Perico Girón se enamora (VII)

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Desde aquel día Perico Girón tuvo la voluntad anulada. Ya solo pensó en su Belle y obedeció todo lo que ella le mandaba. Los encuentros menudearon, se hicieron más íntimos. Necesitaban un coche. Para no llamar la atención en su casa, Perico optó por pedir uno prestado al marqués de Miraflores, hombre que le fue fiel en su amistad hasta la muerte. Perico era así, concitaba amistades eternas. Entraba en casa de su amigo a pie y vestido sencillamente y salía montado en el coche cerrado y conducido por un cochero en el pescante. El lugar de la cita variaba para no llamar la atención, pues la honorabilidad de Belle estaba en juego. Cuando la veía, Perico le hacía una señal al cochero y paraban para recogerla. Ella montaba, corrían con prontitud las cortinas y se echaban uno en brazos del otro mientras el coche paseaba incansable por las calles de Madrid.

Pero la dicha de los hombres es algo efímero, desaparece como lo hace el sol tras el nublado. A pesar de las precauciones, la noticia del romance llegó a oídos de los duques de Osuna. Esa vez se reunieron los dos para hablar con Perico. María Josefa conocía a su hijo y no quería dejar asunto tan delicado en manos solo de su marido, hombre y, como tal, rudo y carente de la flexibilidad necesaria para entender ciertas pasiones del ánimo. Para ella era algo nuevo hablar con su hijo de asuntos de amor. Su Perico había dejado ya de ser niño. Ella había advertido los cambios físicos que el tiempo había producido en el cuerpo del muchacho, pero desde hacía unos meses venía notando también esa seriedad determinada que acompaña a los hombres absorbidos por una pasión amorosa. Casi se le caían las lágrimas al ver alejarse a su niño, ahora ya inexistente, suplantado por aquel joven de cuerpo elástico y ademanes viriles que las doncellas de la casa espiaban ruborizadas en el baño.

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Perico llegó ese día al palacio de la Puerta de la Vega más tarde de lo habitual. Venía cansado, con esa sensación de debilidad en las piernas que sorprende a los hombres nuevos después de una sesión amorosa especialmente intensa. Las imágenes del nacarado cuerpo de Belle a horcajadas sobre el suyo, sus pechos sobresaliendo apuntados entre la rubia melena, le traían abstraído y un poco errático. Parecía no saber bien qué hacía mientras me seguía, pues fui yo el encargado de esperarle y acompañarlo a la presencia de sus padres.

El despacho del duque en el palacio de la Puerta de la Vega era una estancia amplia, de techos altos y gran chimenea. De sus muros revestidos de damasco rojo colgaban cuadros de antepasados de mirada grave y actitud arrogante. Don Pedro había elegido aquel emplazamiento para su lugar de trabajo porque era uno de los más confortables de la casa: su cuerpo, minado por la enfermedad, necesitaba las mayores atenciones. Cuando Perico entró encontró a sus padres sentados en el sofá que se había colocado junto al escritorio, cerca de la chimenea. Los progenitores guardaban silencio, y aún permanecieron callados unos segundos durante los cuales solo se oía el crepitar del fuego.

—Siéntate, hijo —dijo la duquesa con semblante sombrío. Perico, envalentonado por la historia de amor que estaba viviendo, una experiencia tan nueva y estimulante para él que lo hacía creerse el primer y más afortunado amante del mundo, dijo que prefería permanecer de pie—. Está bien, como quieras. Escúchame. Lo sabemos todo. —El padre no hablaba pero, al tiempo que asentía con la cabeza, lo miraba con una expresión de severidad que Perico no le había conocido hasta entonces—. Sabemos que te ves con la falsa hija de Lorraine, que dais largos paseos los dos solos en un coche cerrado. Eso tiene que acabar. Te debes a tu casa, a tu nombre.

Al acabar la duquesa, Perico Girón aguardó callado durante unos instantes en los que volvió a oírse el chisporroteo de los troncos encendidos. Luego habló despacio y con determinación.

—Belle es el amor de mi vida. Nos vamos a casar.

Eso fue todo. La madre se levantó, sacó de la manga un pañuelo de mano —costumbre que había adoptado en París— y empezó a enjugar una lágrima aún invisible. El duque, por su parte, no se movió del asiento y empezó a reír con todas sus fuerzas, como si le hubieran contado un nuevo chascarrillo sobre Godoy. La risa del padre desconcertó un tanto a Perico pero se mantuvo en su sitio. El padre dejó de reír y volvió a la severidad del principio. Luego habló.

—Sabemos perfectamente que si te casaras con ella harías una de las tonterías más grandes que un joven de buena posición puede hacer en su vida. A ti te esperan muchas mujeres para que disfrutes con ellas. Ya tendrás tiempo de casarte, y lo harás con alguien que te elijamos, una muchacha como te corresponde, no una mujerzuela de origen sospechoso y sin patrimonio alguno. Nunca pensé, hijo, que tuviera que llegar a esto, pero me veo obligado a prohibirte absolutamente poner un pie en la calle. Además, en calidad de superior tuyo en las Reales Guardias, y aprovechando las órdenes que he recibido, voy a incluir tu nombre en el lista de Reales Guardias que parten mañana hacia Italia para escoltar a la reina de Etruria. Tu equipaje está ya preparado. Retírate a tu cuarto.

El muchacho salió del despacho cabizbajo seguido por la mirada de la madre que, ahora sí, lloraba sin contención.

Perico cerró la puerta de su cuarto y se sentó unos instantes a reflexionar. Luego se levantó y se acercó a la ventana, abierta de par en par. Miró al infinito horizonte. La noche era de luna. El Manzanares corría apenas, manso, centelleando en el valle que levantaba perezoso sus alas hacia la Casa de Campo y la Pradera de San Isidro. Una lechuza, alertada por el movimiento de un ingenuo ratoncillo, pasó rauda ante sus ojos.

Perico se apoyó en el alféizar y miró hacia abajo. La ventana, situada en el segundo piso, se abría en un muro que acababa en un jardín. Su madre había mandado hacía unos años fijar en el muro una celosía de madera para que crecieran parras de Indias, que en otoño embellecían el muro con colores cambiantes. La celosía le pareció fuerte. Luego miró su equipaje. Estaba allí, junto al uniforme militar dispuesto en un galán de noche para que lo vistiera el día siguiente a primera hora. El equipaje era nada menos que un baúl mundo. Demasiado peso. Pasó unos minutos buscando uno de sus zurrones de caza y llenándolo con lo imprescindible. Incluyó varios objetos de valor de pequeño tamaño disponibles en el cuarto. Luego apagó la luz y esperó a que todos se acostaran. Entonces salió por la ventana.

La luna se encontraba en su cénit, una intensa luz azul bañaba la ciudad. Durante unos instantes, mientras descendía por la celosía, su perfil se recortó, nítido, contra las nubes plateadas. Una vez abajo, los perros sueltos en el jardín se dejaron acariciar mientras movían con fuerza el rabo. Perico saltó la tapia y el jardín quedó, de nuevo, en silencio.

Tardé diez años en volverlo a ver.

(Continuará).

 

Detalle de La lección de música, de Frederic Leighton (óleo sobre lienzo, 1877), obra conservada en la Galería Guildhall (Londres).

 

Víctor Espuny

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