Un prodigio

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Antonio lleva tiempo tocando en la calle. Se gana bien la vida en lugares concretos del casco histórico, puntos seleccionados por él en los que la estrechez de la vía y su carácter peatonal permiten que su guitarra española se escuche. El aspecto de Antonio es más bien zafio, y sus manos, rechonchas y de dedos cortos, parecen propias de alguien que desarrolle trabajos repetitivos y pesados. Mirándolas, y observándolo a él entero y fuera de su elemento, nadie pensaría que se gana la vida acariciando una guitarra. Porque Antonio es lo que hace.

Verlo llegar es sorprendente. Viene siempre acelerado, como si pensase que le van a quitar el sitio. Abre la sillita, coloca el reposapiés, saca la guitarra del estuche y se sienta, todo muy deprisa. Luego revisa la afinación y, ahora pausado, como en trance, empieza a tocar. La medida del tiempo cambia entonces, se formaliza, se vuelve casi visible: el genio de Albéniz, Granados, Tárrega o Rodrigo inunda la calle. Muchos viandantes pasan sin prestar atención a la música pero algunos se quedan embobados escuchando. Los niños sobre todo. Estos tiran de la mano del adulto para que se detenga y permanecen mirando a Antonio arrobados, mientas la Danza Española nº 5 de Granados —Andaluza— ilumina la calle después de salir de la caja de la guitarra, donde duermen los sonidos. La calle entera se transfigura, se colorea, se vuelve otra.

Hace poco más de un año Antonio ganaba dinero suficiente para pagar la hipoteca y los estudios de los niños. Los cruceros y los vuelos llegaban sin parar a la ciudad y vertían en las calles su carga de gente del norte necesitada de la luz y el refinamiento propios de las regiones meridionales, más sensuales y acariciadoras de los sentidos. La música de Antonio y los olores de azahar, jazmín y dama de noche les hechizaban el espíritu como nunca lo había estado y ellos, generosos, respondían con monedas. El estuche de la guitarra rebosaba de euros y Antonio, pensando en su familia, sonreía. Pero la pandemia llegó y los turistas dejaron de venir. Las calles se vaciaron. Aunque Antonio seguía yendo a tocar todos los días, sus ingresos menguaron tanto que empezó a tener que pedir prestado para llegar a fin de mes. Los vecinos de la zona lo conocen y le daban algunas monedas por su arte pero ganaba muy poco. Los confinamientos y los cierres perimetrales y del comercio no esencial llegaron y vaciaron las calles del centro. Su guitarra sonaba más melancólica que nunca pero él seguía allí en su sitio, regalando su música a los pocos que pasaban.

Y un día Antonio no tenía guitarra. Tenía el reposapiés y la silla, solo eso. Ante él, en el suelo, sujetos con piedrecitas de un parterre cercano, se veían dos papeles mecanografiados llenos de sellos y membretes. Me incliné a leerlos. Uno era una multa de ochenta euros impuesta por la policía municipal por infringir la ordenanza de ruidos —ruido llaman a la música ahora— y otra el resguardo de la guitarra, que había quedado confiscada por la autoridad competente por un periodo de dos semanas. Miré a los ojos de Antonio, siempre pequeños y ahora húmedos, y este se levantó y empezó a explicarme. Yo escuchaba sin poder dar crédito a lo que oía.

Una semana después volví a encontrarlo. Estaba tocando. Un amigo le había prestado una guitarra, sí, pero las composiciones no sonaban igual, no era su instrumento. Pensé en los responsables de aquello en términos poco lisonjeros. Que una persona con el sueldo asegurado pueda quitarle a alguien su forma de ganarse la vida y de alimentar a la familia y esta acción quede impune —puedo entender que se amoneste e invite a trasladarse a un lugar no habitado a alguien con una amplificación excesiva, pero no era el caso, allí no había ni cable ni altavoz— da mucho que pensar. La vida es injusta, uno se da cuenta de niño y está comprobándolo siempre, pero no acaba de acostumbrarse por mucho tiempo que pase.

Pero aún quedan milagros. La última vez que me lo encontré dejó de tocar y me llamó con la mano. Tenía su guitarra. Estaba contento y hablador.

—Un señor muy formal se paró a hablar conmigo, le expliqué qué pasaba y me dijo que cogiera mis cosas y le acompañara. Fuimos al ayuntamiento y allí todo el mundo se puso firmes. Me han devuelto la guitarra y no he tenido que pagar nada. ¿Quién sería ese hombre?

Le pedí que me lo describiera. No era el alcalde ni nadie reconocible y me fui de allí asombrado, pensando que igual tenía alas y Antonio no se había dado cuenta. En invierno, con el abrigo, no se ven.

 

Imagen: Un artista en la calle (pixabay.com).

 

Víctor Espuny

 

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