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Perico Girón se enamora (X)

Sentado en la veranda del edificio principal de la hacienda de Mount Vernon, en el estado de Virginia, Bushrod Washigton, sobrino y heredero del primer presidente de los Estados Unidos de América, pensaba con desaliento en la plantación que gestionaba desde la muerte de su tía Martha. Su administración de la hacienda duraba ya seis años y los números seguían sin salir. Tía Martha había manumitido poco antes de morir a los más de trecientos esclavos que poseía y él había tenido que traer los suyos, que ahora se veía obligado a vender para, al menos, cubrir gastos. Bushrod había sido rubio tirando a pelirrojo, como todos los hombres de su familia lo habían sido en su juventud, pero sus cabellos ya habían encanecido. También era corpulento. A su lado, sentada en una silla baja, Julia Anne Blackburn, su esposa, una mujer menuda, cosía en silencio. De los campos llegaban los cantos con los que se consolaban los esclavos de la dureza de su vida. Corría el mes de junio y la naturaleza rezumaba vida. Un viento templado y suave traía del cercano Potomac agudos gritos infantiles. Bushrod intentaba distraerse con la lectura de The ligthhouse of Alexandria, principal periódico de la zona, cuando le llamó la atención un titular relativo a España. El cuerpo de la noticia era como sigue:

«París. 29 de mayo de 1808. Parece que en Madrid se ha desatado una revuelta popular en contra de la salida para Bayona de los miembros de la familia real que aún quedaban en España. Las tropas francesas presentes en la capital del otrora poderoso país han tenido que sofocar la revuelta con métodos drásticos. El pueblo de Madrid, llevado por una furia sin precedentes, falto de coordinación y de la menor  preparación pero haciendo gala de un gran valor personal, ha atacado a los soldados franceses con lo primero que tenía a mano, dejando las calles salpicadas de sangre. Sorprendidas en un primer momento, las tropas imperiales han podido sobreponerse y sofocar la revuelta, que en los días siguientes se ha visto duramente castigada. Miembros de importantes familias de la nobleza, como la duquesa de Osuna, se han señalado por prestar apoyo a la causa antinapoleónica. Su comportamiento está siendo estudiado por funcionarios de justicia franceses. Un poderoso ejército, mandado por el general Dupont, se dirige hacia el sur del país».

—Sam —dijo Bushrod levantando la vista del periódico. Al instante salió de la sombra del porche un hombre negro de buena estatura, pelo blanco y traje oscuro en el que antes había sido difícil reparar por la inmovilidad en la que se encontraba. Sus guantes, al mover las manos, parecían mariposas blancas recién liberadas de una vasija de barro—. Avisa al preceptor de los niños.

Sam, obediente, atravesó la veranda, descendió al prado y bajó tranquilamente la suave pendiente que llevaba el río Potomac. Minutos después volvía seguido por dos niños con cañas de pescar al hombro y cubos en las manos. Tras ellos venía Perico Girón, también con una caña. Por influencia de la vida al aire libre, Perico se había convertido en un hombre aún más fuerte y flexible de lo que ya era, su tez un poco ennegrecida por el sol. Vestía una levita de corte antiguo pero en buen uso y se cubría con un tricornio que le protegía del sol. Una vez en la veranda Sam regresó a su lugar.

—Acérquese, Pedro. Lea. En la página de la derecha. Noticias de su país.

Perico entregó la caña a Sam, tomó el periódico de manos de Bushrod Washington y, manteniéndose en pie, leyó en silencio. Ninguno de los allí presentes pudo saber qué sintió al ver nombrada a su familia, pero si tuvo alguna conmoción fue interior y disimulada. Los dos pequeños permanecían a la expectativa, la caña aún en el hombro y el cubo en la mano. Perico les habló:

—Id a cambiaros, niños, que tenemos clase de geografía.

Los niños salieron sin protestar apenas.

—Gracias, señor Washington. Sigo con mis obligaciones.

—¿No comenta usted nada?

—Sí… Si estuviera allí seguro que formaba parte del ejército que ahora se estará organizando para defender el país de las tropas napoleónicas. Pero la vida da muchas vueltas y…

—Lo sé. Míreme a mí, un juez, convertido en dueño de una plantación de más de 6000 acres. Espero que su familia esté bien. ¿Madame Girón está bien?

—Sí, gracias. Hoy se encuentra perfectamente. Luego bajará a tomar el té.

 

Una vez acabadas las clases del día, y ya en la espaciosa habitación que tenían asignada, Perico buscó recado de escribir. Cerca de él, sentada en una butaca, junto a una ventana que daba al Potomac, Belle leía un libro. Mientras Perico organizaba la mesa ella se levantó mostrando un perfil de mujer embarazada. No parecía sentirse cómoda. Tenía las piernas hinchadas, así como la cara y los brazos, que asomaban rosados por las cortas mangas del vestido. Caminó hasta el extremo contrario de la habitación con las dos manos puestas en los riñones, como si pretendiese descargar a la espalda del peso de la criatura. Luego volvió y se sentó de nuevo.

—¿Este sí va a vivir, verdad, Perico?

—Claro que sí, mujer. Tú tranquila. Descansa.

Belle, su cara triste como no se la veía antes, cerró los ojos e intentó dormir.

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—¿Escribes? —dijo al poco, avisada por el raspeo de la pluma.

—Es para la clase de los niños. Intenta dormir.

Perico, sin embargo, escribía a España.

(Continuará).

 

Reproducción de Washington como agricultor en Mount Vernon, de Junius Brutus Stearns (1851, Museo de Bellas Artes de Virginia).

 

Víctor Espuny

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