Tiempos difíciles

Existen pensamientos llamativos, que te tocan y pueden hacer que te pares a reflexionar sobre ellos por auténtica necesidad, como si intuyeras que lo precisan, que son muy valiosos. Este es uno de ellos: «Los tiempos difíciles crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean tiempos fáciles. Los tiempos fáciles crean hombres débiles, los hombres débiles crean tiempos difíciles». Algunos atribuyen esta reflexión a G. Michael Hopf, escritor estadounidense contemporáneo, pero tiene aspecto de ser mucho más antigua, tal vez incluso oriental, un proverbio venerable, de los que llevan miles de años demostrando su infalibilidad. Supone la existencia en la historia de una rueda que no para de girar para volver al lugar de inicio varias generaciones después. De ser cierta, ¿en qué momento del giro de la rueda nos encontramos?

El periodo de tiempo comprendido entre 1914 y 1945 fue el más convulso experimentado hasta ahora por la humanidad. En esos treinta años las personas conocieron varias guerras civiles y dos guerras mundiales que dejaron devastadas amplias zonas del planeta, una crisis económica como no había existido nunca —y no ha vuelto a existir— y la extensión por gran parte del mundo de una crueldad inusitada, que, unida a los adelantos técnicos de la industrias química y armamentística, produjo terribles matanzas, en algunos casos genocidios programados, la misma crueldad que finalmente, con la ayuda de los medios de comunicación, ha conseguido que banalicemos la violencia. Era como si el humanitarismo hubiera dejado de existir. Las catástrofes se sucedían unas a otras. Un español nacido en 1920, por ejemplo, vivió una guerra civil en plena adolescencia y luego vio cómo desaparecían muchos de los vecinos de su ciudad que habían sobrevivido a la guerra o, directamente, fue él quien tuvo que exiliarse. Algunos consiguieron viajar a América, pero otros, instalados en Francia, se encontraron envueltos en la Segunda Guerra Mundial y colaboraron en la resistencia francesa o acabaron en campos de concentración alemanes, víctimas de la locura homicida que recorría el mundo. Luego, hasta que los Estados Unidos regaron Europa de millones para que pudiera recuperarse y entrar de lleno en el sistema consumista, los sobrevivientes pasaron hambre, hambre de verdad, no aquella autoimpuesta para lucir tipo en la playa. Hubo países, como el nuestro, donde, durante décadas, nadie pudo hablar, y no digamos escribir, con libertad en ningún sitio, pues las publicaciones pasaban por una censura previa y los lugares de reunión estaban llenos de confidentes de la policía. Ésta confeccionaba ficheros con los antecedentes de los ciudadanos, de manera que sabían, o creían saber, qué pensaba cada uno o qué orientación sexual tenía para poder presionarlos en caso necesario. Libertad, ninguna. Para nosotros, que vivimos en una época donde uno puede ciscarse hasta en lo más sagrado y declararse, por ejemplo, defensor de los derechos de los canguros de Huelva, esto puede resultar increíble, pero fue así. Fueron años muy difíciles. Las personas tenían que sobrevivir, todas —las que se habían visto obligadas a exiliarse y las que habían permanecido en España—: había que comer y sacar adelante a la familia. La situación económica fue cambiando a partir de los cincuenta de manera patente y, a pesar de la crisis de los setenta por la subida de los precios del petróleo, cuando el dictador Francisco Franco murió en la cama España iba bien. Los políticos de derechas y los de izquierda, nacidos los más viejos, como Josep Tarradellas, a finales del siglo XIX, y los más jóvenes, como Felipe González, a principios de los cuarenta, habían pasado por penalidades sin cuento. Eran, por tanto, y según la reflexión del principio, personas fuertes. ¿Qué hicieron? Facilitar las cosas, ponerse de acuerdo para convivir en un país que es de todos y de nadie y en el que todos cabemos. A partir de ese apretón de manos España vivió unos años de fábula. Los mejores. Entonces empezaron a nacer personas que lo tuvieron todo mucho más fácil. La mayoría de los integrantes de la actual clase política española vinieron al mundo en los setenta, no tuvieron que superar los grandes obstáculos vitales que conocieron aquellos nacidos en la primera mitad del siglo, ni sufrir sus amarguras, se lo encontraron todo hecho, lo más difícil, y son, por tanto, personas más débiles y, en general, muy irresponsables. Estos —me duele decirlo, pero es así— nos están complicando la existencia, llevando al país a una división como no se vivía desde hace décadas, encantados muchos de ellos —según parece— en rememorar los horrores del pasado, penalidades que, lógicamente, no vivieron. 

Parece, pues, que vienen tiempos difíciles. Habrá que estar vigilantes.

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