Polvo sahariano

Cuando uno ve un manto de polvo sahariano cubrirlo todo, piensa en el apocalipsis, y en estos tres años de vértigo que han puesto todo patas arriba, y en aquella mirada de discoteca que no se quiso descifrar, y se abona a las teorías conspiratorias de las que antes se reía. Y reflexiona sobre todas las cosas que nos podemos estar perdiendo, y piensa que es algo muy recurrente lo de la fugacidad, un cliché sobre el que no merece la pena escribir, pero también que eso mismo estarían pensando aquellos chavos que hace poco tenían un cubata en la mano y ahora tienen una metralleta.

La gasolina está muy cara, pero para eso están los colegas, el combustible más efectivo siempre. Lo que le pasa a Putin es que no tiene amigos, los amigos te hacen mejor, son nuestra toma de contacto con la realidad. Quien tiene amigos se cuida más de tener escrúpulos. Ahora mismo, somos Fekir dándole pataditas al balón esperando a que nos llegue la tarascada. La vida es hacer malabares y recibir faltas.

Y el mundo sigue girando, absorto, con la ignorancia de las cosas que nos esconden, y vuelve el dilema a la cabeza de si es más feliz el que menos sabe, y luego uno recuerda que estudia periodismo y lee el periódico, y para en mitad de la noticia. Y se mete en Instagram, y ya no hay stories con la bandera de Ucrania, y ahora sale Victoria Federica en la portada del ELLE. Uno se acostumbra a todo, hasta a la barbarie. Nos acostumbramos a taparnos la boca, nos acostumbramos al VAR, por acostumbrarse hay quien se acostumbra a la cerveza sin alcohol y te lo vende como lo mejor que ha hecho en su vida.

Y el entrevistador le pregunta al presidente por la posibilidad de entrar en una Tercera Guerra Mundial, y yo quiero ver al Betis ganar su tercera Copa del Rey. Y el finde pasado hablé con mis colegas sobre lo que puede ser la feria este año. Y teorizamos. Y salí a la calle y la gente de mi ciudad se reunía vestida de traje en los bares de cerca de las Iglesias, y en cada esquina había una cuadrilla de costaleros ensayando. Eso es lo mejor de Sevilla, que vive en otro mundo, en el suyo propio.

Y la vida que sigue como las cosas que no tienen mucho sentido en el momento, pero que luego cobran coherencia en forma de recuerdos. Y en un lugar del mundo no muy lejos de aquí, la gente muere en una guerra, y una periodista irrumpe con una pancarta en la tele de su país. Ves a un tío haciéndole una foto a su parienta, das dos pasos, te metes en Twitter y ha muerto un cámara. Y avanzamos. Y polvo, y mascarillas y volcanes. Y te levantas con pereza, y no quieres ir a clase, luego piensas que tienes que ir, y después que para qué, si mañana podemos estar en guerra. Y el tiempo se empieza a volver oro de verdad. Acostumbramos a arrepentirnos cuando no podemos hacer nada. Uno deja de pensar que ha hecho el ridículo cuando la vida le deja en ridículo por haber estado tanto tiempo pensando que aquello era hacer el ridículo. La vergüenza es una aguja clavada en el muñeco de vudú del tiempo.

Hemos venido aquí para disfrutar y para hacer disfrutar me dice la voz que me susurra. Y llueve, y nos refugiamos con el lote bajo un soportal de Viapol, y en otra parte se refugian de las bombas. Y el metro, y la gente, y “el bizum te lo hago mañana”, y la penúltima, siempre la penúltima. Y el portero, y las luces, y el sello en la muñeca con el que amaneces. Y el cumple de un colega, y el grupo de WhatsApp, y “quillo, escúchate este temón”. Los paraguas de la existencia. Vivir nos ayuda a vivir, pensar muchas veces es un potro de tortura. Y tierra, y polvo, que eso es lo que somos.

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Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti

 

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