TASA INCIDENCIA COVID (población de 60 o más años) OSUNA 470,8. | Aguadulce 0,0 | Algámitas 1.744,2 | Badolatosa 154,6 | Cañada Rosal 256,1 | Casariche 0,0 | Corrales (Los) 0,0 | Écija 306,8 | El Rubio 226,8 | El Saucejo 616,2 | Estepa 186,2 | Fuentes de Andalucía 0,0 | Gilena 223,2 | Herrera 320,7 | Lantejuela 0,0 | La Luisiana 91,0 | La Puebla de Cazalla 547,3 | La Roda de Andalucía 1.146,1 | Lora de Estepa 0,0 | Marchena 176,3 | Marinaleda 0,0 | Martín de la Jara 152,0 | Osuna 470,8 | Pedrera 0,0 | Villanueva de San Juan 0,0 | (Actualizado 08/06/2022 a las 10:55 h.)

Vida de estudiante (9)

trenes osuna

A mis padres no debió gustarles demasiado aquel curso medio vacacional de la huelga y decidieron, con la mejor intención, mandarme a estudiar fuera. Los cursos siguientes los pasé en Sevilla. Este cambio tuvo como primera consecuencia el alejamiento de mis compañeros de colegio e instituto; mi vida estudiantil se separó de la suya y tuve que aprender a echar de menos su compañía, la Colegiata y los trigales vecinos del instituto, salpicados en primavera de amapolas de un rojo imposible de encontrar en la ciudad.

La estación de autobuses de Osuna, donde «paraba la empresa», estaba en la plaza de Santa Rita, entre la iglesia de San Agustín y el bar La Madriguera. En ese bar cambiamos una guitarra eléctrica por una botella de whisky a un legionario sediento de paso por el pueblo, uno de los sofisticados instrumentos con los que amenizamos las siestas de los vecinos de la calle Alpechín durante la huelga; jamás ha existido un grupo que suene mejor, créanme. Pero volvamos a los viajes a Sevilla. Las mañanas de los lunes tenía que levantarme muy temprano para bajar a la estación de tren, a cien metros de mi casa, y coger “el ferrobús”. Era este tren corto, como mucho de dos vagones, y estaba lleno de asientos corridos confeccionados, en las unidades más antiguas, con listones de madera. Si conocen la estación de tren de Osuna, piensen en los bancos que hay en el andén para esperar el tren, diseñados y dispuestos allí tal vez en el siglo XIX; pues así de cómodos, funcionales y ergonómicos eran los del ferrobús. Este tren tenía la particularidad de tardar más de dos horas en llegar a Sevilla. Era tan lento que la gente lo llamaba la cochinilla (Dactylopius coccus) por su parecido con esos tranquilos insectos negros sin alas que rozas y, para protegerse, se encogen formando bolitas. En este tren no existía separación entre el puesto del conductor y el espacio ocupado por los pasajeros, como si fuese un autobús. El vehículo tenía unos horarios tan elásticos que el conductor se podía permitir parar en mitad del campo para recoger un cesto de comestibles o un paquete que alguien, conocido por él de otros muchos viajes, quería hacer llegar a una persona que íbamos a encontrar en el camino. Esas personas que paraban el tren lo hacían esperando junto a la vía y haciéndole al conductor señales con la mano, como en una carretera comarcal; la gente que hoy se queja porque su tren ha llegado con diez minutos de retraso difícilmente podrá imaginar lo que era aquello. En todas las estaciones y apeaderos paraba el ferrobús, y en todos estos sitios el conductor se bajaba y entraba en el bar o se ponía a charlar con alguien conocido. Cada uno de aquellos viajes tuvo su historia. Con el tiempo me hice amigo de los conductores y hacía el camino hablando con ellos. A veces los acompañaba a la cantina y me atizaba un aguardiente, contentos los dos de no tener que beber solos. Ya entonces había dado el estirón y nadie se extrañaba de que echara un trago con personas que podían ser mis padres; y había que beber porque era cosa de hombres. (Hoy también se emborrachan por costumbre las mujeres, es su derecho, por lo que la cantidad de personas que pierden los papeles, se meten en problemas y tienden a no acordarse de lo que hicieron la noche anterior se ha duplicado). Después de aquellos viajes dignos de un Ulises de pueblo el tren llegaba a la sevillana Estación de Cádiz, la de San Bernardo. Era aquel edificio espacioso, con andenes protegidos por una cubierta de hierro y cristal por la que entraba el sol de la mañana con furia sureña, un recinto luminoso donde los limpiabotas y los vendedores de lotería o de mostachones de Utrera se buscaban la vida con sus pregones, donde los guiris despistados con billete a Málaga o Granada preguntaban con ansiedad si aquel era el tren adecuado y donde abuelitas y jornaleros provenientes de los pueblos consultaban con un papel garabateado en la mano si aquel tren iba a Jerez. El contraste con la Estación de Córdoba, de donde salían los trenes hacia el norte, era notable y conforme al destino de los trenes: esta otra estación era sombría, como si quisiera predisponer el espíritu del viajero a los paisajes que le esperaban más allá de Despeñaperros.

(Continuará).

La imagen corresponde a un ferrobús de dos unidades fotografiado en los años setenta en la estación de Ayamonte (forotrenes.com).

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Víctor Espuny.

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