TASA INCIDENCIA COVID (población de 60 o más años) OSUNA 470,8. | Aguadulce 0,0 | Algámitas 1.744,2 | Badolatosa 154,6 | Cañada Rosal 256,1 | Casariche 0,0 | Corrales (Los) 0,0 | Écija 306,8 | El Rubio 226,8 | El Saucejo 616,2 | Estepa 186,2 | Fuentes de Andalucía 0,0 | Gilena 223,2 | Herrera 320,7 | Lantejuela 0,0 | La Luisiana 91,0 | La Puebla de Cazalla 547,3 | La Roda de Andalucía 1.146,1 | Lora de Estepa 0,0 | Marchena 176,3 | Marinaleda 0,0 | Martín de la Jara 152,0 | Osuna 470,8 | Pedrera 0,0 | Villanueva de San Juan 0,0 | (Actualizado 08/06/2022 a las 10:55 h.)
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Tener o no tener

Nunca me ha dado algo tanta pena como la mirada del que no tiene, ese escrutinio silencioso del que le falta. Nunca he sido capaz de tomarme tranquilo un bocata viendo que alguien lo miraba con deseo, no sé si lo que me ha empujado a compartir era la generosidad o el egoísmo de querer estar en paz conmigo mismo. La conciencia siempre actúa. Pocas veces me he sentido a gusto mirándole a los ojos a un mendigo, mis ojos casi siempre han querido mirar al suelo, como tratando de ignorar que hay gente que tiene menos, como si el corazón fuese a estar más tranquilo si no le brindara la imagen de la pobreza.

Pero la miseria está ahí, punzando, y aunque no la afronte siempre me ha perseguido unos pasos después de cruzármela entre cartones, inundándome, brindándome esa hipotética situación en la que yo fuese aquel que escribe con faltas de ortografías una nota de auxilio, una súplica, una petición de la que miles de personas pasan mientras recorren las calles. Una moneda, un billete, objetos que sirven para calmar la necesidad de consumir, para condenar a muchos, para privilegiar a otros. La calle como oficina, el tiempo consumiéndose como trabajo, ver la vida pasar viendo a personas viviendo. Sentirte alguien que está fuera de lo que sucede, un espectador arrodillado por no se sabe qué circunstancias.

Pedir con la palabra, pedir con el silencio, poner la mano y que el negro de la suciedad de tus uñas vuelva a señalarte tu inferioridad. Pedir, qué palabra tan difícil y puñetera, qué verbo tan duro, qué acción más jodida cuando se convierte en la única manera de conseguir que la barriga se calle. Dar, qué palabra tan redonda, qué verbo tan manoseado, qué actividad tan hipócrita cuando no se hace de manera desinteresada, cuando la misma mano utiliza luego el pecho como caja de resonancia. Y quién carajo soy yo para dar, para situarme por encima de alguien y proporcionarle una parte de lo que me sobra, qué he hecho yo para merecer estar en este otro lado de la realidad, en qué momento mi pelota cayó en la zona premiada de la ruleta.

Desde chico me he hecho estas preguntas. Recuerdo que todas las tardes pasaba por la calle Sierpes y escuchaba el acordeón de un músico ciego. Tocaba encorvado, concentrado, como si la música le estuviera tocando a él. Yo por él sentía admiración y un poco de pena por no tener olfato empresarial, no me explicaba qué hacía tocando en la calle pudiendo dar conciertos o salir en la tele. Coño, es un músico ciego. Cosas de niños, la inocencia que te aúpa a un guindo alejado del mal. Igual que aquel otro hombre de pelo y barba blanca que echaba los domingos enteros en el Tex Mex viendo toda la jornada de Liga. Éste llevaba consigo su quiniela y siempre decía que le iba a tocar. Yo ya lo veía millonario. Un día, me lo encontré en un soportal de la Avenida de la Constitución vendiendo ceniceros y huchas hechas con latas. Tenía un cartel que decía: “Allúdame a comprarme el Ferrari”.

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Luego, un poco más mayor, entendí que se pueden pasar necesidades aunque tengas casa y vayas vestido con polo y vaqueros. Lo comprobaba en las botas de fútbol, en las marcas, en los balones deshilachados, en los pantalones con rodilleras. Llegan a ti palabras como paro, desempleo, desahucio, crédito, banco y entonces ya sí que te caes del guindo. No me gusta sentir pena por nadie, siento que les quito de alguna manera la dignidad compadeciéndoles. Fíjate la idiotez, como si yo tuviera ese poder. Pero no lo voy a negar, muchas veces siento pena y asco, pero no de los que no tienen, si no de los que tienen. Gente de mi edad que abre la puerta de su casa y ve que es un chaval de su edad el que le trae la hamburguesa y luego es capaz de soltarte sin inmutarse el discursito de la meritocracia desde su atalaya de privilegios. O ese youtuber hijo de puta que se grabó un vídeo dándole una galleta con pasta de dientes a un sintecho. Esas cosas sí que me dan pena y rabia.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
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