Rabí de Osuna

Me alegró enormemente su designación y he disfrutado mucho escuchando a Álvaro Reina como Pregonero de la Semana Santa de Osuna, esa manifestación cultural mayor del pueblo andaluz que anda pidiendo escaleras estéticas para subir a la cruz del sufrimiento. Pregonó con humildad pero con verdad. Dificilísimo ejercicio. Pregonó entre la fábula afectiva y la liturgia de los escalofríos, consciente de que solo el misterio nos hace vivir, como afirmaba Federico García Lorca. Pregonó engarzando las sílabas con firmeza y convicción, con su inconfundible voz profunda y serena que baja a las raíces de la tierra con el único fin sincero de coger impulso para elevarse. “Alas que arraiguen, raíces que vuelen”, poetizaba Juan Ramón Jiménez. Romero Murube llevaba Sevilla en los labios y Álvaro Reina llevó a Osuna en volandas y con los labios por los que habla la querencia, porque ha entendido que se ha de ser provechosamente local, para ser generosamente universal.

Las creencias hay que literaturizarlas, engalanarlas, estilizarlas, como hizo San Juan de la Cruz en sus versos o el propio Cristo cuando narraba una parábola o le salieron de las entretelas divinas las Bienaventuranzas, poesía comprometida y urgentísima de la Biblia como un arma cargada de futuro. Han acertado de pleno entregando las ancestrales creencias al verbo de Álvaro Reina que, entre otras sabidurías, se sabe de memoria el dolor facial de la Virgen de los Dolores.

El sentimiento es ecuménico y no se apolilla si está en sintonía con el código lingüístico y el temperamento de los que mana. Así lo verificó en 1956 el ursaonense Antonio Rodríguez Buzón con un Pregón para los anales del recuerdo en el desaparecido Teatro San Fernando de Sevilla. El domingo 18 de marzo de 2018 Álvaro Reina fue el depositario de ese sentimiento ecuménico y ofreció su escalera estética a Osuna para que suba a la cruz y ande con el Nazareno de costero a costero hasta la orilla de la Resurrección.

Andalucía es barroca y barroco, una procesión es barroco en movimiento y la Semana Santa es el barroco en carne viva que conmueve y emociona, amén de verdades y veleidades, cuando Misericordia baja silencioso a la plaza abriéndose camino entre la belleza y la muerte y Osuna por dentro es la Amada en el Amado transformada.

Antonio Machado, aquel creyente sevillano no levítico, buscaba a Dios entre la niebla; Álvaro Reina, buscó al Dios de Osuna en la calle, en el corazón y en el recogimiento del templo, con brújula de cruz de guía y farol, con ojos de dintel y que ahora sólo se escuche el pulso de la gente porque pasa el Señor. Con el quite torero preciso y justo de su amigo del alma José Manuel Torrejón, el rabí de Osuna Álvaro Reina García se colocó en el atril de la Colegiata y pronunció lo que él había sabido escribir como nadie: su propio pregón; el Quinto Evangelio, el Evangelio apócrifo de Osuna, el que habla a pie de acera de la fe secular del pueblo y de las hermandades.

 

Francis López Guerrero.

Foto: Clara Domínguez

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