Detenerse en la pintura: el reto de la abstracción

El artista José María Bermejo presenta en el Museo de Osuna su exposición La palabra, la pintura, el silencio donde interroga a la propia pintura e invita al espectador a dilucidar entre los entresijos de la línea, el color y las infinitas posibilidades que éstas ofrecen

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La lectura de una obra de arte suele nacer más de la sospecha que del conocimiento, o más bien, desde la intuición. A veces la capacidad de razonar queda mermada por el pulso que pierde ante la infalible libertad de la creación, y es que nada provoca más disputa que el debate entre la necesidad de explicar el arte o si éste debe ser interpretado por cuenta de cada quién. Incluso para alguien como yo, que ha visto muchísimas obras y exposiciones, necesita dar a veces un paso atrás y repensar si está atropellando o no, con su pensamiento y sus palabras, la capacidad interpretativa del otro. Al fin y al cabo, una crítica de arte es tan solo una espectadora; aunque sea una espectadora que se permite ciertas licencias al comentar las obras. Pero entre las dudas y certezas, es necesario crear un espacio para el argumento, y esa es la verdadera función de quien mira y observa.

En estos días podemos de ver en Osuna la exposición La palabra, la pintura, el silencio con obras de uno de los principales representantes de la abstracción sevillana, el artista José María Bermejo (Olivares, Sevilla, 1952), donde tendremos oportunidad de hallar ese “espacio” de argumento, aparte del evidente entorno para la contemplación y el recreo visual que la exposición nos ofrece. Y en esto me gustaría también detenerme: la clave de una buena muestra expositiva no radica meramente en el valor que de por sí tienen las obras, sino en el cariño, esmero y gusto empleado en el diseño de su disposición o, dicho de otro modo, en su montaje. La sala de exposiciones temporales del Museo de Osuna no cuenta con holgadas dimensiones, no obstante, ofrece muy buenas posibilidades que el artista ha sabido usar a su favor. Fundamentalmente hallamos dos espacios diferenciados, y aunque el relato no se ve alterado en función de por dónde comencemos a ver la muestra, sí es cierto que el ritmo y la vibración de las obras y sus motivos varían y, por tanto, la sensación al recorrerla sí puede verse alterada.

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Las obras pertenecen a tres series: Transmisiones, Pintura Continua y Artificios reticulares, siendo esta última una serie aún en desarrollo desde que se iniciara en el año 1996. Desde el primer momento podemos atisbar un pequeño e importante detalle: las obras de la primera sala pertenecen estilísticamente a una misma línea de trabajo donde la cuadrícula se impone como protagonista. Como una suerte de laberinto, las líneas se disponen para que la mirada se pierda y nunca halle salida, desembocando siempre en el mismo punto, el color. Bermejo no se conforma con despistar al ojo, tampoco quiere ofrecer una obra cerrada en tanto que pueda desgranarse en un golpe de vista, sino una obra que precise de atención y detenimiento, y esa es, precisamente, la trampa de la abstracción. Las dos piezas que conforman el díptico a la entrada están realizadas en papel, soporte que el artista cubre en su totalidad de pintura, siendo los bordes remarcados con líneas irregulares en color blanco que no invitan a pensar en la idea del equilibrio -propia de la línea recta-, sino que aparece poco delimitada e invadiendo las líneas contiguas, y dejándose igualmente invadir por éstas. Gotas de pintura parecen haber escapado al control del artista -o probablemente, eso es lo que ha querido que pensemos-.

Las composiciones han sido creadas capa sobre capa, superponiendo las líneas, quedando unas visibles y cruzadas por los surcos provocados por el paso de las cerdas del pincel sobre el soporte y que denotan un trazo más libre y enérgico. Las líneas más evidentes al mirar la obra son aquellas que conformar la cuadrícula, es decir, el diseño intencionado del artista. Pero lo que podría parecer sencillamente eso, es -observando más de cerca- un juego de trazos de una indiscutible complejidad. Los cuadrados que quedan al fondo, en segundo y tercer plano, no son más que la capa de pigmento original. La línea del pincel. Línea sobre línea.

En cuanto a su disposición, las obras se hallan colocadas unas al lado de otras en forma de diálogo antagónico, es decir, piezas en las que predominan colores fríos junto a otras en las que predominan colores cálidos, aunque en este transcurso encontramos alguna pieza disonante, una contradicción que bien casa con el propio título de la muestra -teniendo en cuenta que la palabra y el silencio son tan compañeras de viaje como difíciles de coexistir al mismo tiempo-.

La tercera obra de la primera sala nos pone en antecedentes sobre qué podemos ver en la segunda, sirviendo de enlace con las obras con las que culmina la muestra. Todas ellas tienen un denominador común: el rechazo al ilusionismo y el tributo al color y a la línea, un asunto que bien podría remitirnos a las composiciones del vanguardista Piet Mondrian (1872-1944). Sin intención de ponerlos en estricta comparación, se considera oportuno remarcarlo como apunte de sus precedentes. Sin embargo, el crítico de arte Juan Bosco Díaz-Urmeneta Muñoz ya estableció de manera muy certera esta relación entre los dos artistas al señalar que existen dos aspectos de Bermejo que conectan con Mondrian:

«El primero, el ritmo, por grande que sea la diferencia entre estos cuadros agitados, cercanos al juego y aun al humor, y el sutil ritmo que Mondrian introduce en sus obras mediante la asimetría. Mondrian empleó otro recurso: hacía que las formas del cuadro tendieran a prolongarse más allá del lienzo, aunque tropezaran con la frontera del marco. Así esperaba que el cuadro transfiriera su movimiento al muro. Bermejo hace algo parecido: las obras de Pintura continua tienden a expandirse y logran agitar el muro en el que cuelgan.»

Y será precisamente esta expansión de la que habla Bosco la que otorgue armonía a todo el conjunto de obras del artista, a pesar de que en algunas piezas la cuadrícula se imponga y, en otras, siga presente aunque con cierto disimulo, casi soterrada y tras una predominante organicidad de las formas. 

La exposición ha itinerado por varias salas y localidades, y para todos aquellos que estén o pasen por Osuna en estas fechas y les interese la pintura y el arte contemporáneo, la cita con esta exposición en el Museo de Osuna es definitivamente ineludible.

María Arregui Montero

La palabra, la pintura, el silencio

Museo de Osuna, C/ Sevilla, 37

Hasta el 6 de enero de 2022

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1 DÍAZ-URMENETA MUÑOZ, Juan Bosco. Dos espacios, dos cadencias. El Diario de Sevilla [en línea] Sevilla. 29 enero 2019. [Consultado: 14 diciembre 2021]. Disponible en: https://www.diariodesevilla.es/artes_plasticas/palabra-pintura-silencio-bermejo_0_1322867948.html

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