Rocío

La Casona de Calderón

El teléfono vibró durante un par de segundos sobre la cama. Pasaron unos minutos antes de volver a hacerlo. En ese tiempo fuiste a la cocina y vaciaste en un vaso el poco vino que quedaba en la botella. Te acercaste a la ventana y las luces de la ciudad estaban ahí fuera una noche más. Sevilla. Tu Sevilla. Saliste de la cocina. Las compañeras de piso dormían. Descalza recorriste el corto pasillo. Te gustaba ese silencio flotando en el aire. En el cuarto de baño abriste el paquete de toallitas desmaquilladoras. Suavemente comenzaste a borrar sus dulces palabras, su pícara sonrisa, tus promesas a ti misma en voz alta. NUNCA MÁS. Dejaste la toallita ya completamente manchada a un lado. Abriste el grifo. La tibieza del agua calmará algo la ansiedad, pensaste. Pero fue en ese instante, al sentir resbalar el agua por tus manos, cuando llegó desde tu habitación -más insistente esta segunda vez- el sonido vibrante de tu teléfono sobre la cama. O quizás fue segundos más tarde, al tener ante ti el reflejo de las gotas resbalando por tu rostro en el espejo.

No recordarás la última vez que nos vimos. Yo sí. Fue una noche del pasado verano, en Osuna. Camino de una reunión de trabajo pasé frente a un bar situado en la calle Carrera. Eché un vistazo hacia el interior y ahí estabais. Tú sentada frente a la puerta, tu marido de espaldas, la niña y el niño correteando alrededor de la mesa. El cruce de nuestras miradas duró eso, el tiempo que tardé en pasar frente al bar. Ni una leve sonrisa, ni un leve movimiento de cabeza. Pero durante ese cruce creí ver algo en tus ojos. Lo llaman felicidad. O tal vez he creído verlo, pensé poco después. Y caminando hacia la reunión recordé las fiestas con cantes, palmas y guitarra en aquellos pisos de estudiante en Sevilla. Y en todas ellas, como maestro de ceremonia, él. Ya fuera en un piso u otro, siempre él marcaba el compás, el ritmo, y tú, que voz dulce nunca te ha faltado, a su vera, al cante. Así un año tras otro entre exámenes, palmas y cantes, hasta que, más o menos, el maestro de ceremonia acabó la carrera y dejé de oír comentar a los amigos y amigas que teníamos en común (amistad entre tú y yo nunca la ha habido) lo canalla que se portaba contigo, y lo enganchada que te tenía. Lo mucho que te hacía sufrir. El vaivén de si había algo o no entre vosotros, si erais o no pareja. Una noche se portaba atento, tierno, suave, y las dos semanas siguientes no tenías noticias de él. A su regreso, bonitas palabras que escuchabas, que creías –y aún hoy sigues creyendo- con la esperanza de en un futuro poder formar junto al hombre que amas una vida en común, un hogar. Salir los cuatro bien vestidos, pasear por el centro del pueblo, y cenar en familia.

Esta noche del mes de noviembre he vuelto a verte. Otro nombre, otro cuerpo. Otro peinado, otra indumentaria y otro acento, pero eras tú. Aunque eso lo pensé más tarde. Unas horas antes, tras preguntar a un grupo de chavales por una calle del centro de Bilbao, crucé la plaza Miguel de Unamuno, torcí la primera a la izquierda y, tras girar la esquina, encontré la calle en la que unos metros más adelante y bajo dos banderas -la del País Vasco y la de Cataluña- está situada la puerta de entrada del local en el que estaba citado. Entré. Los focos, a baja intensidad. Por los altavoces, música tipo rock alternativo o algo así. Las paredes, con dibujos de mujeres y hombres puño en alto. Alcé la vista. Desde el fondo una mano alzada me hacía señas. Esquivando jarras de cervezas a rebosar por aquí y por allá pude llegar y dar dos besos a dos antiguas amigas tras un largo tiempo sin vernos, y un apretón de mano a la joven que me presentaron. Nekane. Compañera de piso. Periodista. Tras contarnos los proyectos en los que hemos estado trabajando este año, mis amigas saludaron a un tal Mikel y a un tal Iñaki que pasaban por ahí, y como el saludo se extendía Nekane y yo decidimos acercarnos a la barra. Cerveza para ella, zumo de naranja para mí. Hablamos. Cine, viajes, algo de pintura, literatura. He leído la obra Ay, Carmela, me dijo. También Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre. Si quieres, le dije sin acercarme, sin acortar el espacio que nos separaba, vamos un día a una sala de teatro de por aquí. Bebimos. Hubo un silencio. Eché un vistazo a los carteles pegados en la pared. Me detuve en uno. Las frases estaban escritas en euskera. ¿Qué dice?, le pregunté. Miró el cartel. Lo leyó de un rápido vistazo, se me acercó, y justo cuando notaba su cálido aliento a pocos centímetros de mi cara se alejó sacando de uno de los bolsillos de su pantalón su teléfono móvil. La vi dirigirse a paso ligero hacia la puerta de salida respondiendo a la llamada. La vi abrir la puerta. La vi salir y vi cerrarse la puerta. Y tras ver todo eso, esperé. Tras esperar un poco más miré de nuevo el cartel, las frases. Libertad para los presos políticos catalanes, me dijo una de mis amigas al situarse a mi lado. Eso pone. Yo, como respuesta, sonreí.

Al despedirnos tras salir del local me indican el camino más corto para llegar a casa y evitar así la lluvia que comienza a caer. Pero no. Echo a andar bajo el txirimiri por calles del Casco Viejo de Bilbao. Una calle tras otra, a mi aire, sin rumbo. Recordando las palabras de mis amigas al saber que su compañera de piso se había marchado sin despedirse. Nekane cree que dormimos, dijeron. Pero la oímos. La oímos de un lado a otro del pasillo. La oímos entrar en la cocina para terminar lo que quede de vino en la botella. La oímos encerrarse en el baño para llorar y la oímos abrir el grifo para que no oigamos su llanto. Y la oímos esperar su llamada. Porque Nekane sabe que, más tarde o más temprano, volverá a llamarla. Cuando no tiene ninguna compañera de clase o del trabajo que llevarse a la cama, la llama. Cuando un viernes o un sábado no sale de caza con su cuadrilla por las discotecas o fiestas de los pueblos de alrededor, la llama. Y cuando no responde a la primera llamada dejando el móvil vibrando sobre la cama, insiste pasados unos minutos, y Nekane deja lo que esté haciendo para responder.

No ha sido mientras escuchaba a mis amigas hablar cuando recordé tu nombre, ni cuando hablaba con Nekane junto a la barra. Tampoco mientras caminaba por las calles del Casco Viejo. Es ahora cuando lo recuerdo, ya en casa, en la cocina, frente a la ventana, pensando en el título del próximo artículo mientras veo ahí fuera las luces de la ciudad de Bilbao.

Álvaro Jiménez Angulo

 

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