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La hora de la estrella

La hora de la estrella

Sigo con la labor de divulgación literaria, beneficiosa en cualquier época pero más que nunca ahora, cuando el confinamiento por el Covid-19 ha vuelto el arte y su disfrute más necesarios que nunca. Cineastas, actores, pintores, músicos, escritores, etc., nos ayudan a sobrellevar esta penosa y extraordinaria situación.

Hoy les traigo la última obra de una creadora que amaba la literatura sobre todas las cosas. La escribió en los últimos meses de vida, viendo a su lado el espectro de la muerte mirándola frío y descarado; de hecho apenas alcanzó a verla publicada. Hablo de Clarice Lispector (1920-1977), brasileña de origen ucraniano, y de su obra La hora de la estrella. La biografía de Lispector se localiza en Internet como muchos artículos, con sólo pulsar un botón, pero no todo es tan fácil de comprender y localizar en el tecnificado mundo en que vivimos. A ver quién localiza abrazos.

La hora de la estrella consiste en el relato de la vida de Macabea, una mujer casi invisible, insignificante por su misma inconsciencia de estar viviendo. Todas a su alrededor son personas ambiciosas, mejor preparadas para la lucha por la existencia. El narrador es un hombre que tiene interés en Macabea por su debilidad, por ser una persona tan desvalida, tan poco preparada para la supervivencia. Tras ese narrador masculino, y tras la mujer protagonista, se esconde Lispector en un genial desdoblamiento artístico. También el lector toma pronto cariño a Macabea, una muchacha demasiado delgada, sin gracia para vestirse, sin encanto físico, que sueña con tener novio o parecerse a Marilyn Monroe y de la que todos se ríen por su insignificancia. Macabea, sin embargo, guarda en su interior una estrella de mil puntas y tarde o temprano la mostrará, hermosa y deslumbrante. Resulta conmovedor, y quizá ejemplar —síntoma de una entrega absoluta a la creación—, que alguien a las puertas de la muerte fuera capaz de idear y desarrollar un argumento así.

Desde el comienzo de La hora de la estrella, desde la misma «Dedicatoria del autor», uno tiene la impresión de hallarse ante una escritora con voz propia y muy poderosa, algo parecido a lo que ocurre al comenzar un texto de Juan Rulfo, Elena Poniatowska, Alice Munro o Isidore Ducasse. Nos parece estar escuchando una voz real, con unas inflexiones y un timbre únicos. Con Isidore Ducasse, o conde de Lautreámont —como ustedes quieran—, Clarice Lispector comparte asimismo una existencia viajera, fue esposa de un diplomático, y un evidente malditismo, pues parece que también fuese víctima de su talento, poseedora de ciertas tendencias autodestructivas y antisociales que la encaminaban a romper con todo lo que pareciera bien pensante. Pocos debieron entenderla en la sociedad brasileña de la época, como algunos ignoran hoy, y a veces incluso desprecian, a las personas poseedoras de una visión distinta de la vida, a menudo las más creativas e interesantes. Lispector, además, fue claramente feminista en una época y en un país donde la mujer era solo un objeto o una fuerza de trabajo. Fue una gloriosa anomalía, una de esas personalidades excepcionales que el mundo necesita para avanzar. Por eso La hora de la estrella sigue siendo singular y novedosa cuarenta años después de su publicación, por eso resulta valiosa.

 

Clarice Lispector, La hora de la estrella, Madrid, Siruela, 2014; 96 páginas. [A hora da estrela, 1977]. Traducción de Ana Poljak.

 

Foto de Lispector de autor desconocido.

 

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Víctor Espuny

 

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