TASA INCIDENCIA COVID (población de 60 o más años) OSUNA 470,8. | Aguadulce 0,0 | Algámitas 1.744,2 | Badolatosa 154,6 | Cañada Rosal 256,1 | Casariche 0,0 | Corrales (Los) 0,0 | Écija 306,8 | El Rubio 226,8 | El Saucejo 616,2 | Estepa 186,2 | Fuentes de Andalucía 0,0 | Gilena 223,2 | Herrera 320,7 | Lantejuela 0,0 | La Luisiana 91,0 | La Puebla de Cazalla 547,3 | La Roda de Andalucía 1.146,1 | Lora de Estepa 0,0 | Marchena 176,3 | Marinaleda 0,0 | Martín de la Jara 152,0 | Osuna 470,8 | Pedrera 0,0 | Villanueva de San Juan 0,0 | (Actualizado 08/06/2022 a las 10:55 h.)

Un nombre para el teatro

La complicidad con la tierra que te crio no se pierde nunca. Te puedes ir a vivir a Sevilla, a Madrid, a Barcelona, a Lyon, a Guanajuato o a Qingdao, da igual: el pellizco sigue ahí. Bastan el olor de unas castañas asadas o el sonido de una saeta para volver a imaginar o a sentir de una manera que creíamos olvidada. No todo el mundo pensará igual, desde luego. Habrá quien vea el pueblo como un lugar que se le quedó pequeño y crea que allí no se le ha perdido nada, que nada puede aprender de los ancianos reunidos al sol en la plaza. Pero también hay quien se siente orgulloso de sus orígenes y los pregona allá donde va. «¿Cómo? ¿Qué no conoce usted Osuna? ¡Pues no sabe lo que se pierde!». Estos ursaonenses emigrados a veces tienen un ataque de nostalgia y vuelven al pueblo. Los que lo hagan encontrarán cambios importantes. Uno de ellos es la reconstrucción del teatro.

Osuna tuvo un teatro que era la envidia de muchas poblaciones. Construido a finales del siglo XIX, se mantuvo en activo durante los tres primeros cuartos del siglo XX; cerró más o menos en los años ochenta. Un tiempo después, quizá en los noventa, el edificio fue adquirido por el Ayuntamiento. Este, en un proceso largo, ha ido consiguiendo financiación para reedificarlo y la construcción se encuentra ya avanzada. El pasado mes de noviembre conocimos por la prensa la concesión de una subvención que debe ser suficiente para dejarlo completamente equipado. La noticia es excelente. No parece demasiado optimista pensar que dentro de dos o tres años pueda estar acabado y funcionando. Ojalá.

Y ahora hay que nombrarlo. En las noticias que han aparecido en prensa sobre el proyecto, las obras, las subvenciones recibidas, etc. aparece citado siempre como Teatro Álvarez Quintero. Como todo el mundo sabe, este fue el segundo de sus nombres: entre su inauguración, a principio de la década de 1890 y marzo de 1915, cuando sufre un gran incendio, se llamaba Teatro Echegaray. No parece fuera de lugar buscarle otro nombre dada la modernización que ha experimentado. Sería una ocasión maravillosa. Las comedias de los utreranos Álvarez Quintero, Joaquín y Serafín —muy conocidos por todos ustedes—, tuvieron un gran éxito de público durante los primeras décadas del siglo XX. Estaban precisamente en el cenit de su popularidad cuando el teatro fue reinaugurado y renombrado en 1919, tras el incendio. Ha pasado más de un siglo. En ese tiempo han visto la luz obras de dramaturgos de muy distinta naturaleza e intención. Ya no se trata solo de halagar los gustos del público, en tiempo de los Quintero formado mayoritariamente por personas bien situadas y poco amantes de estropearse la digestión de la cena o la merienda con cuestiones sociales. El costumbrismo sigue existiendo hoy día, por supuesto, siempre va a estar ahí, pero ya no es aquel rancio, de aparador, brasero y botijo. Ahí tenemos, por ejemplo, En ocasiones veo a Umberto, una desternillante comedia de Álvaro Carrero que lleva cinco temporadas seguidas en el Teatro Muñoz Seca de Madrid, o la también exitosa Bajarse al moro, de José Luis Alonso de Santos, más conocida por su versión cinematográfica. Ambas pueden considerarse costumbristas. Pero me estoy desviando del tema. En el siglo transcurrido desde 1919, y sin salir de autores españoles de primera fila, se han estrenado obras imprescindibles de Ramón María del Valle-Inclán, Federico García Lorca, Alejandro Casona, Rafael Alberti, Max Aub, Miguel Mihura, Antonio Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Alfonso Paso, Jaime de Armiñán, Fernando Arrabal, Lauro Olmo, José Martín Recuerda, Antonio Gala, Jerónimo López Mozo y un largo etcétera con el que no deseo cansarles. (Resulta llamativa la ausencia de mujeres autoras durante el siglo XX, pero con la excepción de María de la O Lejárraga no recuerdo ninguna). Cualquiera de estos nombres serviría para el teatro de Osuna. Podría llamarse «Teatro García Lorca», por ejemplo, o «Teatro Valle-Inclán»: los dos serían muy apropiados. También podría servir el nombre de algún actor o alguna actriz para el que exista un acuerdo más o menos general, siempre teniendo en cuenta que sea de mérito y conocido a nivel nacional, que su nombre diga algo a la mayoría. Algunos son: José Sacristán, Lola Herrera, Fernando Fernán Gómez, Irene Gutiérrez Caba, Eduardo Noriega, Blanca Portillo, Carmelo Gómez, Belén Cuesta, Javier Gutiérrez, Aitana Sánchez-Gijón, Javier Bardem, Carmen Maura, Antonio de la Torre, Bárbara Lennie, Javier Cámara y Carolina Yuste, la mayoría célebres por su trabajo en el cine pero todos provenientes de los escenarios teatrales. «Teatro José Sacristán», «Teatro Fernán Gómez» o «Teatro Lola Herrera» no quedarían mal tampoco.

Se trata de poner al espacio escénico un nombre que suene bien, sea conocido a nivel nacional, lo inserte en una tradición —todos debemos saber de dónde venimos— y no lo connote de manera negativa. Es solo una opinión, desde luego, pero volver a rotular el teatro como Álvarez Quintero sería una concesión a tiempos e ideas ya superados y perder una ocasión excelente de modernizar nuestra sociedad. Recuerdo en estos momentos a nuestro añorado Carlos Álvarez-Nóvoa, estudioso de la obra se Valle-Inclán, gran actor (premiado en Moscú, Nueva York, Tokio, etc. por su papel en Solas) y creador en Osuna de una tradición de modernidad teatral que llega hasta nuestros días. Hagámoslo, aunque solo sea por él y su excelente magisterio.

 

Imagen: Estado actual del edificio del teatro visto desde la Colegiata.

 

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Víctor Espuny

 

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