Perico Girón se enamora (XII)

Las comunicaciones en la Península se encontraban muy alteradas. El correo se retrasaba sin remedio. Recuperado el impulso de conquista después de Bailén, el ejército francés se había derramado por Andalucía. La familia de Perico, por su parte, se hallaba refugiada en Cádiz tras la estancia de un año en Sevilla. Las dos principales residencias ducales en Madrid, el palacio de la Puerta de la Vega y la Alameda de Osuna, habían sido confiscadas por los invasores. Desde que la carta de Perico saliera de Mount Vernon, en el estado de Virginia, hasta que llegara a manos de la duquesa de Osuna transcurriría año y medio.

Recuerdo el momento de la entrega como si lo viviera de nuevo.

Era un día soleado. El levante había cesado y se paseaba con placer por las calles gaditanas. En la ciudad se respiraba optimismo. Aunque la artillería francesa, situada en las lejanas costas de la bahía, intentaba bombardearla, sus cañones apenas conseguían impulsar los proyectiles a mitad del mar. Los gaditanos se burlaban de ellos. La ciudad estaba bloqueada por tierra pero los barcos ingleses surtían de todo tipo de productos a la población. No faltaban comodidades. Se celebraban representaciones teatrales, tertulias, conciertos. Diputados venidos de otras partes de España y de América se afanaban en la escritura de una constitución, un libro que traería algunos quebraderos de cabeza a los nobles en las décadas siguientes.

Ese día estaba yo con don Cayetano intentando enseñar buenos modales a dos doncellas nuevas, bastante presentables pero faltas de instrucción. Entonces apareció Gasparín, el muchacho de los recados. «Traigo carta de América» dijo. «Acaba de llegar en un barco que viene de Lisboa». A la vista de las correcciones que la carta traía en el sobrescrito había recorrido un camino largo y penoso, obligada a bordear los territorios dominados por las tropas francesas. Subí las escaleras con la carta en la mano. En aquel momento no sabía de quién podía ser. A menudo me había acordado de Perico, pero con las alteraciones de la guerra cada vez lo hacía menos. Su imagen se desvanecía poco a poco en la memoria.

La duquesa estaba ayudando a ordenar su papelera de música, una de las más importantes del país y de la que intentaba no alejarse nunca: pensaba organizar un concierto para sus allegados y estaba buscando las partituras que más le interesaban. Cuando le dije que había carta de América dejó lo que hacía, se quitó los anteojos y me miró extrañada.

—¿De qué parte?

—De Virginia, señora, en los Estados Unidos de América.

—Tráela. Resulta extraño. Allí no tenemos a nadie.

Si hubiéramos sospechado de quién podía ser habríamos mirado con más atención las distintas clases de letra que figuraban en el sobrescrito, pero no estábamos ahora en eso y el sobrescrito era un gran borrón llenó de tachaduras. La duquesa no me ordenó retirarme y pude ver cómo rompía el lacre, que traía un sello desconocido. Nada más abrir los pliegos y reconocer la letra la duquesa cayó desvanecida y acudí rápido a atenderla. La muerte del duque, ocurrida antes de nuestra salida de Madrid, y la partida del resto de hombres de la casa para luchar contra el francés me habían colocado en una posición muy cercana a la duquesa. Era su sirviente pero también, en parte, su confidente y amigo.

Una vez leída la carta, la duquesa me abrió el corazón:

—Antonio, lo necesito aquí. Vamos a hacer todo lo posible para que vuelva con nosotros. Tráeme recado de escribir: voy a contestarle.

 

Perico y Belle se presentaron en Cádiz a finales de 1810. Venían con una niña de meses; no sé cómo se habían atrevido a hacer un viaje tan largo con una criatura tan pequeña. La verdad es que Isabel, así le habían puesto, tenía muy buena salud, seguramente heredada del padre. Era morena de ojos verdes y conquistó fácilmente a la abuela, que le hacía carantoñas sin parar. Belle fue acogida como una hija más por parte de la duquesa. Y Perico… Bueno, Perico volvió loco a la madre, que rejuveneció diez años con su llegada. La duquesa lo acogió como a hijo pródigo. Organizó un banquete en su honor al que fueron invitadas las familias de todos los Grandes de España refugiadas en Cádiz y patrocinó varias representaciones de teatro a las que acudió del brazo de su hijo, el representante masculino de la casa en la ciudad. Francisco de Borja, hermano mayor de Perico, duque de Osuna desde la muerte del padre, llevaba una vida indigna de alguien de su posición. Perseguido por Napoleón, que lo había condenado a muerte junto a otros nobles importantes, había huido de Francia disfrazado de zagal ayudante de pastor. Su travesía a pie de los Pirineos le había dado para presumir durante un tiempo en las tertulias y escribir un opúsculo que había tenido la desfachatez de publicar. Luego había pedido, rogado incluso, sin dignidad, casi de rodillas, que se le concediera un puesto en el ejército que luchaba contra Napoleón, pero sus peticiones no habían sido escuchadas hasta poco antes de la llegada de Perico. No tenía hijos ni amaba a su mujer, de quien intentaba estar lo más lejos posible, así que su nombramiento como ayudante de un general le satisfizo mucho. Yo lo estimaba porque lo comprendía, sabía de dónde venían sus inseguridades, su debilidad. Francisco de Borja nunca se había sentido realmente querido por la madre. La duquesa tenía su preferido, Perico, y así lo pregonaba a los cuatro vientos desde casi el nacimiento del niño. Esta situación había hecho de Francisco de Borja una persona incapaz de pensar que alguien pudiera quererlo. De ahí a estar a menudo malhumorado y considerarse indigno y necio había muy poco, apenas un paso.

La madre empezó a organizar entonces la boda de la hija pequeña, Manolita, la única que le quedaba por casar. Perico y Belle acudieron a la ceremonia y al posterior banquete y despertaron la curiosidad de todos los que aún no conocían a la muchacha. Belle llevaba ese día un vestido color celeste muy favorecedor por resaltar sus ojos y sus rubios cabellos, aún se la recuerda en Cádiz.

Sin embargo, la felicidad de los hombres y las familias es algo mudable. Un año después de haber partido Francisco de Borja a la guerra, y cuando Perico estaba a punto de imitarlo —se veía inútil en Cádiz—, el primogénito murió cerca de Pamplona en una de las últimas batallas libradas contra los franceses en suelo español. La noticia causó dolor. Durante una semana, la madre se negó a salir de su cuarto salvo lo estrictamente necesario. Acudió a los funerales con un velo negro que la cubría entera, como si quisiese protegerse de miradas indiscretas y afianzar la imagen de su pena. Durante un mes comió poco y apenas habló con nadie, pero poco a poco fue saliendo de un estado de postración que yo sabía exagerado y volvió a sonreír.

Y así fue cómo el mayorazgo recayó en Perico, el nuevo duque de Osuna.

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(Continuará).

 

Detalle de Retrato de Lady Agnew de Lochnaw, de John Silver Sargent (óleo sobre lienzo, 1892). Galería Nacional de Escocia.

 

Víctor Espuny.

 

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