Volar es para pájaros

La Casona de Calderón

Han pasado años de aquellos delicados discos de Hilario Camacho, productos de una extraordinaria sensibilidad musical. Su discografía, recogida de manera exhaustiva por Álvaro Alonso en Hilario Camacho. El trovador de Chamberí, consta de once álbumes, pero ninguno como los tres primeros: A pesar de todo (1973), De paso (1975) y La estrella del alba (1976). En ellos están contenidos regalos para el alma y el oído como «Ven aquí», «Volar es para pájaros», «Dolores, Dolores», «Pequeña muerte», «Cuerpo de ola», «María»… De aquella época datan también las colaboraciones de Hilario como arreglista en los mejores temas del muy conocido Joaquín Sabina. «Calle Melancolía» y «Pongamos que hablo de Madrid», por ejemplo, no lucirían como lucen en sus versiones originales, cuando Sabina no necesitaba aún de un foniatra, si no hubiera estado ahí Hilario Camacho para darles su toque personal. Pero… ¿Hilario Camacho es conocido? Para Álvaro Alonso, autor de esta excelente biografía, no lo es. Su obra no necesita justificación, pero el autor se la da ya al final: «Si existe este libro es por eso, para hacerle justicia y para darle a conocer, porque por increíble que parezca para mucha gente es un desconocido» (pág. 325). Totalmente de acuerdo con él: es un libro necesario.

La obra de Álvaro Alonso desvela los porqués de la tristeza desgarradora de los primeros discos de Hilario. Nos habla de su triste infancia. Conocemos cómo era su padre, sevillano, por cierto, la temprana muerte de la madre, la soledad que rodeó al niño. Poco a poco vamos entendiendo las claves de su psicología, el porqué de su melancólica sensibilidad. Y también descubrimos por qué no quiso formar parte de espectáculos multitudinarios, hacer las Américas, convertirse en uno de los grandes nombres de la música cantada en español, lugar que le estaba reservado por la calidad de su voz. Hilario siempre prefirió los conciertos en salas pequeñas, con el público cerca, a menudo él solo con su guitarra. Era un artista genuino. Alonso hace en este libro un admirable seguimiento de sus actuaciones por todo el país, pero aun así se les escapan algunas. Recuerdo haber asistido a una actuación suya en la feria de La Puebla de Cazalla a finales de los setenta. Parece que lo estoy viendo. Iba vestido con un pantalón vaquero de peto y los pelos aún largos. Cuando bajó del tablao de la caseta me aproximé para pedirle un autógrafo, un favor para un amigo muy tímido. Lo mejor fue su respuesta: «¡Hombre! ¡No me vengas con horteradas!». Así era él, cuando hay miles de ególatras sin mérito que consideran su firma una especie de marchamo divino. Años después lo vi actuar en Osuna, en Écija y en Estepa. Ninguna de estas actuaciones aparece reflejada en el libro. Con esto no quiero quitar mérito a la obra de Alonso: dada la ubicuidad de Hilario, la inquietud de su espíritu, su extraordinario movilidad en algunas épocas, resulta completamente imposible tener constancia de todas sus actuaciones, sobre todo en poblaciones no muy grandes. Fue como un titiritero, siempre de camino, recorriendo el país con su mundo a la espalda.

Hilario Camacho. El trovador de Chamberí realiza un repaso a la historia de la música española creada en los años comprendidos entre 1966 y 2006, y no solo a la música, también a los músicos que la interpretaban, cómo vivían, dónde ensayaban, cómo aprendían unos de otros, etc. Gracias a fotografías impagables, el libro contiene cientos, vemos cómo eran las actuaciones de los cantautores en los años 60 y 70 —Hilario, Luis Pastor, Javier Krahe, Labordeta, Aute, etc.—, con un señor de bigotito mandado por la autoridad para tomar nota de lo que decía y hacía cada uno. Asistimos a la época dorada de los cantantes que se apuntaron a las caravanas políticas del partido socialista en los años 80, trabajos que consistían en actuar en los mítines y para los que estaban obligados a firmar una cláusula de exclusividad (pág. 188); gracias a esas actuaciones, a las que Hilario, por supuesto, no se apuntó —era un espíritu libre—, la carrera profesional de muchos de los actuales mitos de la música española despegó definitivamente. Conocemos la decisiva influencia que tuvo Hilario en la trayectoria de músicos hoy célebres, como el saxofonista y flautista Jorge Pardo quien, entrevistado para el libro, recuerda las actuaciones con Hilario como las primeras importantes de su vida y cómo entró en contacto con el flamenco, donde luego ha trabajado e innovado tanto, gracias a una visita a Sevilla con el cantautor de Chamberí. Viajamos en el tiempo para asistir a grabaciones discográficas con el severo productor musical Alain Milhaud, ya fallecido, y con el inefable Gonzalo García Pelayo. Convivimos con Triana, con Gualberto, con María del Mar Bonet, con Iceberg, con Julio Matito, con Smash. Leemos cuartillas donde se mecanografiaron las letras de las canciones de Hilario para que fueran revisadas y autorizadas por la Dirección General de Teatro y Espectáculos. Y así un caudal de datos y documentos de gran valor. Para la realización de la biografía Alonso ha entrevistado a más de ciento cincuenta personas y ha tenido acceso al archivo personal de Hilario, custodiado por sus familiares. En él ha hallado cientos de letras de canciones aún sin musicar y decenas de ellas musicalizadas, grabadas con aceptable calidad en su estudio casero. Todas inéditas. Fue un creador inagotable.

El libro termina con el fallecimiento de Hilario, tan temprano, descrito por Alonso con mano firme y emoción contenida. Una joya de papel.

 

Álvaro Alonso, Hilario Camacho. El trovador de Chamberí, Madrid, Sílex Ediciones, 2020.

 

Fotografía de Hilario de José Aymá

 

Víctor Espuny

 

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