Personas y palabras

El mundo se acumula activo pero desmayado en un cajón infinito de datos que se combinan y varían a una velocidad frenética con un vocabulario técnico y específico. Paradójicamente, nos movemos bajo la algoritmia del desencanto y el desengaño, aunque no se aprecie entre tantos algoritmos felices.

Personas y palabras, palabras y personas, en armoniosa y potente conmutación identificativa, han sido los dos componentes básicos en la construcción de cualquier humanismo. Y serán los del nuevo humanismo necesario (urgente) que sirva para ensordecer el ruido imperante que no manifiesta nada pero tiene mucho decorado y ornamentación. Vivimos y pensamos con una saturación de vocablos sin correlato existencial (vacíos) y al servicio de una razón mecánica, instrumental e instrumentalizadora. El ser humano ha sido desbancado de su centralidad, de su propio antropocentrismo. Lo humano ya no se proyecta ni como palabra ni como gesto, es otra mercancía.

El filósofo Martin Heidegger declaró que la palabra es la morada del ser. “En ella habita el hombre”. Y en los tiempos que corren nos faltan palabras legítimas y justas, para los nostálgicos de otras épocas y de otras nomenclaturas, léase justicia social. Lo de plurinacionalidad suena a conglomerado amorfo sin objetivo. Y nos falta ser, mucho ser, que no es lo mismo que identidad, mucha identidad, que es lo que vende.
Hay palabras que aparecen en los diccionarios pero casi no se usan, hay otras que entraron en desuso hace tiempo, y otras tantas existen pero no están vivas; y las hay cuya importancia y puesta en escena son mayores que el objeto o la realidad a los que aluden que se quedan diluidos, insignificantes, en la grandiosidad del significante. Y las hay -las más dolorosas- que no tienen objeto o realidad que representar, las más huérfanas del diccionario, las que no quiere nadie. Y las hay que apenas se mantienen en pie porque fueron marginadas o desplazadas por otros términos novedosos y exitosos, son las palabras mendicantes que van pidiendo limosna léxica por desérticas calles que sólo prometen lirismo o una canción.

Con las personas ocurre lo mismo que con las palabras, muchas están registradas pero no existen; existen pero no están vivas; están presentes a diario pero significan fantasmagorías. Pelean por la subsistencia y les responden en idiomas babélicos. Se duelen en una habitación solitaria y se mueren en la misma habitación con todas las palabras bienhechoras de los glosarios ausentes. Luego llegan los poetas, que realmente no llegan, ya estaban ahí aguardando pacientemente su oportunidad de elocuencia en el último rincón de los verbos, y pronuncian que sólo son auténticas las palabras irreparables. Es cuando se instaura el reino de la mudez como dique contra los impertinentes y el uso vano y pretencioso de la verbosidad y son apremiantes unas pocas palabras verdaderas a la machadiana manera. Unas pocas que sean hogar frente a los sistemas y los códigos.

La vida de las palabras se parece a la de las personas más de lo que imaginamos, pero se diferencian radicalmente en sus respectivos destinos, mientras que las palabras manoseadas, manipuladas, traqueteadas, exhibidas hasta el hartazgo, aspiran al budismo inspirativo del silencio, las personas silenciadas anhelan conseguir el lenguaje orgánico y transformador que le dé un sentido más puro a las palabras de la tribu.

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