Y escondido tras las cañas…

Parejo y Cañero Intermedio fijo

La biografía de Juan Ramón Jiménez oculta interesantes sorpresas. Su madre, doña Purificación Mantecón López-Parejo, o la madre de esta, doña María Teresa López-Parejo Ponce de León —las fuentes no se ponen de acuerdo—, era natural de Osuna, paisana de la Colegiata, por tanto. ¿Qué significa esto? No poco. Cuando Juan Ramón Jiménez, en su Vida y muerte de mamá Pura —exactamente en el texto titulado El español perdido—, escribe «la única persona que habla español en español, el español que yo creo español, era mi madre, tan natural, tan directa, tan sencilla, cuya voz sigo oyendo debajo de la mía» está diciéndonos que el habla de su madre, el habla propia de Osuna —uno hereda de la madre la forma de hablar, de ahí la expresión «lengua materna» para referirse a la que mejor usamos—, sirvió de base a la poética juanramoniana, premiada con el Premio Nobel en 1956. No es chovinismo, amor desmedido a la patria chica, es solo constatar un hecho: el ursaonense habla el español más genuino de todos los posibles. Son palabras de Juan Ramón Jiménez. La realidad está ahí. Ya fuera la madre o la abuela la nacida en Osuna, la forma de hablar de los ursaonenses fue la primera que aprendió el poeta de Moguer, la base de su obra.

Juan Ramón nació un veintitrés de diciembre de 1881. Dos días antes, pero de 1947, lo haría Paco de Lucía, otro artista universal. La televisión ha conseguido que sea más conocido que Juan Ramón, también lo es Pablo Motos, por cierto, aunque existe una diferencia importante: dentro de cincuenta años la memoria de Juan Ramón y de Paco de Lucía seguirán vivas. De Paco de Lucía les traigo una anécdota muy ilustrativa de los mecanismos que hacen posible la popularidad. La canción más conocida del guitarrista algecireño —qué inesperada muerte tuvo, por cierto, y qué desolación dejó detrás—, Entre dos aguas, nació de manera improvisada en un estudio de grabación sobre las notas iniciales de la voz en Te estoy amando locamente, sonidos de los que Paco partió para dejar prendidas del aire cientos de notas que aún estremecen por lo bien, y muy a tiempo, que están puestas. En esa grabación colaboraron su hermano Ramón a la guitarra, Eduardo Gracia al bajo y Pepe Ébano al bongó. Aquel día de 1973, en el estudio donde se grabó el LP Fuente y caudal, hubo magia, magia de Las Grecas. Cualquier entendido les dirá que Entre dos aguas no es, ni mucho menos, el mejor tema de Paco de Lucía, criticará la simplicidad del compás y de la base rítmica, pero intenten explicar el fenómeno Paco de Lucía sin su existencia.

Joan Manuel Serrat, el cantante catalán más español en mucho tiempo —no en vano su madre era aragonesa—, cumple setenta y siete años el día veintisiete de diciembre. En 1971 tuvo a bien dejarnos el mejor de los discos posibles, Mediterráneo. Parece muy improbable que alguien vuelva a concebir una tras otra diez canciones tan perfectas: Mediterráneo, Lucía, Barquito de papel, Aquellas pequeñas cosas, Vagabundear… Su audición aún nos estremece en las tardes de otoño, al menos a los mayores de cincuenta, que esto de la música tiene mucho de generacional. Solo una de las canciones del disco no tenía letra de Serrat, la emotiva, quijotesca, tan española, Vencidos, escrita, como ya se sabe, por el poeta tabarés León Felipe. Penélope, Fiesta, El titiritero y De cartón piedra, de otros discos, resultan también inolvidables, ocupan un lugar de privilegio al menos en mi memoria musical, perdida en la adolescencia de aquellos movidos años setenta. De Serrat se cuenta una anécdota también poco anecdótica. Matriculado en una carrera de ciencias —no recuerdo cuál—, iba muy poco a clase. Algunos de sus compañeros, tan responsables, tan poco artistas, lo veían pasar con la guitarra al hombro o lo contemplaban cantando en el bar de la facultad, huérfano de escuela, como diría él, y comentaban entre ellos aquello tan propio de padres: «Ese Joan Manuel nunca llegará a nada». Pues ya ven.

¡Ah! Una cosa. Si van al cine vean El inconveniente: ahora que estamos en Navidad no viene mal recordar que somos humanos. Kiti Mánver se come la pantalla y el cine entero.

 

Imagen: Cala Macarella (Menorca). (besthwallpapers.com).

 

Víctor Espuny

 

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