando al Flamenco se le mataba desde dentro. Debió ser menos “borrico” y no desafiar, ante su público, al titán de la grandeza jonda, al que fue el mayor defensor de su raza y sus cantes, Antonio Mairena.

En otra ocasión notaremos la presencia del duende y el soniquete de la bulería por soleá. Mientras tanto seguimos amando el genuino compás de la tierra del vino.

Antonio Moreno Pérez

 

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