De Torres y Cádiz

«De casta le viene al galgo» suelo decir cuando relaciono los parentescos genéticos de alguien que destaca por alguna habilidad o pasión artística. Resulta que se hace llamar «Joni Torres» y por las venas le corre una gitanería jonda que invita a seguirle los pasos.

Los apellidos Torres y Cádiz, en la rama del flamenco, recuerdan en Osuna a una casta de aficionados que dejaron huellas, caso de Frasquito «el tuertecito» y el cante sin atajos que se pega a los riñones. Frasquito no poseía la fonética del bel canto, ni falta que le hacía, le bastaba con el eco rancio para conmover y el genuino porte para esconder los duendes del cante gitano.

El joven cantaor que cito engarza no solo con los genes de Frasquito y los de su abuelo José «Caracolé», también con el cantaor «Joselero de Morón» que, por cierto, ni se llamaba José ni nació en la ciudad del gallo sin plumas. Está registrado como Luis Torres Cádiz en La Puebla de Cazalla que lo vio nacer.

Cuentan que Joselero, en el otoño de su carrera, vivia desahogado dando sesiones de master classes y participando en alguna que otra juerga de postín en compañía de su cuñado, el genial tocaor Diego del Gastor. Sabemos que su padre, gitano por los cuatro costados, era de Osuna y la madre, mitad paya, nació en Estepa. El nombre artístico de «Joselero» lo toma de su hermano mayor que era quién dominaba la bulería y se ajustaba al tres por cuatro de la soleá en época del «Cojo de Málaga». Más tarde éste deja el artisteo para atender la zapatería que puso en Osuna. “Hizo bien, porque se murió dejando dinerito”, decía Joselero de Morón.

En cuestiones de pellizcos en el alma, quien de verdad partía la pana en Osuna era Carmen Torres, la hermana de ambos y reconocida saetera por martinetes. También eran Torres los parientes «Pitusa» y «Canina” o sea, el Chiquito y el Niño de Osuna, éstos confinados como artistas a la peña Platería y al turismo del Sacromonte.

Honores para la ciudad de los sueños (Granada) que los acogió y porque granainos se sintieron hasta el final de sus días. Todos ellos, juntos con José Torres «Reondo» (hijo de Carmen) se llevaron a la tumba el profundo sentir por el flamenco.

En el mundo de los vivos respira con nosotros Juan Torres Cádiz «Juani». Buen aficionado que, unido por la sangre y el cante, se pasea por La Carrera reivindicando, día si y otro también, la ortodoxia de su raza influenciado por el tío Frasquito.

«A las viejas no le pican las pulgas/ porque tienen las carnes muy duras/ se le meten por los costillares/ ay que no son pulgas que son alacranes….»

Esta letra, estilo bulerías de Cádiz, está muy trillada dentro del repertorio de la saga que les hablo. Hace más de medio siglo se la escuchaba cantar al «Quesque», hijo de Frasquito y Curra Andrades, mientras llenaba sifones en la fabriquilla de la Calle Nueva. Manolillo «levadura» que era muy cuchichí, le acompañaba con el compás.

Entonces la ópera flamenca se resistía a morir y la radio seguía emitiendo la cultura de panderetas y falsetes livianos, a fin de atender el propagandismo del Régimen que vendía el flamenco que le interesaba. No me considero enemigo de Pepe Marchena o la Niña de Antequera, si bien descubrí, pasado un tiempo, que crecí en la Osuna fandanguera escuchando un flamenco desnortado.

A primero de los años 60, el cante de fragua no regaba los oidos a la ciudadanía ursaonense ni sumaba adeptos más allá de los correores de ganado y de cuatro payos afines en una caseta de feria. Así, pues, el cante gitano-andaluz (definición mairenista) permanecía relegado al yeli de bodas y a jaranas de tabernas. Más tarde, con la llegada de la Tertulia y la Pringá, despertó cierto interés por dignificar al cante y a los aficionados locales que pisaron tablas poniendo en valor la herencia del Fillo, el Nitri…

En un lugar de la memoria veo a Enrique Andújar Cádiz, el Mellizo, un gitano que conocí en Hospitalet. Con un trato amigable y una copa de vino escuchamos un disco que había grabado compartido: «La otra Andalucía» lo titularon. Sus tíos, Marcelino y Enrique Cádiz Reyes, que también subieron al tren de la emigración, participaron como palmeros y juntos hicieron sus pinitos ligando con destreza la alegría y la pena del cante y el baile.

«Tendrías que escuchar a mi hermano el Titi, ese si que araña el cante» decía. Al Titi, Antonio Andújar Cádiz, le pudieron las circunstancias y regresó a Osuna años antes. ¡Claro que lo escuché! Me quedo con el metal limpio de su voz y una estremecedora saeta la madrugá del Viernes Santo. Era el Titi, un Cádiz preñado de afición, como podía ser un Torres. La saga continúa recogiendo la cosecha que sembraron sin flamenquería barata.

Antonio Moreno Pérez

 

 

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