Trampantojos, industria sin fin

Nuestro destino nunca es un lugar,

sino una nueva forma de ver las cosas.

(Henry Miller)

Aquellos viejos egregios que Velázquez pintó como filósofos griegos y se han ganado la posteridad y nuestra admiración, eran mendigos viejos de Madrid que posaban para él.

El Diccionario de la Real Academia Española registra trampantojo como vocablo coloquial y lo define como ‘trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es’. Sería una profunda decepción para los amantes de la pureza y de las esencias averiguar que realmente somos y operamos como sublimes trampantojos. Y lo mismo la ciencia termina descubriendo la ecuación verificable del trampantojo y demostrando empíricamente con fórmula universal nuestra condición de apariencia y falsedad -profundo desengaño-.

Lo que nos ilumina cada día es una gigantesca bomba de hidrógeno con un temporizador casi eterno hasta la explosión final, pero gracias a la distancia, 150 millones de kilómetros, parece el Sol. Para algunos el anillo del universo, para otros el anillo de Dios. Para los negacionistas, todas y cada una de las herejías de la humanidad ardiendo al unísono como un demonio. La Luna es un trozo que se desprendió de la Tierra y actúa como satélite vigilante y controlador, pero merced a la belleza del diseño y del animal simbólico que nos habita parece un corazón de plata en la piel del firmamento repleto de metáforas y sólo compatible para poetas e inadaptados terrestres. Con la visión nocturna de la Luna apreciamos más una estética natural que un satélite natural con conciencia telúrica.

Un meteorito extinguió a los dinosaurios hace 65 millones de años y eso abrió la puerta del desarrollo en este planeta a los mamíferos. Estamos aquí de pura casualidad. Nuestra ideología definitiva es el azar. Mujeres y hombres parecemos animales supervivientes frente a las catástrofes, pero somos el mayor y más sofisticado depredador de la biosfera. El planeta nos parece dado como un recurso material interminable. Y no lo dice ninguna constitución liberal, pero lo que está vivo lucha siempre por su espacio, las ratas y las cucarachas también, en sentido literal y en sentido figurado. La política parece el arte y el poder de crear lo real (propio) obviando el principio de realidad, pero es un servicio público que hace frente a los problemas que plantea la realidad de las personas.

En nuestro haber hispánico tenemos (y no ha revertido en leyenda negra) que el primero en darse cuenta de que existimos y funcionamos “por encantamento” fue don Quijote. Molinos que son gigantes. Gigantes que son molinos. Ficciones que son verdades. Verdades que son mentiras. Alucinaciones que tomarán cuerpo. Cuerpos que serán invisibles. La industria sin fin del trampantojo. Por ello, Cervantes, que practicó la escritura de la compasión, es el más sabio de todos los sabios.

Ni que decir tiene que el rey de los medios del trampantojo, por cínico y soberbio, no es visual, sino intelectual: el lenguaje, que sirve para contarnos y explicarnos, divina virtualidad, virtualidad perversa; porque hasta incluso las palabras más puras y cotidianas son las más escurridizas y complejas para el entendimiento y visten los mejores trampantojos: la vida, el amor, la muerte. Sólo la soledad de un anciano en sus últimos días con sus melancolías postreras no está poseída por ningún trampantojo.

El autor norteamericano de la Beat Generation William Burroughs, bohemio y drogadicto, pocos días antes de morir octogenario en 1997, dejó escrito en la última entrada de su diario: “No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial ni solución final. Sólo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro”. Había encontrado cierta forma de felicidad y sosiego -que pueden llegar a ser lo mismo- en su gato, su rutina y su dosis diaria de metadona. Pero se había vuelto inmune a los trampantojos.

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