Vida de estudiante (12)

Después de las clases comía cualquier cosa y me dedicaba a vagabundear, a caminar sin rumbo fijo. Esta costumbre, tan literaria e inspiradora, me ha acompañado desde entonces. No recuerdo haberla practicado antes, quizá por ser aquella la primera vez que me encontraba en una ciudad desconocida y completamente solo. Señores muy sesudos se empeñan desde el siglo XIX en considerarla originariamente parisina y en llamar al que la practica flâneur, pero creo que la costumbre existe desde que lo hacen la curiosidad, el gusto de caminar y el tiempo libre. ¿No hubo paseantes interesados por todo lo que les rodeaba en la Antigua Grecia, por ejemplo? Durante aquel verano descubrí también el placer del anonimato, sensación completamente desconocida en los pueblos. Ese pasear por la calle o sentarte en el banco de un parque o en una terraza sin que nadie te conozca y, así, poder sentirte libre de la coerción que supone la opinión que los demás puedan tener de ti —asunto de mucha enjundia en los años de la adolescencia, de tantas inseguridades—, es un placer que no se abandona nunca una vez experimentado. En los pueblos pequeños todo el mundo es conocido y está fichado por las personas que se dedican a estar pendientes de la vida de los demás, demasiadas en cualquier caso y a menudo dadas a la maledicencia. La expresión «fichado» parece justo la apropiada. Durante el tardofranquismo y los primeros años de la Transición, la Policía Municipal conservaba en algunas poblaciones fichas de los ciudadanos donde estaban consignados datos como inclinación política, desviaciones de la sexualidad canónica y aficiones consideradas censurables por la moral más extendida, profundamente conservadora. Esa presión de los pueblos cohibía la vida de los jóvenes hasta el punto de volverla insoportable para los más inquietos y creativos.

En fin, que paseaba «perdiendo el tiempo» todo lo que podía y por sitios nuevos cada jornada. Pero alguien vino a interrumpir mis paseos.

El teléfono de la residencia sonó una mañana y preguntaron por mí. «Hola, Víctor. Soy Carlos Hernández [nombre ficticio]. Nos conocimos en el tren de Córdoba a Barcelona y te pedí el teléfono para ver si nos veíamos en París. Creo que el miércoles que viene es tu cumpleaños». Me quedé callado, completamente atónito, incapaz de reaccionar y preguntar al menos cómo sabía eso. Recordé que durante la conversación en el tren me había dicho que él y sus amigos eran «de la obra» y pensé que debía ser una especie de organización dedicada al mundo del arte y con muchos contactos por el mundo. «Sí, es mi cumpleaños». «Pues, nada… ¡Felicidades adelantadas! Mira, ese día vamos a ir unos cuantos de excursión a Soissons, un sitio muy bonito, con un castillo. Aquello te encantará. ¡Vente, lo vamos a pasar muy bien!». «Bueno…», dije al cabo de unos segundos: «Creo que iré, sí». Carlos me dio una dirección donde debía presentarme el miércoles bien temprano y me aconsejó llevar una bolsa con ropa deportiva. Luego, sin más, colgó.

Estuve dudando unos días, pero los incentivos de ver mundo y estar con otros españoles eran demasiado fuertes.

Las ocho y media de la mañana del miércoles me dieron llamando al timbre de un piso en pleno centro de París. Un muchacho español me abrió y me invitó a pasar. El piso, enorme, de techos altos, estaba dividido en varios espacios bien iluminados por grandes ventanas. En un lugar destacado había un piano de cola y en ese momento se encontraba tocándolo un muchacho con evidente virtuosismo. Más chicos, más o menos de mi edad, se movían con raquetas y otros materiales deportivos, todos emocionados, llamándose unos a otros, excitados. Carlos salió a mi encuentro, me estrechó la mano con mucho calor y me presentó a los demás. Bajamos a la calle. Dos o tres furgonetas de matrícula francesa se encontraban aparcadas, esperándonos. Nos subimos a ellas, atravesamos la ciudad y viajamos hacia el noreste durante casi dos horas. Por el camino pasamos junto a uno de esos impresionantes cementerios de la Segunda Guerra Mundial de los que está sembrado el norte de Francia, perspectivas de cruces blancas idénticas y perfectamente alineadas que se pierden en el horizonte. Al llegar al castillo, residencia, más que fortaleza, rodeada de un lago, un bosque y cuidados jardines, nos recibió un hombre mayor al que Carlos y los demás obedecían sin rechistar. Este nos dio la bienvenida, nos arrojó un balón de rugby y nos invitó a jugar un partido. Era la edad y pasamos un buen rato corriendo y dando patadas al balón por un campo de césped situado cerca. Tras el partido nos duchamos en baños independientes pero con agua fría y bajamos a comer. Un ala del château, construido en forma de H, estaba ocupado por una escuela de hostelería y comimos como auténticos privilegiados. Por todas las paredes había fotos de un cura con sotana, y gafas de montura oscura. Era Escrivá de Balaguer. Después de comer fuimos invitados a pasar a una sala de proyecciones y visionamos una película tomada durante un encuentro del fundador del Opus Dei con sus seguidores en un país sudamericano, no recuerdo cuál. En un estadio lleno de gente, este hombre, solo en un escenario desnudo, complacía las peticiones que le hacían los asistentes y respondía a todo lo que les preocupara, intentando reconfortarles con la práctica de su Camino. No puedo decir que me aburriera porque de todo se aprende, pero aquello comenzaba cargarme cuando nos dejaron un rato libre para pasear por el bosque situado junto al castillo. Este se encontraba en la parte posterior del edificio, junto a un lago surcado por cisnes donde se reflejaban el edificio y el bosque formando un cuadro digno del mejor paisajista. Todo era de una exquisitez insultante para esa inmensa mayoría de personas que jamás tendrá acceso a sitios semejantes como no sea sirviendo a sus poseedores; nada más alejado del teórico mensaje cristiano. Cada uno de «los nuevos» —había otros muchachos invitados y más o menos despistados, como yo— había salido de paseo acompañado por alguien que ya conocía, su captador. Me acompañó Carlos. Caminamos por el bosque y luego me invitó a navegar por el lago en un barco de remos movidos por él. Le dije que sí, me encantaba la idea de la navegación, y fue entonces, en medio de una travesía que no se acababa nunca y resultó odiosa a pesar del lugar y las vistas, cuando estuvo durante un buen rato intentando convencerme para que ingresara en aquella organización, de la que salí vacunado para toda la vida. No recuerdo un cumpleaños peor, y he tenido muchos.

Al final del mes de agosto volví a coger un tren de larga distancia, ahora atestado pero igual de entretenido. En la frontera se realizó el indispensable cambio de ancho de los ejes de las ruedas, operación lenta y tediosa que aprovechaba la Guardia Civil para subir al tren, pedir pasaportes y registrar equipajes de forma aleatoria.

Regresaba a casa.

 

(Continuará).

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La imagen, de una calle parisina, proviene de elcuadernodigital.com.

 

Víctor Espuny

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