Me supera la sinrazón

Nadie, o casi nadie, se escapa de haber hecho el tonto alguna vez en la vida. Yo lo admito. Ya fuera por hacer realidad una fantasía en la edad del pavo o por intentar lograr un amor imposible. También, por qué no, por un exceso de euforia previo a una resaca. Unas y otras las considero tonteras puntuales que conviven en el recuerdo sin traumas ni razones para el arrepentimiento.

Diferente es cuando escasean los conocimientos y las conductas poco pertinentes se suceden un día tras otro. Así, pues, es fácil cruzarte con el medio tonto inofensivo del barrio que va por la vida con la tontería solapada y, cuando menos lo espera, la suelta en el bar de cabecera provocando la risa complaciente. Entonces toca sobrellevar la convivencia con el guiño resignado.

No ocurre igual cuando se trata de sacudirse la torpeza de los llamados «tontos útiles» en el ámbito político, sobre todo en Cataluña. Éstos lo son no por defender las propiedades de la escudella catalana y presumir de pedigrí, algo lícito, más bien por ignorar que son títeres movidos por una trama de listos aprovechados. En ocasiones el grado de estupidez se eleva a la máxima cuando desaparecen los pensamientos sensatos en favor de la sinrazón. Es en esa parcela, lejos de lo razonable, donde habitan pánfilos más papistas que el Papa y defienden la causa desde el extremo, en ocasiones, rayando el ridículo.

Hace un año, aproximadamente, asistí a la presentación y charla sobre el libro que ilustra el artículo. Sin duda lo compré. Me interesó la temática argumental de los autores, Arcadi Espada y Antonio España, éste último ya fallecido.

Arcadi Espada (Arcadio) de origen onubense, es periodista, escritor y fue pieza clave en la creación del partido «Ciudadanos» en Cataluña. Con conocimientos de causa habló de su afición al flamenco y puso en valor las entrevistas que ellos mismos hicieron a figuras el cante, el baile y la guitarra en los años setenta en Andalucia. La dialéctica me pareció rica y didáctica en cuanto a datos y opiniones de aquellos geniales artistas, casi todos fallecidos. Tal es así que lo recomendé a conocidos aficionados que alimentan el gusanillo de lo jondo.

Siempre digo que el sentimiento de rabia o rencor, ocasionado por situaciones personales o colectivas, debe caminar al margen de la cultura de origen, sea la de Josep Plá o Rodríguez Marín. Ocurre que no siempre es así. Entre los tontos útiles los hay que pasean el encefalograma plano: «hay que serlo de solemnidad para no permitir que este libro ocupe un lugar en un mueble de su casa, simplemente porque el autor se posicionó en el lado contrario a la opción del Procés Independentista en Cataluña».

Mi madre, que poseía un master en sabiduría (bregó en muchas plazas) aconsejaba no sulfurarse por tonterías. En esta ocasión siento no recoger bien su cosecha. Lo impide un aventajado bobalicón, adiestrado en la conveniencia del los despropósitos, que saca de quicio y zamarrea la empatía con una patada a las primeras lecciones en un patio con geranios. Un gregario que obedece al dictado embaucador y le horroriza que le señalen como español o facha, para el caso es lo mismo, y son todos los que no piensan igual.

Henchido de su propia bobería y convertido en un progre, dicho en su acepción más peyorativa, subraya no solo el pasado indigno de los tópicos andaluces, sino que reconoce a «Rosalía» como la cantaora modernista y representativa del flamenco en Cataluña lejos de las influencias del franquismo. ¡Y yo sin enterarme!

Pues en esas estoy, analizando la ignorancia atrevida que confunde y sin salir del asombro. ¿Cómo le explico que la referencia en Cataluña del arte flamenco data de finales del siglo XIX, desmontando, pues, la tontería de que la presencia en esta comunidad se deba al amparo de la dictadura franquista…?

Nada nuevo bajo el sol. La cultura andaluza, con sus tradiciones, sigue siendo un blanco fácil para el disparo en Cataluña, ya sea con balas xenófobas de un burro autóctono de la Garrotxa o por un desarraigado estómago agradecido que le baila el agua y se mea en sus ancestros. Posiblemente la existencia del «Síndrome de Estocolmo» viene al dedillo para entender por qué se elabora el caldo gordo a los que se mofan de tu cultura.

En cualquier caso, difícil tarea la de corregir al tonto cuando en sus entendederas no hay espacio para separar lo esencial de lo superfluo ni para la idea de abandonar la inútil complicidad. Es una guerra que siempre afrontaré en defensa del sentido común y los principios, aún sabiendo que pierdo el tiempo en batallas que a un tonto nunca le voy a ganar.

Antonio Moreno Pérez

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