Aquí no paseamos pájaros

Iba sentado en un autobús  por Barcelona, cuando  un  joven entabló una conversación  con un colega por el móvil.  Un saleroso acento argentino  y  el tono elevado,  hizo  que participásemos de la charla casi todos.  Explicaba la experiencia  que estaba viviendo por aquí. 

De pronto dijo:  ” Pibe aprieta el orto o te cagarás  de  risa cuando te diga que  acá  pasean  a los pájaros”.  “Que si  boludo, créeme, en España pasean a los pájaros en jaulas por la calle…” Desconozco si el esfinter anal del amigo soportó la guasa; aquí  hubo quien se llevó  las manos a la entrepierna para no mearse.  

Reírse de su sombra no es patrimonio de todos. El desliz ornitológico  del argentino  provocó en otros  arañazos en el ombligo: “Ni esto es España ni los catalanes  paseamos pájaros…”  Se escuchó. Lo dijo en catalán: “Ni aixó es Espanya ni els catalans passeig ocells”. ¡Faltaría más! 

Se trataba del “Rufián” de turno. Un  modelo creciente de ciudadanos sectareos abrazados al manifiesto “Koiné” (el catalán como única lengua hasta en Teruel), tan rebuscado y hartible como  “Ian Gibson” con la causa de lorca.  

El visitante “acharado” apagó el celular.  En la mirada   noté la necesidad de saber, no solo  acerca de “pasear  pájaros”,  también de las  xenófobas cartas de presentación de quienes solo ríen ante el retrato  de Lluis Company.

 Ni me dedico al estudio  de las aves  ni a silvestrar  canarios  es mi hobby, pero me crié en Osuna y algo de pájaros sé… (Incluidos los alcaravanes).  

Es en el extrarradio barcelonés dónde se da vida a la costumbre de “pasear pájaros”. La afición o hobby no es exclusivo de los andaluces. Pero me quedo corto si nombro solo a diez  ursaonenses, casi todos jubilados,  que salen de sus casas  por la fresquita balanceando  un par de jaulas  hasta  un  parque del barrio.  

Las ramas de los árboles se convierten en percheros y escaparates para las docenas de jilgueros, canarios, verderones…. Es fundamental analizar la armonía de los trinos y el atractivo estético del plumaje para diferenciar, por ejemplo, al macho de la hembra,   así cómo para evaluar si tal o cuál pájaro reúne condiciones para concursos de canto y colorido. 

Un trozo de historia de quienes se embarcaron para sacar adelante a los suyos  lejos del sur. Andaluces que, como  consecuencia  del roce con el simpático caganet y el sabor de la calçotada,  ya no tienen el acento de origen a la orden del día  y  cargan con la sensación  de no ser ni de allí   ni de aquí.  De allí porque la referida integración en la lejanía conlleva un impuesto para el que no vuelve. De aquí  porque para algunos siempre hubo sequía de predisposición para aceptar, como cosa de todos, las costumbres sin barretinas.  

Sé de catalanes que guardan “como oro en paño”  la receta de una ardoria (salmorejo) y pegan  el culo a una silla para escuchar tres fandangos de Huelva.  Y no  son pocos los mentecatos  que aún  no concilian el sueño pensando en que los andaluces vinimos a comernos  el pan de payés. Es sorprendente la ligereza con la que se pretende infravalorar cualquier tradición asociándola a  malas prácticas  por tener otro estilo de vida. 

Generalizar no es correcto,  aunque en el ámbito político tengo dudas.

No recuerdo ni un solo líder catalán,  o de Iznájar,  que rehuyera hacerse la foto de rigor  con un catavinos y el sombrero cordobés en  “La Feria de Abril de Barcelona”, por ejemplo. Un invento de sentimientos andaluces ajenos a un soberanismo que andaba a gatas. Apiñados como los estorninos, acudían con el séquito a mostrar una  empatía tan seca como la mentira. 

Cuando contar historias de andaluces en Cataluña parecía ya finiquitado y asumido el rol: els altres catalans…” aparecen éstos  (en  España todavía) y matando.  El “hecho diferencial”  regresa. 

Una bandada de pájaros se han instalados en el Ayuntamiento de Barcelona para dar rienda suelta al sentido racial  del factor RH genético.   Les ha venido un subidón y con la recortada apuntan a las costumbres,  al pescaito frito  y los toldos a rayas de La Feria, endureciendo  requisitos y  poniendo zancadillas con  asuntos de idoneidad etc, etc… 

Para Ada Colau, “adalid de meonas y fornicadores en el metro”, el sentido común es un razonamiento sin vigencia,  hay que contemplar el incivismo  con total naturalidad. No asi la “seña de identidad andaluza” que  afea la ciudad y  no es un bien que se deba proteger. 

Aceptamos que a la señora alcaldesa y los suyos no se les apetezca  hacerse  un selfis entre faralaes  bajo el cielo catalán. Vale que el discurso trolero corresponde al guión: “Las costumbres y tradiciones andaluzas  también son de aquí,   vuestra cultura es nuestra cultura….”  Estamos curado de espanto. Y hasta vale que el vecino,  el President  Puigdemónt, declinase tomar un rebujito o una cañita fresquita.  Con educación pidió agua:  “Sisplau, del Montseny…. De Lanjarón no”.  ¡Ay gorrión!

 Lo que no vale ni es de recibo, es  que  la vara de mando con vestido y  “pinta de olerle la almeja” se ponga a barrer los derechos  adquiridos  dando escobazos desafiantes:  ¿Por qué silbáis…?  Pues porque  el millón de andaluces en Cataluña  encuentran  su más viva esencia en la cultura de sus  costumbres y tradiciones… ¡Charran! 

Pronto será un delito ecológico coger espárragos en la montaña de Collserola. Cobrar impuestos a los andaluces por “pasear pájaros” está en estudio.  ¡Al loro!

“El pájaro de arriba ha de cagarse en el pájaro de abajo”.

¡Qué castigo! Como Sísifo, vuelta a empezar.  El andaluz en Cataluña está  condenado a cargar con la pesada piedra  por culpa de politicos  estúpidos. 

Llegó mi parada y me bajé del autobús.  No sin antes volver a escuchar: “Ni esto es España ni los catalanes paseamos pájaros…” 

Sí, es cierto. Tampoco es necesario. Los  pájaros de aquí son de cuenta y se la saben todas.

Antonio Moreno Pérez

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Crispación

Estábamos en casa con los cinco sentidos puestos frente al televisor (ahora llamado “plasma”, que no plasta), viendo la novela, cuando de pronto y precedido por una musiquilla de sintonía que me recordó el “Parte” de las dos y media de aquellos tiempos, interrumpen el discurrir de las aventuras vitales del personal de Puenteviejo, para decirnos -¡oh sorpresa! – que D. Pedro Sánchez no puede formar gobierno por más que quisiera y se lo pida el rey, y que la culpa es de Rajoy y de Iglesias. 
Supongo que cuando Rajoy salga de Zarzuela, dirá que no puede formar gobierno por culpa de Sánchez, de Ribera y de Iglesias (a Esperanza Aguirre y demás gente de su partido, no los nombrará).
Por otra parte, leo esta mañana que el próximo gobierno deberá recortar 4.000 millones para cumplir el déficit, y que los dichos millones saldrán de los españoles que trabajan (recortando en obras públicas, etc.), y no de los españoles que roban (reformando la fiscalidad y combatiendo el fraude).
Durante todos estos días en que los personalismos y los repartos de canonjías han estado por encima de proyectos con visión de estado, honestos, desprovistos de nacionalismos miserables, y capaces de llevar a cabo la Transición Política que en su momento no se hizo, que han impedido la formación de un Gobierno (siquiera sea de transición), que coja por los cuernos el toro de la Ley Electoral, de la Reforma Fiscal, de la Corrupción instituida, de la Politización de la Justicia, de la Dependencia de la T.V. y la Radio públicas, etc. etc.
De nada de esto se está hablando abiertamente durante estos días. Sólo de reparto de prebendas.
Esta tarde, leo y escucho en El País a Joaquín Prieto, editorialista que advierte que en la crispación encontrarán los partidos la forma de crecer en votos, y me pregunto: ¿…Más crispación?
PD:
Acaba de ocurrírseme una manera más eficaz de crispar a los votantes: Interrumpirles la novela con una noticia que ya sabían, y justo cuando se iban a enterar qué co..   es el Secreto de Puenteviejo.
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La fiesta del otro “chivo”

Sean salvadas las diferencias para no caer en la injusticia. Lo digo por el apodo del cual echo mano y la fiesta que a D. Mario Vargas le han obsequiado, no sé, si su amada-amante Dª. Isabel en solitario, o en comandita con las aún más amadas editoriales y revistas del papel-cuché. Me recuerda, por cuanto a ciertos invitados y escenario se refiere, a la que tan magistralmente relató D. Mario en esa mezcla de ficción y novela histórica que es “La fiesta del Chivo”.
Me ocurre con Vargas Llosa lo mismo que con Cela. Me dejan el “corazón partío”. Después de haberlos leído (algunas obras, varias veces), me pregunto: ¿Cómo es posible que la madre naturaleza, haya dado tales cerebros y tales plumas, a tales corazones? Sigo sin entenderlo.
En un momento tan convulso como el que vive Europa. En un momento de incertidumbre como el que viven España y Europa misma, unas palabras nacidas de las voces de dos premios Novel de literatura, uno hispano y otro -Orhan Pamuk- de oriente medio constituirían una importante apelación a la conciencia social, política y moral de muchos líderes (que la tuvieran, claro). 
Curiosamente en la cena había muchos menos escritores que políticos y hombres de negocios; algunos, de una más que dudosa catadura moral. 
Vaya por delante, que cada uno tiene derecho a celebrar su cumpleaños con y como le de la gana. 
Los Sres. de Preysler-Vargas lo vieron como lo que era: una fiesta de  cumpleaños. Algunos lo hemos visto como una oportunidad perdida para tal llamada. Resultado: Una feria de las vanidades. 
Probablemente, las revistas del corazón serán las más beneficiadas… ¡Cuántas fotos!
Es muy improbable que ocurra, pero me pregunto qué dirían de mí, mis hijos y mis nietos, si me vieran en una foto entre Álvaro Uribe y José Mª. Aznar… o entre Rajoy y Esperanza Aguirre… que tampoco es mala marca.
 
JMS
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¡Que bote San Arcadio!

El verano pasado acompañé a unos amigos hasta Las Canteras de Osuna. Quería que se empaparan de Historia de mi pueblo. No pudo ser. Estaban cerradas al público. Solo perros había. 
“Aquí en lo alto el solano se las trae”, “Cuando el Lorenzo aprieta para que te cuento”, “Tampoco es un negocio rentable…”. Escuché por los alrededores.
En su día me pareció fantástico que Raphael, José Merce, Vargas Llosas… dejaran la impronta artística y cultural. Ahora la actividad (según cuentan) se limita a alguna que otra ceremonia y convites de bodas esporádicos.
Igualmente felicito que se abran (según leo) dos salas de museos aprovechando la repercusión mundial de “Juegos de Tronos” a su paso por Osuna ¡Claro que sí!  Hay que potenciar el turismo.
¡Que bote la alcaldesa!
Los lectores se preguntarán: ¿A qué viene esto? 
Pues viene porque, sin ser pescador ni venir de familia de pescadores, de vez en cuando me gusta lanzar un anzuelo a ver que pesco en Osuna.  
El día veintidós me ubiqué prontito con la caña en el río de gente en la calle Espartero. Y no se hizo esperar. Al cebo picó una buena “pieza”, un buen hilo argumental.
Ahí había gente eufóricas y radiantes de una felicidad que compartí en la distancia con las personas conocidas y familiares agraciados.
Admito que a mi no me ha tocado la lotería. Y afirmo que nunca se apoderó de mi un nivel de euforia más allá del que produce el premio de una pedrea.
Unos días en Osuna casi nunca me dieron para todo lo que quise, ya fuera entre cirios y saetas, degustando rebujitos en la Feria o escondido del sol de agosto que castiga sin piedad y el mundo se detiene con el infatigable canto de las chicharras. 
Ahora ya no. Ahora las redes sociales acercan ipso-facto los acontecimientos y diagnostican con rapidez la temperatura ambiental estés donde estés. 
Para contar lo que sigue he esperado, por un lado, la cercanía del día del Patrón y rendir tributo a las gachas que solía saborear en cualquier día y mes del año.
¡Por dios! Nunca olvidaré el punto sabroso de mi madre y la generosidad para complacerme cada vez que iba a verla. 
Por otra parte, debía esperar al sorteo del Niño, no fuera que San Arcadio la liara otra vez. La leyenda urbana se habría derrumbado, más que huevos gordos, nuestro Patrón los tendría cuadrados. 
Ocurre que la sensación de alegría (euforia) tiene varias lecturas, no se exterioriza por un igual como cuando se consigue el dinero fácil.
Me parece lógico que los afortunados, entre frases entrecortadas por la emoción, anécdotas y pataitas por bulerias incluidas, pidieran compartir la alegría con el Patrón en agradecimiento: ¡Que bote San Arcadio! ¡Que bote San Arcadio!
La mayoría de expresiones resultaron ser tan simples como el mecanismo de un chupe. Del todo comprensible. Otras no tanto. 
Ahí va una: “Ésto es lo más grande que le ha ocurrido a este pueblo desde la concesión del hospital”. Y con ironía trillada recalcó: “Si no llega ser por el hospital el pueblo estaría cerrado”. ¡Ahí va…! 
No seré yo, ni nadie con dos dedos de frente, quien ponga en duda que la llegada del Hospital a Osuna no fue un logro importante para  la calidad de vida ursaonense, ¡faltaría más! Pero el antónimo de cerrado es abierto.
En el año setenta y tres, pongamos por caso, Osuna no era un pueblo cerrado de persianas bajadas. Con el puñetero solano, en ocasiones, lo parecía. Osuna tenía tanta vida que sobraba. Si bien era un pueblo confinado al campo y, en menor volumen, al sector servicios en pleno siglo XX. 
Osuna era un pueblo rácano en cuestiones de apoyo emprendedor a quienes no compartían la condición miserable de encerrarse en la rutina sin contar con las posibilidades.
Es verdad que hoy nadie va a misa cogido de la mano, hoy es cristiano quien le da la gana, pero tampoco veo que Osuna sea el paradigma del cambio. Pienso que ahí crece una idiosincrasia autóctona. 
Mis inquietudes por mi origen me viene desde que me fui. Allí dejé amigos, una gran familia y un pueblo con 17.800 habitantes, más o menos. A día de hoy a muchos de los amigos los perdí de vista y, lamentablemente, la familia ya no es tanta.
No ocurre lo mismo con la cuantía de habitantes empadronados. Cuarenta y dos años después el censo poco o nada ha variado; Osuna no alcanza los 18.000 habitantes a pesar de las expectativas del hospital. Un estancamiento que no se ha producido en localidades cercanas. 
¡Que bote San Arcadio!
Y ahora ¿qué? ¿Será la lluvia de millones el revulsivo para el despegue emprendedor tantas veces reclamado en Osuna? ¿Será el pelotazo de Navidad la coyuntura para que la sociedad haga piña y los ursaonenses sientan apegos entre sí…?
“Junts fen país” dicen los catalanes.
El escritor y diplomático Octavio Paz dijo: “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas le ha inyectado el veneno del miedo… el miedo al cambio”. 
Añado: también las inoculadas de pasotísmo y escasa predisposición.
Está bien que nuestro Patrón bote de alegría, pero no el de Écija. En Osuna no hay cine. 
¿Tendrá San Arcadio los “santos cojones” de reconvertir al votante de izquierdas (por ejemplo) que sin rubor responde al perfil conformista, al antihéroe feliz de alcaparrones, tagarninas y  triquiñuelas para pasar el día?
Los guiños para cobrar el Per, o que la paguita por una minusvalía en “entredicho” esté exenta de ser investigada, no dice mucho en favor de un pueblo abierto.   
¡A ver!: El Patrón tiene los huevos gordos no cuadrados. 
¡Que bote San Arcadio! Aunque la cultura de base y la educación de principios en Osuna a muchos les importe un pepino y sea una asignatura pendiente. 
Sería fantástico ver y oír  a escolares en excursión pidiendo que bote el Sr. Francisco Valdivia (Por ejemplo) ante su escultura maravillosa que engrandece el rico patrimonio de Osuna en Las Canteras.
¡Ah! Las Canteras es una propiedad privada… ¡Vaya!
La Historia y el arte de mi pueblo seguirá custodiado por una jauría de perros. ¡Que boten los socialistas!
¡Ah, no! ¡Que bote San Arcadio! El patrón de los huevos gordos para alegría de los huevones. No es lo mismo.
¡Feliz día de San Arcadio!
 
Antonio Moreno Pérez
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De socialismos y de putas

Lo desenvolvió y se lo metió en la boca. Hizo una pequeña bolita de papel con el envoltorio para –tras un corto recorrido sobre dos tacones de aguja– acercarse a la papelera. En aquel momento el camarero colocaba ante mí un zumo de naranja y, así como hay hombres que pasan las tardes de domingo paseando por las galerías del Museo del Prado contemplando obras de Goya o El Greco, a mí me gusta observar cómo –bien paradas a mitad de calle, bien sentadas en las escaleras de entrada a un centro comercial– mascan chicles las putas.

Tiró la pequeña bolita en la papelera y volvió a su puesto de guardia, a mitad de calle. La tarde era fría, y amenazaba lluvia. La cafetería se llenaba por momentos. Cuatro tipos de unos treinta años cada uno y con aspecto de venir del gimnasio pidieron unos batidos. Siéntense, les dijo el camarero. Los tipos se sentaron en unos sillones colocados alrededor de una mesa y, para cuando llegaron los batidos –chocolate, fresa y dos de kiwi y maracuyá– caían las primeras gotas tras el cristal por el que seguía observando a aquella mujer que, resguardada ya bajo el toldo de unos grandes almacenes, tecleaba en su teléfono móvil.

Que la mujer mantuviera la mirada baja y no pudiera verle el rostro no fue lo que hizo desviar mi atención hacia aquellos sillones, sino la pregunta lanzada en voz alta por uno de los tipos. Y tras la pregunta, la indignación por parte de los cuatro: injusticia, corrupción, una clase obrera cada día más pobre a costa de un mayor enriquecimiento por parte de las clases altas, un IVA cultural por la nubes. Y para todo ello, una solución: cambio. Un cambio, decían, entre trago y trago a sus correspondientes batidos. Chocolate, fresa y dos de kiwi y maracuyá.

Dejé las monedas en el platillo. Cogí mi mochila, me la colgué al hombro y me dirigí hacia la salida. El agua golpeaba con intensidad tras el cristal. Sorteando por un estrecho pasillo los grupos o parejas que buscaban un hueco en la barra al estar todas las mesas ocupadas llegué hasta la puerta. Empujar, decía un pequeño cartelito, y me disponía a hacerlo cuando un golpe sobre mi mochila y el sonido de un vaso contra el suelo hicieron que me girara. Me disculpé, y acepté la disculpa del abuelo. Y antes de volverme de nuevo hacia la puerta, los vi una vez más. Seguían ahí, sentados en esos cómodos sillones. Hablando. Bebiendo. Refugiados de la lluvia que caía sobre una calle que, desde ahí dentro, era ya un conjunto de manchas borrosas tras el cristal.

La puerta se cerró a mi espalda, bajo aquel toldo no había nadie, y eché a andar calle abajo. El frío me golpeaba en la cara, me subí a la altura de los ojos la bufanda, y sonreí. No pude evitar la sonrisa al recordar aquellas tardes de invierno, en el Sur. Todos sentados alrededor de una mesa – compañeros de profesión, amigos, alguna que otra pareja–, y todos con aquellas palabras en la boca: Zapatero presidente. Porque por aquellos “lejanos” días del año 2004, todos mis amigos y algunos conocidos – votantes de izquierda, claro– eran socialistas y querían a Zapatero como presidente. Y lo fue. Al menos lo fue como lo son los galgos de carrera para sus amos: alimentados y cuidados mientras pueden correr y regresan con la liebre en la boca. Unos años más tarde llegó una tal Crisis, se terminaron aquellas benditas becas y el café para todos (nunca vi – en aquellos años del 2004 al 2010– la más mínima preocupación en ninguna de esas personas por el desahucio de alguna familia que no pudiera pagar el alquiler o hipoteca de su casa, como tampoco el más mínimo interés sobre el funcionamiento de la justicia en España, y la palabra Cultura se reducía – y sigue reduciéndose– a series de la HBO y la programación de la MTV), y el socialismo pasó a ser, de la noche a la mañana, un partido perteneciente a la casta. Llegaron nuevos líderes, nuevas promesas, y meterla por la ranura de la urna del PSOE ya no daba ese gustito progresista que sentían la mayoría de sus votantes, con la gran excepción de Andalucía, claro. Porque si la educación escolar andaluza está en el primer puesto de fracaso escolar español e incluso europeo, pues bueno, qué le vamos a hacer; si en los últimos años se ha tirado de la manta dejando al aire casos de corrupción en sindicatos y PSOE, pues bueno, qué le vamos a hacer; que la palabra Cultura en Andalucía –aparte de esas series de la HBO y la programación de la MTV– se reduzca a la Semana Santa y a un par de casetas de feria, pues vale, qué le vamos a hacer. Las ranuras socialistas pueden permanecer abiertas y tranquilas, porque mientras ese partido siga dando empleo por un par de meses al año, seguirán entrando votos. La Sanidad, la Educación, poco importa cuando se tiene para un traje de chaqueta para el Viernes Santo y una entrada para la corrida de toros.                 

Final de la calle. Siete minutos para el próximo autobús, marcaba la pantalla. Me resguardé de la lluvia bajo la marquesina de la parada, saqué de la mochila mi libreta de notas y me disponía a escribir cuando sentí que alguien se paraba frente a mí. Hola, me dijo. Levanté la mirada y aquella mandíbula se movía suavemente, sosteniendo algo entre los dientes y la lengua, mientras hablaba de tiempo y de dinero. Miré por segunda vez la pantalla. Cinco minutos, indicaba. Y al volver la vista a mi cuaderno para escribir aquella pregunta que llamó mi atención en la cafetería, vi como caía al suelo un chicle usado. Ahí lo tengo, me dije. Ahí está la imagen que dará pié a un próximo artículo para El Pespunte, o quizás para un texto dramático y un nuevo montaje. Porque al fin y al cabo, la política no es más que el reflejo de esa sociedad que le permite sentarse en los sillones del Congreso.  

 

Álvaro Jiménez Angulo 

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Boteros 14

La librería del ursaonense Daniel Cruz, sita en la calle Boteros de Sevilla, a cien metros apenas de la Plaza de San Ildefonso y de la casa en la que vivió Rodríguez Marín, está instalada en un espacio diáfano, amplio y luminoso. El inicio de la visita, pues, ya es gratificante en sí mismo. El local ocupa una esquina, exactamente la formada por las calles Boteros y Odreros, junto a la mismísima Plaza de la Alfalfa; esa coincidencia puede hacer pensar en analogías entre el trasiego de vinos y de conocimientos, entre la alegría que suponen para el espíritu la bebida y la lectura de un buen libro, pero ese camino, aunque resulte tentador desde el punto de vista literario, lo dejo para otra ocasión. El caso, y por ahí iba yo, es que al estar en una esquina, el local posee una iluminación que ya quisieran muchos, pues la luz le entra por dos hermosas ventanas, cada una de ellas abierta a una calle. Junto a ellas, un sillón comodísimo en el que uno se sienta con el libro de su interés que ya ha elegido, que sabe que va a comprar, pero que quiere empezar a saborear allí mismo, pues el ofrecimiento de aquellos confortables asientos, situados junto a tan generosas ventanas, resulta realmente incitador. Los libros monopolizan una de las paredes del establecimiento, de doble altura y sus buenos cuatro metros; llegan hasta el mismo techo, como esas bibliotecas que encandilan la imaginación de los lectores y en su día encandilaron la del mismísimo Jorge Luis Borges, cuando creó aquella biblioteca infinita que copió Umberto Eco en El nombre de la rosa, ese lugar donde los fondos bibliográficos y las sorpresas resultaban inagotables. Líbrenme el azar, o el destino, de esas librerías donde los dependientes no le dejan a uno curiosear tranquilo, las típicas librerías comerciales que forman parte de cadenas de tiendas, donde los empleados van uniformados y están pendientes de ti para ver qué necesitas, vendedores que, aleccionados o no por sus jefes, no se paran a pensar que si uno quiere preguntar dónde está tan libro o tal sección ya lo hará, que si no lo hace es porque desea despistarse, perderse en soledad en el universo de libros, de espíritus de escritores, que tiene a su disposición, atento quizá sólo a percibir el aleteo de un alma o de un pensamiento privilegiado que pugna por salir y ser aprehendido por un lector dispuesto a ello. Al entrar en Boteros te encuentras con Daniel, claro está, que te recibe con ese calor y esa simpatía en el trato que no se aprenden, que se tienen o no se tienen, y él las tiene de sobra, y luego te deja hacer, te deja perderte en el bosque de libros que ha creado. Esa es una de las grandes diferencias que suelen existir entre los libreros de genero nuevo y los libreros de lance, su aparente indiferencia ante la posibilidad de vender, pues los segundos te dan los buenos días y siguen enfrascados en su lectura, de manera que uno duda a veces si son los dueños de la librería u otro cliente lector. Algunos, como la inolvidable Mercedes de la sevillana calle Cerrajería, llevan su indiferencia hasta el punto de perderse en la trastienda para tocar en la guitarra por bulerías. O por alegrías. Y te sientes feliz junto a estos libreros, espíritus libres, arropado por ellos y por sus miles de volúmenes, inmerso quizá ya en la lectura del que has comprado porque no te quieres ir, porque estás allí tan a gusto como podrías estar en tu casa.

Hoy día, cuando las formas de comunicación y conocimiento son tan frías y están tan manipuladas gracias a la revolución digital, cuando a pesar de la sensación de libertad que pretenden inculcarnos nuestras vidas se encuentran más controladas y teledirigidas que nunca, encontrar un lugar como la librería de Daniel, donde se mantiene el intercambio libre de ideas y pensamientos, donde puedes encontrar tanto los primeros libros de Sánchez Ferlosio o de Albert Camus o de Cortázar como El itinerario del éxtasis de Athanasius Kircher, o un ejemplar de la edición parisina de 1610 de Opuscula varia antehac non edita del Julio César Escalígero, con la particularidad de estar expurgado por el censor —cuyos comentarios y tachaduras resultan perfectamente visibles—, o incluso la última novela de Julia Navarro, resulta un milagro, como un renacimiento de la cultura profunda al que uno asiste cada que vez que traspasa el umbral de su puerta. La librería de Daniel, y sus semejantes, repartidas por las principales ciudades, constituyen refrescantes oasis en medio de la vulgaridad y de la mediocridad de los tiempos actuales, donde la sociedad, realmente manipulada— qué poco conscientes somos de ello, hay que insistir—, está entregada a un culto irracional a la juventud, la belleza y el aspecto exterior de las personas, y tiene olvidada, como en el desván, la formación del espíritu y del intelecto.

Visite el local de Daniel Cruz, se lo recomiendo con calor, que la vida se nos pasa volando y no podemos dejar escapar las pocas ocasiones que van quedando de disfrutar de lo bueno. Hágalo. Y buena lectura.

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¡HASTA SIEMPRE, NEO!

Anoche murió un hombre entrañable: bueno en el buen sentido de la palabra bueno, como decía Machado. Especialmente para muchos de aquellos niños de la Osuna de los años 60 y 70, época en que no había “what´s app”  y nos divertíamos en los futbolines.

De los varios locales de este tipo que había en el pueblo (Rafaela, “el Gordo”, “el Neo”, etc.), fueron los suyos en la Carrera de Caballos, los que perduraron por más tiempo. Incluían un pequeño ambigú y dos viejas mesas de billar, además de alguna máquina de bolas. Tenía además, un corral en el que cuidaba y aviaba sus gallos de pelea, una de sus grandes pasiones. Allí íbamos a parar niños de todas las clases sociales, en una época y en un pueblo, en que las clases se mezclaban más bien poco, y él nos “lidiaba” con una paciencia bíblica. Tenía la capacidad de relacionarse magníficamente con los niños y con los viejos; con los tunantes y con los “lelos”; con los “de derechas” y los de “izquierdas”…

Tuve la oportunidad de tratarlo y ser su amigo, de niño y de adulto; y disfrutar de su comprensión ante los fallos y los problemas ajenos: eso que llaman Empatía.

No he conocido a nadie con mayor sentido de la aceptación ante cuantas cosas nos puede deparar la vida. Con pocas personas, la vida fue tan cruel como con él. Y sin embargo sonrió y vio el lado bueno de la misma, sin rencor ante nada ni ante nadie.

Por supuesto que se llevó puesto el cariño y el respeto de quienes sabíamos quien y como era. Tenía las manos vacías, de tanto dar, sin tener.

Descanse en paz Antonio Gálvez Marin, “El Neo”.

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Refugiados

Tienen un coche aparcado cercano al parque. Solo les restan tres letras para terminar de pagarlo. Tienen otro automóvil bien refugiado en el garaje del dúplex. Solo lo sacan los días de viaje. Tiene un diseño chulísimo. Acaban de llegar y el sol acompaña. Van al parque los fines de semana y juegan. Tienen una niña preciosa de tres años a la que visten y calzan a su gusto y con el mismo antojo y voluntad de estilo con el que se visten y calzan ellos. Tienen otro hijo refugiado en el vientre. Está embarazada de siete meses y el futuro ya tiene ropita y sus primeros enseres. Se los compraron hace dos meses. Tienen una casa con jardín hipotecada hasta el techo y con la preceptiva decoración de Ikea. Tienen un marco constitucional y derechos que ni sospechan. Tienen un país, una nación, un Estado, o como se llame. Tienen soberanía popular y tutelaje civil, que pasa desapercibido dentro del engranaje rutinario de los días. Tienen la solidez de las instituciones, pese a tener a los políticos babeando votos cada dos por tres. Tienen ya hecha la compra de la semana y tienen programadas las vacaciones de verano con mucha antelación porque tienen al futuro secuestrado en el zulo mental de las garantías y las seguridades de la vida en Occidente. Y ninguna vicisitud huracanada podría derribar los muros del estatus. Ninguna profecía funesta sería creíble. Las penurias, las guerras, las injusticias, el horror, son instructivos programas de la televisión.

Tienen cuentas bancarias y un atasco de quince minutos camino del trabajo, que sobrellevan escuchando buena música descargada de Internet. Tienen frío y calefacción. Tienen calor y aire acondicionado. Tienen mascota y comida para la mascota. Tienen impuestos y desgana en abonarlos. Tienen ciudadanía e incluso patriotismo. Tienen ilusiones y un solárium inutilizado. Tienen y aspiran a tener. Se saben y se sienten refugiados.

 

Francis López Guerrero

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Diferencia entre excedencia forzosa y excedencia voluntaria

Hay situaciones que difícilmente nos permite compaginar nuestra vida personal y profesional de manera completa, o incluso llevar a la vez más de un trabajo, y tenemos que decidir entre un trabajo u otro, o darle más prioridad a la esfera privada que a la profesional. En estos casos, dentro de las múltiples opciones, pueden darse tanto la excedencia voluntaria como la excedencia forzosa. ¿Qué son? ¿en qué se diferencia?
La excedencia voluntaria es un periodo que el trabajador le solicita a la empresa y que conlleva una suspensión del contrato entre 4 meses o 5 años, según el tiempo que se solicite, y por ende el trabajador no está obligado a acudir  su puesto de trabajo y el empresario no tiene que pagar a la Seguridad Social por él ni lógicamente el salario del solicitante. Al ser voluntaria no tiene por que fundamentarse en razón alguna, ya que es libre decisión del trabajador y al ser una suspensión del contrato, el período en el que se encuentre fuera de la empresa no contará como antigüedad dentro de la empresa. 
En cuanto a la petición de la misma, no se marca un plazo de preaviso obligatorio por ley, pero es recomendable realizarlo entre treinta y quince días antes y por escrito, dejando constancia del plazo exacto, para que la empresa pueda reorganizarse y pueda atender a la petición, ya que ésta es potestativa para la empresa, por lo que puede aceptar la excedencia o puede denegarla.
Por otro lado, la excedencia forzosa sí que es obligatoria para la empresa, pero el trabajador debe tener una razón fundamentada por ley para que pueda solicitarla, que básicamente se divide en dos ramas:
a) Designación o elección para un cargo público que imposibilite la asistencia al trabajo.
b) Realización de funciones sindicales de ámbito provincial o superior.
Además, el periodo de antigüedad sigue contando para la empresa, a diferencia de la excedencia voluntaria.
Pero, ¿que ocurre tras la finalización del período de excedencia?
Aquí es donde viene la principal diferencia entre ambas modalidades. Si en la excedencia forzosa, se tiene derecho al reintegro en el puesto de trabajo, es decir, la empresa debe conservar su plaza al trabajador, en la excedencia voluntaria, por el contrario, la empresa no tiene obligación de guardar en cierta manera el puesto que el solicitante venía desempeñando.
Por lo tanto, en la excedencia voluntaria lo que se tiene derecho es a un reintegro preferente en un puesto igual o de similar categoría, es decir,  se tiene derecho a volver a la empresa si solo existe un puesto y éste sea de igual o similar categoría a la que se tenía antes de la excedencia.
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No tocayo, tú no

En un intento de clasificar los desaires de algunos a veces me pierdo en la desagradable tarea de ubicarlos. A saber qué se chuta esta gente, qué se fuman… Sea lo que sea es de mala calidad, una porquería. Deberían atender los efectos contraproducentes. 
Solo dije que Oriol Junqueras, presidente de ERC y alcalde de la localidad barcelonesa de Sant Vicenç dels Horts, no es creíble y se ha dado una vuelta de rosca más en la barretina. El hombre de peso en el Ayuntamiento (y en la calle Balmes) es un político “avinagrado” que necesita de la provocación constante. La última: “Junqueras insinúa desalojar el Cuartel de la Guardia Civil del pueblo para realojar y atender las necesidades sociales”. 
¡Y ahora voy y me lo creo!. 
Y como no me lo creo, pues ¡hala! a taparle la boca al incrédulo enemigo.
Porque éstos ciudadanos de la tribu secesionistas son así, los más de izquierda, demócratas y solidarios, los que están en posesión de la verdad. Es lo que debe pensar un amigo virtual, con los conocimientos justos para pasar el día, que ha tenido a bien eliminarme del Facebook.
El motivo: Opinar diferente. 
La orden de alejamiento a mi libertad de expresión no es consecuencia de la calima que éstos días tiene asfixiadas a las cotorras argentinas de Las Ramblas. Más bien tiene que ver con la bajada del termómetro soberanista que, paradójicamente, está incendiando los ánimos de una banda que insiste en que Ítaca no pertenece a Grecia. 
Admito que me jode sobremanera, no solo que me dejen con la palabra en la boca, sino que me despidan con un mantra manido: “No entiendo cómo se puede ser emigrante y de derecha”. 
Al tratarse de un personaje virtual, sin más identificación que una pegatina del burro catalán en su perfil, las opciones de respuestas o de echártelo en cara son escasas. ¡Ya me gustaría! 
Sin necesidad de acudir al diccionario de Pompeu i Fabra lo rebosaría de improperios en su lengua: “Aguanta espelmas”, “cap de suro”, “cagalló…”, Cabe la posibilidad de que el “cagameló” fuera un tonto útil de Algamasilla del Alba, con lo que acudiría al castellano cervantino: “Traidor” “gualtrapa”, “asqueroso…” ¡Con su roña se acueste!
¿Qué ocurre cuando el que te da con el portal online en la cara es un paisano localizado, cuando el autor del churrete es de la misma quinta y juntos compartimos la infancia entre sillares milenarios?. 
Mi amigo real y tocayo nos confirmamos la amistad después de muchos años olvidados.
Hago memoria: “No sabía que eras de Rajoy” Antonio. “No tocayo, más bien soy de Albert Rivera… Lo considero un político de talante moderado que apela el pregón sensato en pro de la unidad de España. Un hijo de emigrantes que no se arruga a la hora de mantener a raya los pensamientos totalitarios de la plebe independentista en Cataluña….” le respondo. 
Mi amigo real es algo desmemoriado. Olvida que ámbos compartimos sentimientos de izquierdas y los dos fuímos víctimas de los efectos depredadores de la dictadura. En una panorámica de la memoria veo pasar rostros ocultos de aceituneras y montículos prehistóricos de cisco. Aún recuerdo los mocos y lágrimas confundidas de niños de Osuna jugando al tejo…
¡Ah! Mi amigo olvida que juntos nos reímos con la demostración de grandeza que tiene la gracia ursaonense: “Si quieres comer lentejas vota a Miguel de la Teja”. 
Ahora intento caminar por la senda de los modelos sociales tolerantes. Es lo que digo: Al que no le gusten los toros que no vaya… No sé por qué hay que prohibirlos.  Él, mi amigo y tocayo, galopa a lomo del caballo de la demagogia de la izquierda recalcitrante y no reconoce moderación en la derecha.  
¡Ah! ¿De Alber Rivera? “¡Tanto monta!”. Y “¡zas!” Emulando al líder onubense, Antonio Maíllo, acudió al dichoso mantra que anula los argumentos que no se quieren oír: “No entiendo cómo puedes ser de derecha siendo emigrante”. 
¡No tocayo, tú no!.
El líder comunista andaluz me parece una persona culta y valiente, muy valiente. Declararse abiertamente homosexual en el ámbito político lo es. Me alegra una barbaridad que goce de su libertad sexual con un gobierno de derechas.
A lo que voy. Tengo que hablar con mi amigo y tocayo. No me gusta la ley mordaza, ni cualquier otra maniobra que calle o silencie. Tampoco la libertad enjaulada de Cuba o Marinaleda.
Es posible que se dejara llevar por las emociones ideológicas del momento. El Sr. Maíllo acababa de arribar a la presidencia de IU en Andalucía para insuflar con un brochazo de cal repelente la fachada comunista. Sospecho que ahí comenzó mi amigo a anidar el feo gesto de eliminar ondas compartidas en la red de internet.
Aún conservo un léxico bastante auténtico de Osuna y alrededores. Podría practicar con mi amigo y tocayo, e irritarle los tímpanos con adjetivos de la tierra: “Papafritas” “andoba” “esnortao” “merdellón….” Otra alternativa sería dejar el asunto correr, total, tanto tiempo sin saber nada de él, y él nada de mí.
¡Qué va! Nada de lo dicho siento ni voy a proceder. Sé lo que mi amigo fuma y dónde ubicarlo. No voy a permitir que la laguna de años le haga una trastada a los recuerdos. 
 
Antonio Moreno Pérez
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