Se nos fue Carlos

Carlos Álvarez-Nóvoa ha fallecido. Tenía 75 años. Era actor. Y era famoso. Todos disfrutamos, incluso nos emocionamos, con su actuación en Solas, película preciosa, necesaria e inspirada, por la que recibió el Goya al “Actor revelación del año” en enero del 2000, ganando nada menos que a un Luis Tosar. Y todos lo seguíamos desde entonces. Nos llamaba la atención su perfil como de caballero antiguo y su voz bien timbrada, de páramo castellano, voz cálida y profunda, que parecía hecha para interpretar personajes del Lazarillo, o del Mío Cid, y para reparar corazones heridos. Quién no recuerda su risa franca, y esa cálida mirada que tenía, sus maneras delicadas, su cabello largo, peinado hacia atrás, como de poeta bohemio, modernista y valleinclanesco. Todo eso, y gracias a la magia del cine, puede seguir existiendo.

Pero hubo un Carlos Álvarez-Nóvoa que es ya irrecuperable, el Carlos que no era famoso y casi nadie conoce porque en aquella época no hacía cine, ni televisión, el Carlos dedicado a la locución de radio, al teatro y a la docencia, incluso a la política en favor de los desfavorecidos, el Carlos que vivió en Osuna, que daba clases de Literatura en el Instituto Rodríguez Marín. Ese es el Carlos que yo más recuerdo.

  Llegó a Osuna cuando este que les escribe tenía dieciséis primaveras, esa edad en la que la sensibilidad está a flor de piel y uno no sabe todavía qué hacer con el cuerpo de adulto en que se ha encontrado metido de la noche a la mañana. Eran tiempos de cambios en todos los sentidos. Franco acabada de morir y la sociedad se sentía incómoda, enfundada en un traje que no le gustaba, demasiado estrecho y demasiado gris. Incluso la policía cambió de color su uniforme por aquellos años, pasando del gris de infausto recuerdo a una mezcla de marrones. “Maderos”, les llamaba la basca de entonces, atenta siempre a salir corriendo para no recibir palos o el chorro violento de los “bucaritos”, aquellos vehículos antidisturbios que disolvían las manifestaciones a manguerazos. Con Carlos llegó a Osuna el cambio, otra forma de ver las cosas, y la sociedad ursaonense, anquilosada por siglos de régimen señorial, lo recibió como lo que era, un soplo de aire fresco que podía ayudar a ventilar unas estancias en las que el aire llevaba dormido demasiado tiempo. Yo lo idolatraba. Una vez le escribí un cuento, un cuento protagonizado por él. Es una ficción llena de verdades, de confesiones sobre mis sentimientos en aquella época, en el año 1977, cuando él daba sus clases en Osuna. No sé cómo, localicé su dirección de correo y se lo envié. Nos habíamos visto unos años antes, en 1998, cuando él había venido a Osuna a un reencuentro de mis compañeros de promoción en el Instituto. Creo que el relato lo escribí poco después. Se lo envié en julio de 2004, y me contestó el mismo día. Carlos era así: a pesar de separarnos veinte años de edad, menos de los que él suponía, me trataba como un igual. Estas son algunas de sus palabras:

 

“Yo también recuerdo con cariño aquel particular año de 1977, año de las primeras elecciones democráticas a las que me presenté como candidato al Congreso, y año que, sin saberlo, tan importante era en mi vida (entonces conocí a Carmen, madre de mi hijo Carlos —que ya tiene 20 años— y de mi Sara (casi diecisiete). El tiempo pasa (creo que tú y yo, los dos, somos Leo y cumplimos por el próximo mes de agosto, claro que nos separan bastantes más de treinta años de ventaja a mi favor). Y aunque los años que vamos teniendo en realidad ya no los tenemos, sí poseemos de alguna manera lo que en ellos fue ocurriendo. Y a mí me han ocurrido muchas cosas bonitas, entre otras haber tenido alumnos como tú.”

 

Le debo mucho. Sobre todo mi vocación por la Literatura. No sé qué hay entre Osuna y Asturias, pero siempre ha habido nexos entre ellas. Uno es el poema “Asturias”, popularizado por el cantante Víctor Manuel pero escrito por Pedro Garfias —“Yo soy un hombre del Sur…”—, ursaonense de adopción. El otro es Carlos, que era asturiano, en cuya tierra había nacido en 1940. Cuando llegó a Osuna a dar clases en el Rodríguez Marín, Álvarez-Nóvoa no era un recién licenciado, bisoño e inexperto. Era licenciado en Derecho, por seguir lo justo la tradición familiar, y en Filología Románica por la Universidad de Oviedo, y de Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla. Había sido locutor de “Radio Oviedo”, de “La Voz de Madrid” y de la Cadena SER. Había interpretado en teatro personajes de Tennesse Williams, de Jean Cocteau, de Bertolt Bretcht, de Sartre, de Valle Inclán, de casi todos los autores más brillantes de la modernidad. También había dirigido innumerables obras teatrales, su verdadera pasión, que seguiría amando durante toda su vida y le llevaría a formar parte, también como actor, de los elencos de las compañías más prestigiosas del país. Había escrito novelas, narraciones breves, obras de teatro, y había destacado en todos los géneros, obteniendo importantes premios. Así, cuando llegó a Osuna era ya una persona con un bagaje cultural casi imposible de alcanzar por el resto de ursaonenses. Además, como enviado por el cielo, vino en aquel año, 1977, justo cuando las primeras elecciones democráticas, tiempo de cambio, de ilusión, cuando la democracia española y nosotros mismos estábamos en plena adolescencia. Llegó a las aulas del antiguo Instituto, mustio y dormido en el sueño de los siglos, y lo despertó y nos despertó a todos nosotros, sembrando la emoción estética en nuestras almas.

En fin. Carlos Álvarez-Nóvoa se merece mucho más que unas cuantas líneas casi improvisadas y escritas a vuelapluma. Fue una persona humilde, tan humilde que sólo se hizo famoso con más de sesenta años, cuando ya no podía evitarlo. Dicen que el talento no se puede mantener oculto, y él lo intentó hasta el último momento.

Tengo que despedirme, Carlos. Descansa en paz, y gracias, de corazón, por haber existido. 

Víctor Espuny

Fotografía: La Nueva España

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