Un homenaje pendiente

Hace ya unos meses, en estas mismas páginas, vio la luz un artículo sobre el olvido inexplicable en el que Osuna mantiene la memoria de algunos hijos ilustres, entre ellos José Romero, el gran pianista flamenco. Y no es cuestión de falta de oído musical o de amor por la cultura. De hecho, otros músicos ursaonenses insignes, como Alonso Lobo o Manuel Infante, reciben homenajes y reconocimientos públicos, se habla de ellos, su obra se estudia. En la casa donde nació Manuel Infante se colocó en 2019 un azulejo para perpetuar su memoria. Allí puede leerse: «En la casa nº 6 de esta calle Juan de Vera, nació el compositor, músico y profesor Manuel Infante Brieva el 29 de julio de 1883, uno de los mayores exponentes del nacionalismo musical español de la primera mitad del siglo XX». La figura de Alonso Lobo se conmemoró públicamente el cuadringentésimo aniversario de su muerte colocando en el jardín interior de la Colegiata, junto a los olivos plantados por escritores célebres (Vargas Llosa, Antonio Gala, Manuel Vicent, etc.), un mural de azulejos con una leyenda alusiva a su persona y sus méritos, escondido, por cierto, a los ursaonenses de a pie. El mural, obra —como la anterior— del ceramista Emilio Espuny, es en este caso de mayor tamaño y precio. En él se lee: «La Villa Ducal de Osuna al insigne músico y compositor Alonso Lobo de Borja (1555-1617), referente de la música sacra española en su época y maestro de capilla de las catedrales de Sevilla y Toledo, en conmemoración del cuatrocientos aniversario de su muerte». A esos dos importantes músicos se les ha tributado homenajes públicos, ha quedado constancia ya del aprecio que se les guarda. ¿Qué ocurre con los otros?

En el actual número 46 de la calle Aguilar, entonces y hoy panadería, nació el 18 de julio de 1936 José Romero Jiménez. Sus padres fueron José Romero González y Carmen Jiménez Fernández. No vino al mundo el sentido y pasional músico en el mejor momento de la historia, y ese hecho parece perseguirle hasta ahora. Comenzó a tocar el piano a los siete años y me consta, por el contenido de entrevistas realizadas a familiares de Francisco Reyes Márquez —Currito el pianista, como se le llamaba en Osuna—, que Currito fue ese primer profesor suyo, como también lo fue de otras personas del pueblo. Ambos volvieron a encontrarse muchos años después, a finales de los setenta, en Cataluña —donde Francisco Márquez había emigrado con su familia—, cuando José Romero dio un concierto en el Círculo de Bellas Artes de Villafranca del Penedés en honor del presidente de la Generalidad, Josep Tarradellas, recién llegado del exilio y presente, por supuesto, en el acto. Tiempos dorados e inteligentes aquellos, en los que los políticos catalanes homenajeaban a los personajes públicos con conciertos de piano flamenco, algo impensable en los días de cerrilismo nacionalista que nos ha todo vivir, cuando uno solo puede escuchar en esos actos la archiconocida, y politizada, versión de Pau Casals de El cant dels ocells. 

Ya jovencito, José Romero dio el salto a Sevilla, donde tuvo de maestro a Antonio Patión, el mismo de Manuel Castillo y de otros compositores sevillanos insignes. Finalmente, pasó a Madrid, donde estudió en el Real Conservatorio. De allí volvió a la ciudad hispalense, donde se dedicó a la docencia musical. Dio conciertos por todo el mundo, escribió libros sobre música y fue pionero en adaptar el toque de la guitarra flamenca al piano, en acercar de manera rigurosa los mundos musicales clásico y flamenco y en transcribir en partituras los palos flamencos, misión más que complicada. Su magisterio ha sido reconocido por pianistas como Felipe Campuzano, Chano Domínguez y Dorantes. De Diego Amador no he encontrado declaraciones en ese sentido, pero escuchándolo sabe uno que José Romero está detrás, como también lo está Arturo Pavón, que tuvo todo mucho más fácil por pertenecer a una importante saga de artistas flamencos. Creo que el Ayuntamiento de Osuna tiene en los momentos actuales como Delegado de Cultura a una persona de elevada preparación musical, pianista y gran conocedor del flamenco. Si esta corporación no aprovecha para tributar el homenaje que Osuna debe a José Romero, nuestro entrañable Pepe, no sé hasta cuándo va a ser necesario esperar. Además de colocar un azulejo conmemorativo en la fachada de la casa donde nació, su pueblo debía hacer por él algo más, como rotular una calle con su nombre o crear el «Concurso de piano flamenco José Romero», de celebración bianual, por ejemplo. Su memoria lo merece. Cuando uno busca datos sobre José Romero en internet, duele constatar que en muchas páginas se dice de él que era sevillano, cuando se trata ser una de las principales personalidades ursaonenses. Que nadie pueda decir que la Villa Ducal elude los compromisos que cualquier bien nacido adquiere con sus antepasados más ilustres. Hoy, en su tierra, solo parece quedar constancia de él en su lápida del cementerio, muy sencilla, perdida entre miles de otras semejantes, donde se lee, en letra pequeña, como si quisiera pasar inadvertida: «José Romero Jiménez. Compositor y concertista de piano».

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