Tiempos de perdedores

La Casona de Calderón

Nadie en este mundo de capitalismo sin freno y de competitividad máxima quiere que lo hagan pasar por un perdedor, un marginado, una persona desubicada en estos tiempos de consumismo y modernidad. Pero se nos olvida que detrás de esas etiquetas que, como siempre, ponen los que creen tener el éxito y la llave de la verdad hay personas que tienen vidas e historias que han llenado canciones, cines o grandes novelas. Gente que llegó a ese fracaso tal vez desde una gran historia de amor, desde una relación de poco entendimiento con el alcohol o el juego, personas con historias familiares turbias o con conflictos laborales que los dejaron marcados de por vida. En definitiva, se trata de gente como nosotros, de seres humanos que vivieron, fueron felices, que un día se sintieron integrados en esta sociedad, pero que en un momento dado vieron cómo todo se truncó y sus vidas dejaron de tener un sentido socialmente aceptado  y se dejaron llevar por el devenir de los días sin rumbo fijo.

Yo soy trabajador social y mi mirada está muy acostumbrada a fijarse en estas historias y en esta gente que llena el mundo. El periodista Jesús Quintero también tenía un ojo clínico para hacer sublimes entrevistas a estos “bichos raros”. Me acuerdo del protagonista de la película “Living las Vegas” y de aquella frase en la que decía “no sé si mi mujer me dejó porque empecé a beber o empecé a beber porque me dejó mi mujer”. Había sido un guionista glorioso, tenía dinero y una familia, pero un día todo se torció y con lo que le quedaba de dignidad se fue a terminar definitivamente con su vida.

También estaba la canción de Billy Joel, “Piano Man“, que en España interpretó Ana Belén y que hablaba de un pianista que ya solo podía tocar en algún tugurio nocturno después de haber sido un gran maestro de la música. El muro que no pudo superar “El más joven maestro al piano/vencido por una mujer”, una historia de amor que lo dejó lastrado para siempre.

Incluso en la literatura tenemos a “Madame Bovary“, de Flaubert, donde podríamos pensar en Emma Bovary como epítome del fracaso, condenada a morir con un buche de arsénico para alejar de sí la permanente insatisfacción –teñida a veces de necedad y fatalismo- que tan lejos la arrastra.

Hay una reflexión que también se me venía a la cabeza que tiene que ver con la resistencia, con sobrevivir y con adaptarse a las circunstancias. Ahora se llama “resiliencia” a lo que antes se denominaba “apretar los dientes”, “echarle huevos” o “antes partío que doblao”. Pero a mí me gusta más la idea de pensar  que estos perdedores de los que hablamos en realidad se comporten como el mimbre. Es flexible, no se parte, se adapta a la forma que el artesano quiere darle y una vez que se integra en un objeto, parecen que lleva así toda la vida.

Hoy los vemos como fracasados, como perdedores, inadaptados de la sociedad o gente que no supo mantener el nivel de exigencia que este mundo (el primer mundo capitalista) le exigía. Gente que sí, que probablemente dejó de luchar o de competir, pero, en definitiva, personas con historias apasionantes, con mucha poesía vital corriendo por sus venas y sobre todo con la dignidad intacta de haber vivido sus vidas, las que les tocó vivir y a las que se adaptaron sin reprocharle a nadie nada.

José A. Alfaro Manzano

Miembro del colectivo cultural MALAORILLA

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