Agosto en Sevilla

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Solo hay un puñado de sitios en el mundo que son capaces de transformarse mientras se mantienen inalterables, reinos de taifas que permanecen impasibles al desaliento, trocitos de geografía que se arreglan cuando nadie los mira. El mes de agosto constituye para todos un tiempo de retirada, un plan de huida hacia sitios más exóticos y cómodos, un simulacro de incendio que nos lleva a escapar del fuego que tanto anhelaremos en invierno.

Sevilla en agosto es como el artista que se encierra en una habitación para poder crear, alguien que se aprovecha de una intimidad impuesta, de un silencio a gritos. De la inspiración siempre se habla como una suerte de instancia superior que solo aparece cuando los astros deciden hacerse sombra, pero Sevilla, por cosas del azar y la genética, decide cuando es el momento de comenzar a cincelar su obra. Sevilla tiene aquella cualidad de las mujeres hermosas; que no sabes si están más guapas arregladas o en pijama. Por eso, cuando sale lava de la boca de los meses, la ciudad se enfunda un top, unos shorts, se recoge el pelo y anda en chanclas por el estudio de sí misma, con el fin de traer una nueva gama de colores para la siguiente colección.

Sevilla también tiene vacaciones, lo único que las vive en su sitio, por miedo a que a su vuelta alguien le quiera quitar su posición. En este periodo vacacional es cuando la ciudad decide convertirse de verdad en pueblo, dejar de maquillarse, abrir sus poros y dejar que la piel y el cutis se sanen. Hay algunos turistas locos que deciden, con buena fe, desembarcar en Tierra Santa, pero Sevilla está en otras cosas y no va a permitir que nadie le robe su descanso. Ella es hospitalaria, sin embargo, no se va arreglar para extranjeros, ¡está de vacaciones¡ Si la quieren conocer la van a tener que conocer así, al natural.

Conocer Sevilla en agosto es conocer a la ciudad en su esplendor. Por eso, a los guiris les hacen falta un par de días para enterarse de que va el juego. En Sevilla, manda Sevilla, y si a ti te apetece hacer turismo a las 12 de la mañana de un 12 de agosto atente a las consecuencias. Mi ciudad decide cuando se puede salir a la calle, su manera de confinar es con “la caló” y eso lo sabemos los sevillanos que nos quedamos aquí. Cumplimos un pacto con ella, prometemos respetar sus vacaciones, comprendemos su purga térmica durante el día y esperamos pacientes a la hora del recreo en la que desaloja al sol para que nosotros podamos jugar.

A eso de las nueve, cuando la tregua se hace efectiva, salimos los últimos supervivientes y nos hacemos gestos de complicidad, nos saludamos, somos conscientes de que esto ya ha pasado de ser la majestuosa ciudad a nuestro pueblo familiar. Está el cochero solitario tumbado desmenuzándose el joint, la reportera en prácticas hablando de la ola de calor, el yonko con prisas por llegar a ninguna parte. Los labios de los adoquines dan besos calientes en las plantas de los pies, las persianas de los comercios son ojos cerrados, la calle es un desierto silencioso.

El Cañuelo es lo único que está abierto en Los Remedios, allí se congregan los habituales de La Quesería, Cadillac, Noniná y La Maceta. Maestros del billar, los chinos y el futbolo. Emilio cobija al barrio entre sus paredes, la cerveza está especialmente fría y en la tele siguen apareciendo videoclips de los 80. Lo único que cambian son las pintas de los parroquianos; alguna guayabera entre los más puretas, bañadores, babuchas, bermudas, chanclas, y algún valiente con chinos. Todos sabemos que a las doce chapa el local pero todo el mundo se hace el loco, nadie quiere salir de allí. ¿Da tiempo a otro no, Emilio? – se escucha desde la mesa de billar.

Fuera aún sigue encendida la chimenea y no tiene pinta que pretenda apagarse, pero Sevilla parece seguir despierta. De vuelta a casa solo me encuentro a un solitario camión de Lipasam con un operario tratando de enfriar el suelo con una manguera. Para los que la echamos de menos durante el año, es un regalo tener a Sevilla sola para nosotros, receptiva. Estoy seguro de que ha aprovechado el silencio para echarse un cubata mientras escucha la música de los pasos de vuelta. Me siento sudoroso en unos escalones a contemplarla, creo que me está mirando de vuelta, que se me insinúa. Podría meterme en su cama, pero hace mucho calor.

 

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti

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