Cine inolvidable: ‘La sociedad de la nieve’

“Una experiencia eminentemente sensorial” son las palabras que rescato de un tuit de Juan Antonio Bayona sobre La sociedad de la nieve. En él explica la propuesta que buscaba su equipo en esta nueva versión sobre la magnífica historia real del “Milagro de los Andes” con respecto a lo ofrecido en versiones antecesoras como “Viven” (Frank Marshall, 1993). La tragedia, milagro, odisea, o hito, como quieran llamarlo, sobre los supervivientes – y fallecidos – uruguayos del accidente de avión sobre los Andes en 1972 es por todos conocida. ¿Pero hasta qué punto? El cine, aportado principalmente por el director, de La sociedad de la nieve tenía la responsabilidad de poner un acento especial sobre un tema tan afamado como este. Pero Bayona sabe de sobra que una película trabajada hasta el último aliento y desde el máximo respeto lo haría sin necesidad de explicarse a sí misma… Y vaya si lo hace. Al fin y al cabo, esa es la magia del cine y de las grandes películas.

El célebre crítico norteamericano Roger Ebert contaba en 2012 que se levantó a los 30 segundos de comenzar la película que sucedía a la proyección de Infierno Blanco (The Grey, de Joe Carnahan), el survival protagonizado por Liam Neeson sobre un grupo de buscadores de petróleo cuyo avión se estrellaba en las gélidas tierras subárticas de Alaska para sufrir la persecución de una manada de lobos hambrientos. Esta película se vendió erróneamente como un thriller de acción similar a otros títulos bajo el brazo de la estrella protagonista, pero que, realmente, se movía más por los términos de la película de Bayona. Infierno Blanco y La sociedad de la nieve, una de carácter ficticio y otra basada en un hecho real, pero que sin embargo tratan de individuos de carne y hueso y su humanidad frente a las adversidades tan terribles como inevitables de la naturaleza. Roger Ebert aseguraba salir de esa sala por el profundo impacto que le había provocado la proyección anterior, y que el sentimiento de congoja era tan fuerte que no le permitía ser justo con la nueva película. Salía yo de ver La sociedad de la nieve con exactamente el mismo sentimiento, compungido en mi sillón sin apenas ganas de ver otra cosa. En mi cabeza pululaba la fuerza inconmensurable de las imágenes de la película, fruto de la experiencia tan desgarradora como lograda que había presenciado en la sala de cine. Un mérito descomunal en todo largometraje que se preste a esa sensación.

La grandeza de esta película reside en aspectos que son fundamentales dentro del lenguaje cinematográfico. Relatar una historia real ya es de por sí razón de escepticismo para muchos. El simple hecho de pertenecer a un subgénero trillado que puede respaldarse en la realidad que adapta y menos en el despliegue cinematográfico no pasa desapercibido ante un público que lo último que busca es ser tomado por idiota al acudir a la gran pantalla (para la sorpresa de muchas productoras). Sin embargo, a La sociedad de la nieve le hace falta una sola secuencia para borrar ese prejuicio de un plumazo.

La brillantez de Bayona en la ejecución de su película está sellada con fuego en cada decisión. La escena del accidente de avión marca un punto de inflexión –fundamental en toda película– donde se produce una promesa y una declaración de intenciones a la audiencia revelando la auténtica experiencia a la que se van a enfrentar. El grupo de protagonistas y los 45 pasajeros del avión surcan a baja altura la cordillera de los Andes, e irónicamente, como la propia audiencia que se encuentra presenciando la película, aún no saben lo que están por vivir. Si a ese tipo de escena se le puede exigir algo, es todo lo que ese accidente supone. Un momento espeluznante en forma de crescendo interminable que rima con el atronador sonido del fuselaje rompiendo con el viento, los gritos de terror y la sensación de incertidumbre. Lo que hace Bayona, en la línea de los grandes cineastas de este arte, es jugar en todo momento con las herramientas que le propone el cine para sacar todo su potencial. Como el momento en el que, una vez el avión no puede superar la montaña, se parte en dos y el ensordecedor sonido que precedía se torna en un silencio que haría estremecer hasta a un agujero negro.

Cada elemento de las escenas y la película en su conjunto rima en un sentido: la inmersión. Desde un primer instante Bayona acierta poniendo en el encuadre principal a los protagonistas que lo vivieron, llenos de vida y juventud . Rápidamente son reducidos a una mota de polvo dentro de un paraje inmenso como el valle en el que tienen que sobrevivir. Es estremecedora la forma de utilizar las imágenes de ellos junto al avión frente a las montañas, totalmente insignificantes en un mundo que creemos que nos pertenece, pero al cual estamos condenados a obedecer eternamente. Después de ello, se nos somete a la experiencia extraordinaria que este grupo de personas tuvo que afrontar de la manera tan poderosa que tiene el cine de hacerlo: a través de la perspectiva fundamental de los personajes. En un momento de la película ves a los jóvenes agarrar la hebilla de sus cinturones y abrocharse más allá de lo que permite su tallado, y todo queda dicho. A pesar de la narración omnipresente del protagonista – elemento que tiene su propio cometido dentro de la película –, ningún momento requiere de énfasis explicativos para transmitir lo que está ocurriendo (a diferencia de otras películas populares del 2023 como la de la muñeca de Mattel, pero eso es otro artículo). Y la misma técnica invade la pantalla durante cada situación que se les presenta. Una y otra vez. Cuanto más pasa y peor se les pone a los chicos, mejor es la película, como si estuviera tejida por un Dios en total hegemonía de su obra. Aquí ese Dios tiene nombre y apellidos, y su obra está construida por un realizador que narra como un maestro (Bayona, director ya confesado de idolatrar a Steven Spielberg, quien debe estar más que orgulloso).

Para terminar, el toque de genialidad de las fotografías marca ese acento que había por añadir a esta historia archiconocida. La instantaneidad de los momentos vividos por todas estas personas que nos han acompañado durante un par de horas se interrumpe con el disparador de una cámara que invoca al recuerdo. Como espectador la experiencia se despide fugazmente por una milésima de segundo, implementando en tu memoria los momentos vividos durante cada fotograma. Los momentos que vivieron los que ya no están, y los que perduran. Los recuerdos de un grupo de personas que durante un periodo de tiempo convivieron en sociedad para hacer frente a una causa más grande que la vida. Cuánto respeto, cuánta maestría.

Mención aparte a la maravillosa música de Michael Giacchino.

© 2023 COPYRIGHT EL PESPUNTE. ISSN: 2174-6931
El Pespunte Media S.L. - B56740004
Avda. de la Constitución, 15, 1ª planta, Of. 1
41640 Osuna (Sevilla)