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Perico Girón se enamora (XIII)

Finalizada la ocupación francesa, la familia volvió a Madrid. La casa de la Puerta de la Vega necesitaba importantes reparaciones y los Téllez-Girón se instalaron durante unos meses en el Capricho. Aquí los daños eran menores. Los invasores, sobre todo, habían robado. Habían sustraído de las dos residencias pianos, muebles y arañas de cristal. Por suerte, las colecciones de cuadros, confiadas a Pietro Bonelli —un miniaturista de origen napolitano con muy buena reputación—, se habían salvado. Su casa, pequeña y anónima, pasó desapercibida a los expoliadores.

Los jardines de la Alameda de Osuna sirvieron a Perico para reflexionar. Dio largos paseos. Desde la muerte del hermano había cambiado. Ya no era el hombre expansivo capaz de encantar a todos con su afabilidad. Estaba serio. Yo lo conocía bien, siempre fui su principal confidente, y sé qué le ocurría. A Perico la titularidad de la casa de Osuna le venía grande. Pasó de llevar una vida independiente, en la que era feliz viviendo de su trabajo —sin tener que preocuparse por despertar la envidia o la animadversión de nadie—, a ser eso que siempre había criticado: un gran señor. Perico no era ambicioso y en el interior de su alma se libraba ahora una batalla. Durante semanas estuvo solo por decisión propia. Comía con la familia y pasaba la noche en el lecho conyugal, pero el resto del día lo pasaba vagando entre los árboles. A veces cogía un caballo y, vestido con sencillez, se iba solo a Madrid, donde inspeccionaba las reparaciones de la Puerta de la Vega y dejaba el animal para caminar por el placer de hacerlo. Así pensaba.

En uno de esos paseos encontró a Diego Clemencín. Los dos andaban enfrascados en sus pensamientos y casi chocan. Al reconocerse se abrazaron con calor y, durante unos instantes, conversaron aún tomados de los brazos, expresando con ese gesto el aprecio que se tenían.

—¡Pero, bueno, si es don Diego, mi maestro!

—¡Perico, por Dios, que alegría verte! Sabía de tu vuelta, y luego he sabido lo ocurrido en tu casa. Eso de ser duque de Osuna no debe ser fácil.

—No lo es, sobre todo para mí. Mi estancia en el extranjero, donde he conocido varios de los países con las ideas más novedosas, solo ha servido para que las mías se transformen.

—Ya imagino…

—Estoy confuso, don Diego. No quiero seguir llevando nuestras propiedades como hasta ahora pero tampoco quiero que mi madre se vea menoscabada ni piense que me he vuelto loco.

—Para hacer una tortilla ya sabes que hay que romper los huevos. Explícate.

Perico tomó del brazo a Clemencín y siguieron paseando. La mañana, fresca, invitaba a caminar.

—He advertido que en las sociedades donde la mayoría es libre y propietaria de algo es más sencillo encontrar la felicidad. Una sociedad como la nuestra, donde unos pocos poseen casi toda la tierra, está acunando en su seno el germen de la destrucción. Si esto sigue así vamos hacia una nación infeliz e inestable, donde tarde o temprano esas multitudes que solo poseen sus brazos se alzarán contra nosotros en armas, las que tengan más a mano, y se consumará el desastre. Aunque solo sea por una consideración egoísta, por nuestro propio interés, debemos cambiar las cosas.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

Aquí Perico habló de corrido, como quien ha reflexionado lo suficiente y tiene bien acabado un proyecto.

—Voy a parcelar mis tierras en pequeñas suertes y a arrendarlas de manera muy ventajosa para que no haya en todas mis propiedades nadie mano sobre mano ni pasando hambre. Pienso dar pequeños préstamos sin usura a mis arrendatarios para que puedan comprar un arado y una mula. Las semillas del primer año se las prestaré de mis graneros y solo tendrán que devolverlas si han tenido cosecha y en un peso igual al prestado, para que siempre haya un remanente del que proveer a los futuros agricultores. Empezaré en una de mis fincas del Reino de Andalucía, donde la tierra es feraz y los campesinos hambrientos son legión.

—¡Uf!

—Y eso será solo el principio. Quiero dedicar todos los años una parte suficiente de las rentas a permitir que los hijos más despiertos de mis sirvientes puedan recibir una buena educación, pues he descubierto que los conocimientos nos hacen fuertes y son un patrimonio que nadie nos puede quitar. Además quiero instituir en las poblaciones de las que soy señor jurisdiccional la libertad en la elección de cargos en el cabildo, de manera que sean los mismos ciudadanos los que elijan a sus gobernantes. Y también quiero…

—¡Para, para, Perico! —Clemencín había estado escuchándolo con preocupación creciente y al llegar a este punto lo interrumpió sin ceremonias—. Nada de lo que estás diciendo se ha hecho nunca ni va a ser aceptado por nadie de tu clase. Nadie va a apoyarte, ni siquiera tu madre. Los mismos administradores de tus tierras van a estar en contra. Además, vas a dar a toda esa gente unas oportunidades que no han pedido ni imaginado nunca.

Perico se lo quedó mirando con expresión de incredulidad, las cejas levantadas y la boca entreabierta. Habían llegado junto a la fachada sur del Palacio Nuevo y se asomaban a poniente. Finas columnas de humo, que hablaban de un día calmo, se levantaban en la Casa de Campo. El alma de Perico, sin embargo, vivía una tempestad.

—Esto no lo esperaba de ti, Diego, antiguo maestro mío —dijo con dolor.

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—Es que quieres subvertir todo lo establecido, poner lo que estaba abajo arriba, dar a quien nunca ha tenido. A ti y a tu familia os corresponde por una de las leyes más antiguas que se conocen la propiedad de la tierra.

—En ningún momento he hablado de perder esa propiedad. Solo quiero asegurar la vida y la instrucción de los que no tienen nada. A nosotros nos sobra, lo sabes bien.

—Sí, lo sé, pero las cosas son así desde hace siglos. Tienes la suerte de pertenecer al estamento de los que poseen. Aprovéchalo, olvida esas preocupaciones, vive.

Y, dicho esto, Clemencín se despidió de Perico, que permaneció mirando el horizonte con decisión y un punto de melancolía.

(Continuará).

 

Las espigadoras, de Jean-François Millet (óleo sobre lienzo, 1857). Museo de Orsay.

 

Víctor Espuny

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