Sevilla resiste

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Por muy duras que sean las circunstancias, siempre hay piedras en los zapatos de las tragedias que no les permiten pisar con determinación en ciertos lugares. Esos últimos bastiones son los que agonizan panza arriba decididos a resistir las catastróficas embestidas del azar. Hace una semana pensaba que el mundo había trocado de manera definitiva dejando dormido en la palabra “antes” todo lo que esperábamos del mañana. Pero ni el mundo es Sevilla, ni Sevilla quiere parecerse a todo el mundo.

Éste, nuestro rincón del sur, se ha empeñado en ser el baluarte de la resistencia, el palo en la rueda de los contratiempos. Esta ciudad enferma de amor propio ha decidido abrazarse y cerrar filas, unirse y disfrutar de las tragedias como solo lo pueden hacer las plañideras moribundas. Sevilla es tan egocéntrica que la mejor manera que ha encontrado de enfrentarse a una pandemia es encerrándose en sí misma, y sus prisioneros, los sevillanos, han tirado la llave al Guadalquivir. 

La gente lleva su mascarilla, las manos huelen a gel hidroalcohólico y la barra del bar está vacía, pero el camarero calvo que con una mano posa la comanda en la mesa, con la otra sube el volumen a la televisión mientras un palio entra en Campana. Fuera piden tres cervezas los cuatro chavales maqueados con sus trajes con su correspondiente pin en la solapa, medalla de la hermandad al cuello, patillas recién rasuradas y gafas Ray-Ban. Ahí anda la pandilla, cumpliendo con los santos oficios del postureo y la cebada. A uno le suena el teléfono y se escucha una marcha. 

Bajando por Asunción camino de Plaza de Cuba, mujeres vestidas de mantilla. En la Maestranza una se hace una foto ante la estatua de Curro Romero. La primavera está rota y el azahar la termina de partir. La cola en el Salvador llega hasta la plaza de San Francisco. Media ciudad visita los templos vestida de gala, la otra media espera en los veladores de fuera con la caña y el cartucho de papas o agolpada en la puerta del nuevo local de la calle Cuna donde venden gofres con forma de pene. 

Gran idea, la del gofre, como la del alcalde montando los cacharritos. Más cacharritos, menos botellón. Es matemático. Nada como una máquina de boxeo y un puesto de dardos para tener controlada a la chavalada de la ciudad. Raúl estuvo toda la tarde ayer enviciado con el punching-ball y después le consiguió a la Chari el peluche del oso que ella quería. Cuando se lo entregó se bajaron la mascarilla y se dieron un morreo. 

Todo sigue igual, porque que cambien las cosas puede hacer que cambien las personas, no los sevillanos. Y los ojos de los sevillanos son el espejo en el que se pavonea Sevilla, en el que ella misma se jura amor eterno. Podrá no haber Semana Santa, ni Feria, pero lo que es inviable es que no haya cofrades ni feriantes. Porque esta ciudad es esto, costumbre, tradición y pasión, sobre todo pasión por todo lo que sea suyo. Y eso, es lo que la hace muchas veces ser ridícula y despreciable, y a la vez especial y única. No es fácil enamorar rozando siempre el surrealismo.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Unsplash.

 

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