El arte de Cúchares y el toreo de muleta

Seguro que en más de una ocasión el lector habrá escuchado referirse al toreo en general como el arte de Cúchares.  

Pero ¿de dónde viene esa expresión y quién era el tal Cúchares?

Francisco Arjona Herrera, era el conocido como Cúchares o “Curro Cúchares”. 

Nació accidentalmente en Madrid en 1818 y falleció en La Habana en 1868 con tan solo 50 años. 

Hijo de un banderillero llamado “Costuras” que cuando se retiró pasó a ser empleado del matadero de Sevilla. 

Sobrino-nieto de “Costillares”, sobrino directo de Curro Guillén, padre de “Currito” y yerno de Antonio Sánchez “El Tato”. Para los menos ilustrados todos ellos grandes figuras del toreo en el siglo XIX. Estirpe taurina por los cuatro costados.

Discípulo de Pedro Romero, torero de Ronda, que dirigió la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla fundada por Fernando VII en 1830 y ubicada en el matadero de Sevilla en el que trabajaba el padre de Cúchares. 

Estaba dicha Real Escuela situada entre una de las puertas de la ciudad y el arrabal de San Bernardo. 

En la actualidad esa puerta de la ciudad aún es denominada como Puerta de la Carne. 

Le viene el nombre de la existencia de ese matadero situado a las afueras de la ciudad, que se edificó en tiempos de los Reyes Católicos y que fuera inmortalizado por Cervantes tanto en su obra “El coloquio de los perros” como en “Rinconete y Cortadillo” como aún acredita una placa conmemorativa allí ubicada.  

Años más tarde el escritor sevillano de origen británico José María Blanco White (1775-1841) en su obra “Cartas de España”, escrita bajo el seudónimo de Leocadio Doblado, describe así el matadero de San Bernardo:

“Todas las semanas llevan dos hatos de flacos animales al gran matadero que está situado entre una de las puertas de la ciudad y el arrabal de San Bernardo. Siempre se reúne en aquel llano un buen número de gente que agitando sus capas y con agudos silbidos logran con frecuencia dispersar la piara y separar a la res más brava para divertirse con ella. 

Es un juego alegre y efectista, y rara vez resulta peligroso cuando lo practican los entendidos. Recibe el apropiado nombre de ‘capeo’. Todos los vecinos del barrio de San Bernardo, hombres, mujeres y niños, son grandes aficionados a él. Pero es en los mismos corrales del matadero donde se entrenan los toreros de profesión bajo la presidencia de un capitular del Ayuntamiento, que suele invitar a sus amigos a contemplar el espectáculo. El matadero está tan admitido como escuela de tauromaquia que se le da el apodo de Colegio”. 

Incluso llegó a contar el matadero con una plaza de toros de madera en la que cabían casi 700 espectadores.

Dos grandes discípulos tuvo Pedro Romero en esa escuela. 

Paquiro, precursor de la montera y del que hablamos hace unas semanas, y Cúchares, que mantuvieron en los ruedos una gran rivalidad. 

Cuando Paquiro se retira, un paisano suyo toma el relevo en la rivalidad con Cúchares. Se trata de José Redondo “El Chiclanero”.  

Fue Cúchares el primer torero que se hizo ganadero, comprando unas reses al Duque de Veragua. Nunca recibió una cornada. 

Pero su gran aportación fue convertir el tercio de muerte en tercio de lucimiento. Hasta entonces el tercio de muerte se limitaba a cuadrar el toro con la muleta en la mano izquierda y entrar a matar con la derecha.

Cúchares es el primero que antes de entrar a matar se echa la muleta a la mano derecha, articula unos pases artísticos y concibe la lidia como medio de lucimiento y no como fin. Da primacía a la muleta sobre el capote y sobre el tercio de varas, que era lo que se imponía hasta entonces. 

La muleta ya no solo vale para preparar al toro para la muerte. 

En la obra cumbre de  José Alameda en su obra cumbre “El hilo del toreo”   pueden leerse estas bellas palabras:

“Cúchares le quita a la muleta su servidumbre de azafata de la espada y la coloca en el trono”. 

Así nace la expresión del arte de Cúchares referida a ese primer gran cambio en el toreo. 

El gran compositor Enrique Pastor Celda le dedicó un pasodoble (El arte de Cúchares) de los que suben el ánimo y que debería ser tocado más en las plazas de España. Les recomiendo su audición al finalizar el artículo.  

Cúchares hizo buena fortuna en el mundo del toro, pero su carácter desprendido le hizo colaborar en cualquier causa que se le plantease hasta tal punto de volver a pasar serias dificultades económicas que le obligaron a volver a torear, aceptando una oferta multimillonaria para torear en Cuba seis corridas. Pero antes de poder torear esas corridas y estando ya en La Habana contrajo la enfermedad del vómito negro, hoy denominada fiebre amarilla, y falleció.

Cuando la hija de Cúchares se casa con El Tato, su padre le dice: “Piensa lo que vas a hacer porque no todos vuelven vivos de las corridas como hago yo”.

No fue un toro, sino el vómito negro el que impidió a Cuchares volver a casa.

Como curiosidad hay que resaltar que “El Tato” perdió una pierna toreando en Madrid el 7 de junio de 1869 y que el miembro amputado fue metido en formol y expuesto en una farmacia de Madrid en la calle Fuencarral, muy cercana a la calle Montera. La farmacia saldría ardiendo tan solo un mes después y la pierna quedó convertida en cenizas. 

La enciclopedia de Cossío destaca que tanto era su valor que en 1871 quiso torear con una prótesis en su pierna, pero le resultó imposible “sentándose impotente en el estribo de la plaza de Madrid, llorando al final, de forma que el rey don Amadeo de Saboya, que presidía la corrida, le llamó al palco para consolarle. Y ese exceso de pundonor en el claroscuro de su valor y su desgracia, ha quedado en la expresión “esto no lo hace ni El Tato”, equivalente a lo que nadie es capaz de hacer”. 

A pesar de su desgracia “ El Tato” tuvo luego una intensa vida social y estaba presente en todos los eventos que se celebraban tanto en Madrid como en Sevilla. Tanto es así que su ausencia llamaba la atención porque estaba en todo lo reseñable. 

La expresión del valor del Tato evoluciona hacia aquella que aún hoy se usa para describir los actos en los que la ausencia de público era notoria. “No ha venido ni El Tato”.

Los restos de Cúchares  permanecieron en Cuba hasta 1884 cuando  los hermanos Francisco y Salvador Sánchez  ambos conocidos como “Frascuelo” se encargaron de repatriar su cadáver. Al mítico Salvador Sánchez “Frascuelo” le dio Cúchares la alternativa y el testigo fue su hijo Currito

Sus restos están enterrados a los pies del Señor de la Salud en la iglesia de San Bernardo de cuya hermandad tanto él como su hijo Currito y su yerno “El Tato” ostentaron el cargo de Hermano Mayor.

Como curiosidad la próxima vez que vayan a la Maestranza fíjense en las rejas que se sitúan delante de la Puerta del Príncipe donde aparecen esculpidas en hierro los rostros de muchos de los diestros citados en este artículo. Paquiro, Pedro Romero, Cúchares, El Chiclanero, El Tato y Costillares. Además de Desperdicios  y Lagartijo.

En la lápida de Cúchares, hoy en la iglesia de San Bernardo en Sevilla, figura la inscripción a la que todos deberíamos aspirar: “Detrás de esta losa fría, yace un generoso hombre honrado. Dichoso aquel que fuera llorado sin dejar en la tierra un enemigo”. 

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