Aulas

Cuando era estudiante de filología, allá por los años ochenta, iba a clase a la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, edificio de inacabables pasillos con capacidad para albergar tres facultades universitarias. Allí, subiendo y bajando escaleras monumentales y abriendo y cerrando pesadas puertas, pasé años maravillosos, de aprendizaje continuo.

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Desde mi calle – Empacho

Lo primero que me dijo Gaelia cuando la vi en este enero, es que estaba empachada. Me pareció curioso que usara esa palabra un poco caduca y le pregunté de dónde la había sacado. La he oído estos días, me respondió. El periodista Iñaki Gabilondo ha dejado su columna de opinión diaria en la Cadena Ser, porque está empachado. Y es que es así como nos sentimos muchos.

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Alianzas

Siempre ha habido guerras y fronteras, ilusiones de dominio. Hace años, quizá cuarenta, tuve la fortuna de leer Cabrera, una novela del madrileño Jesús Fernández Santos. En ella, narrado en primera persona y con un aire inspirado directamente en la novela picaresca, se novelaba el drama vivido por los soldados franceses apresados tras la Batalla de Bailén. Si no recuerdo mal la historia, fueron conducidos a las costas gaditanas y encerrados en pontones —barcos viejos anclados a vista de costa— durante una larga temporada, con los problemas sanitarios que suponen el hacinamiento, la mala alimentación y la falta de higiene y de ejercicio físico.

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Lo que cae del cielo

Todo lo que cae del cielo acaba por ser noticia. Miramos para arriba e invocamos algún extraño conjuro, suspiramos como si alguien que habita en las nubes nos estuviera escuchando, maldecimos con la barbilla alta, lloramos con ella en el pecho. Lo mismo al agradecer, los dedos señalan el techo de nuestro mundo, sonreímos siempre hacia lo alto. No buscamos explicaciones, nos resignamos a no creer en nosotros, a pensar que nuestros aciertos son fortuna y nuestras miserias, obstáculos. Siempre miramos arriba porque nosotros estamos abajo.

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La calle de la normalidad

Hay cosas tan normales que no pueden ser aburridas, caminos insólitos que al recorrerlos tan deprisa acaban cansando. Todos llegamos los primeros a conocernos, todos nos quedamos hasta el final cuando nos quedamos solos. A veces nos traicionamos y dejamos nuestra integridad en manos de otras personas, del azar o del sueño. Dormimos para no pensar, o acaso para no hacerlo con los ojos abiertos, tenemos amigos para trapichear con los sentimientos, los tuyos por los míos, los míos por los tuyos, confiamos en el azar cuando los deseos rozan lo imposible, cuando los clavos en vez de arder enfrían, y el único poste al que aferrarse es el de la caprichosa fortuna y sus inexplicables chispazos. 

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