Una joven prometedora

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Ya en los años treinta, con la llegada del cine sonoro, las personas más despiertas advirtieron hasta dónde llegaba el poder de los filmes para influir en la mente del público. De ahí que siempre se haya intentado, tanto en los cines como por medio de cualquier tipo de pantalla, manipular a los espectadores, procurar que piensen lo menos posible por sí mismos y admitan como suyos los valores que les inculcan gracias a la publicidad y a producciones cinematográficas generalmente zafias, superficiales y muy poco arriesgadas. De vez en cuando, sin embargo, se estrenan películas con envoltura parecida a las de simple consumo pero portadoras de un mensaje valioso y expuesto de manera comprensible, filmes capaces, por tanto, de influir en la mayoría de forma positiva, aunque se trate una vez más de lograr la uniformidad mental. Tal es el caso de Una joven prometedora, película inglesa de la directora y guionista Emerald Fennel llegada hace poco a los cines españoles. Lo de la uniformidad mental en este caso resulta disculpable, incluso necesario. Verá la razón.

La protagonista es una joven treintañera que vive aún con sus padres, por algún motivo desconocido al principio de la película, y lleva una doble vida: de día trabaja de camarera en una pequeña y luminosa cafetería, es la única empleada aunque comparte el mostrador con su incisiva jefa, y de noche se viste de fiesta y frecuenta oscuras discotecas donde se hace la borracha para dejar que los hombres intenten abusar de ella. No voy a contarles más. La película podría ser desagradable, poseer escena de violencia explícita, pero no lo es. Tampoco es una comedia romántica a pesar de amenazar con serlo en distintas momentos, de repetir unos esquemas ya demasiado vistos que no ayudan a crear en la imaginación de nadie una idea siquiera aproximada de las relaciones amorosas. En realidad es un trhiller. Carey Mulligan, la actriz protagonista —excelente, por cierto—, se convierte en una especie de superwoman de carne y hueso que sabe poner a las personas poco respetuosas con las mujeres en el sitio que les corresponde. La película aprovecha la corriente iniciada con el movimiento #MeToo y va a tener éxito, sobre todo porque expresa los deseos de venganza que muchas mujeres tienen, maltratadas por individuos que creían poder hacer lo que les diera la gana con ellas, hombres que han sido incapaces de considerarlas seres de su misma categoría, merecedores del mismo respeto que ellos merecen; la simple idea de categorización dentro de la humanidad resulta rechazable. Me parece mentira estar escribiendo en estos términos en pleno siglo XXI, pero me consta, se lee en la prensa, que aun en países presuntamente desarrollados hay hombres, generalmente —aunque no siempre— jovencitos, que siguen apuntándose a abusar de mujeres en situación de debilidad, mozalbetes a menudo influidos por el líder del grupo y condicionados por una carencia de criterios propios. No son en absoluto conscientes del daño que hacen a la chica, pues lo que para ellos puede ser solo una especie de rito de iniciación a la edad viril —cuesta creerlo, pero es así—, para ellas resulta muy humillante y, en un porcentaje abrumador de ocasiones, generador de conflictos emocionales de por vida.

La solución a todo esto, como siempre, está en la educación y el ejemplo, el crecimiento dentro de un ambiente en el que las mujeres sean respetadas tanto de obra como de palabra, un espacio libre de comentarios y acciones machistas. Si el joven tiene las cosas claras, no abusará de esa mujer e incluso intentará evitar que los demás abusen de ella; eso está tan claro como que ahora alguien me está leyendo. La fórmula es muy sencilla: respeto + empatía + comprensión. (Me esfuerzo en ser didáctico porque aún hay individuos que parecen replicar sin asomo de autocrítica patrones de conducta ya desfasados y hoy moralmente execrables, además de claramente delictivos).

En fin; no se pierda la película, sobre todo si es hombre: le hará bien.

 

Imagen: La actriz Carey Mulligan en un momento de su interpretación.

 

Víctor Espuny 

 

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