Respuesta a un cerdo

Aquí me tienes, imbécil, cumpliendo la palabra dada. Soy yo, en efecto, el sevillano, el mismo que estuvo sentado frente a ti en aquel Cien Montaditos del centro de Madrid, viernes noche en calle Príncipe, ya sabes. Montadito de lomo con pimiento y zumo de naranja. ¿Te acuerdas?, pues el mismo. El hijoputa que se la daba de enterado de la vida respondiendo a tus preguntas con una leve mueca sonriente, un silencio, un trago al zumo. Coger una servilleta de papel, limpiarme la boca, y seguir comiendo. El que miraba la pantalla plasma del televisor —yo, que en mi vida he visto un videoclip de la MTV de principio a fin— pasando muy mucho de tus charlas y de las del resto de tus camaradas sentados a la mesa. El que de vez en cuando —tú llevabas la voz cantante— te miraba durante tres segundos así como medio raro. Ese engreído que, para que cerraras de una vez la asquerosidad que tienes entre la nariz y la barbilla, te dijo poco antes de levantarnos de la mesa aquello de te responderé por escrito. El Pespunte punto es. ¿Me recuerdas ya? Pues eso.

Y a ello me dispongo, a responderte. Nada más entraste en el local ya vi que apuntabas maneras. Nuestro amigo en común, tus compinches y yo llevábamos buen rato sentados a la mesa, porque a diferencia de ti —un par de minutos arriba, un par de minutos abajo— llegamos todos a la hora acordada, cuando te dignaste aparecer con tu paso lento y cargado sobre dos playeras renegridas, unas piernas anchas y peludas asomando por un pantalón corto el cual podría pasar mejor por bañador masculino, y una camiseta con resecos surcos en la parte de las axilas. Por un momento tuve la sensación de que en vez de estar en un bar del centro de Madrid había vuelto a uno de aquellos llanos andaluces en los que se cortan y pelan ajos a destajo. Aquí lo tienes, me dije. Ropa cómoda y fresca para los meses de verano. Dónde carajo se creería que iba a cenar el colega, y con quién. Ya una vez sentado frente a mí pude verte el careto. Treinta y tantos. De mi quinta, año arriba año abajo. Y a pesar del reloj Casio efe no sé cuántos que gastas cogido a la muñeca por dos gomillas de un dudoso color negro, mantuve la esperanza en pasar una buena noche en compañía de mi amigo, de tus colegas y de ti. Porque no hay que dejarse llevar por las apariencias, y lo mismo venías de ayudar a hacer una mudanza, o de trabajar como técnico en algún concierto y la furgoneta te había soltado en Puerta del Sol, o en Antón Martín, y antes de ir a casa preferiste pasarte y cenar con los amigos, por qué no, y pasar un buen rato. Y es que no se puede ir por el mundo juzgando a las personas por el atuendo, Álvaro, hombre. Que eres un mal pensado y un cabrón. Un superficial, como dicen los finolis.

Luego me di cuenta que no. Ya con los montaditos y las patatas en la mesa uno de tus colegas te preguntó de dónde venías, y ni mudanzas, ni concierto ni nada. De la biblioteca, respondiste, como si la duda te doliera en el alma. Y te dolió, no lo dudo. Pero no más que a mí al quitárseme el hambre cuando levantaste una pierna para apoyarla en la rodilla de la otra y tu pie descalzado quedó ahí, a la altura de la mesa. ¿Se puede llegar a tener más mierda entre los dedos y bajo las uñas de los pies? No, cacho cabrón, no se puede. Tragué como pude ayudado por el zumo la pelota de pan y pimiento que se me hizo en la glotis, y ya me disponía a despedirme de mi amigo para largarme cuando tu respuesta a la segunda pregunta de tu compinche me dejó clavado en la silla. A las tías nada más que le van los nenes de gimnasio y con ropa de marca, soltaste por esa cosa con la que engullías la comida. Miré a mi amigo. Él me miró a mí. Y cumplir el ruego de sus ojos me llevó a seguir sentado, callar y desviar la mirada hacia la pantalla plasma del televisor, parando antes durante tres segundos en tu cara. En tu asquerosa cara.

A partir de ese momento empezaste a mosquearte un poco, reconócelo. Incluso te costaba quitarme los ojos de encima, por lo que nuestro amigo en común se quedó sin que nadie le hiciera el más mínimo caso. En la mesa se hablaba de lo que les pone el chichi como agüita de limón a las mujeres, y qué puede saber un gay sobre chichis ni limones, ¿verdad? Vosotros sí lo sabíais, lo sabéis. Sobre todo tú, la voz cantante del grupo. Lo que les gusta y lo que no. Lo que aceptan y lo que rechazan.

Y qué rechazas tú, soplapollas. ¿Acaso cuando vas por la calle te fijas en las que van con el pelo grasoso, las uñas llenas de mierda, o la camisa con más lámparas que la casa de un hebreo? Cuando estás de copas en una discoteca, detrás de quién se te van los ojos. Al ojear fotos colgadas en alguna de esas redes sociales, ¿miras el currículum antes de pulsar sobre la pestañita del Me Gusta? No sé por qué, pero me da a mí que no, que no lo miras. Pero déjame decirte algo más. Detrás de esos bíceps, tríceps, abdominales en forma de tabletitas de chocolate con leche o a la taza y culitos prietos hay —no siempre, pero te aseguro que los hay— un arquitecto, un médico, un astrólogo, un camarero o el recepcionista de un hotel a los que les encanta y disfrutan de su trabajo. Y muchos de ellos conocen y leen a Horacio, Homero, María Zambrano, Nietzsche o Virginia Woolf, por decir unos cuantos. Y tras ocho o nueve horas de biblioteca, o tras la barra de un bar, en lugar de ir a casa para tirarse en el sofá con una cerveza en una mano y un kebab en la otra frente al Juego de Tronos, al Horror Americano o al Brekin Bad o como carajo se escriba eso, hacen un esfuerzo más y se meten en el gimnasio, a sudar la gota gorda. Y llevan una dieta equilibrada, saludable, día a día, cuidando su aspecto para mantener una imagen que les guste a ellos y, por qué no, atractiva para alguna que otra mujer, o algún que otro hombre. Porque de todo hay en la viña del Señor. Incluso cerdos como tú.

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