Vértigo cronológico

A veces siento vértigo cronológico. Esta expresión, que parece aludir a una enfermedad del aparato psicomotor y suena a diagnosis clínica, es una de las consecuencias de ir cumpliendo años. No todas son malas. La mayoría, relacionadas con el proceso de envejecimiento y oxidación del organismo, sí lo son, pero otras, como aprender a vivir, son buenas, bienvenidas y necesarias para encarar con buen ánimo y estabilidad las últimas décadas de la vida. Vértigo cronológico es lo que sentimos al considerarnos minúsculos granos de arena en la inmensa playa de la historia. Yo —disculpen el pronombre—, que me creo tan importante y digno de pervivencia como para inundar las redes sociales de selfis y reflexiones que considero geniales, no soy nada. Un día moriré y de mí solo quedará un recuerdo en las personas que me conocieron. Cuando estas mueran moriré con ellas y pasaré a engrosar el arenal de la playa de la historia. No hay más. Seré solo un grano de arena. Quizá por eso mi empeño en derramarme en la página cada vez que escribo y en no pensar. A veces, sin embargo, hay que hacerlo, resulta saludable: solo así adquiere uno conciencia de su dimensión verdadera.

Si encuentro un observatorio adecuado y alcanzo a ver en el tiempo hacia atrás y hacia adelante obtengo sensaciones muy distintas. Mirando hacia atrás me siento afortunado. Veo la historia de la humanidad y asisto con satisfacción a todos sus avances, ya sean técnicos o, sobre todos, sociales. La forma en que los poderosos tratan a los demás no ha dejado de mejorar desde que hay constancia de ese trato. El mundo civilizado camina hacia la igualdad; queda mucho por hacer, desde luego, pero hemos avanzado. Empleados, niños y mujeres —víctimas del sistema desde que hay registros— han mejorado sensiblemente su situación. Ya no se abusa sexualmente de las mujeres de manera impune: estas denuncian los actos que consideran atentados contra su dignidad y las denuncias se cursan y provocan una reacción punitiva en el aparato del Estado. A los niños se les protege. La pederastia, acción execrable entre todos los abusos sexuales por el fuerte desarreglo emocional que produce en la víctima, es perseguida en muchos ámbitos, aunque me temo que sigue siendo un tema tabú en muchos otros, sobre todo el familiar. El empleado, por fin, vive una época de protección como nunca ha disfrutado gracias a la existencia de organizaciones que velan por su defensa; el nacimiento de estas organizaciones en el siglo xix es uno de los capítulos más dignificantes de nuestra historia. 

Pero si me doy la vuelta y miro hacia adelante, las sensaciones son muy distintas. No veo claro el futuro. De la misma manera que no podré conocer en su edad adulta a ese niño que acaba de nacer, tampoco podré conocer las consecuencias reales de la implantación de la Inteligencia Artificial o el alcance del calentamiento climático por la acción humana que estamos viviendo. Muchos padecen ecoansiedad. A la hora de viajar piensan seriamente en cómo hacerlo para no aumentar su huella de carbono. Se acabó aquello de coger alegremente aviones para ir a cualquier sitio. El viaje, convertido en un artículo de consumo más y pieza fundamental de la industria turística, ha perdido el aurea de prestigio que tenía. Para trasladarse de manera sostenible debemos movernos en bicicleta o a pie, las formas de transporte más ecoeficientes de todas. El vehículo eléctrico no es la solución por el alto poder contaminador de su batería. Parece una solución extrema, pero si se quiere recuperar el planeta, que llevamos dos siglos maltratando de manera inmisericorde, vamos a tener que volver a medios de transporte que creíamos superados para siempre, como el animal. Claro que entonces se alzarían las voces de los animalistas, que no estarían de acuerdo en el empleo de caballos, mulas o asnos como medios de trasporte. La solución, pues, es complicada. 

Ya ven a dónde lleva esto del vértigo cronológico, a la primera mitad del siglo xviii, cuando aún no se había abierto la temible caja de Pandora y el mundo occidental creía con firmeza en el progreso. Ya no puede. 

 

En la imagen, una locomotora de vapor construida en 1881. (rochdaleonline.co.uk).

 

Víctor Espuny.

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