Perico Girón se enamora (V)

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Que alguien como yo, Antonio García, nacido junto a una cuadra de los duques de Osuna, posea casi todos los secretos de uno de sus hijos puede parecer extraordinario, pero es producto de la suerte y la voluntad. Aquellos consejos sobre los beneficios de la discreción, que mi madre y don Arcadio me dieron en la ya lejana infancia —cerca estoy de hacer los ochenta—, me fueron siempre de gran utilidad. Y es que, además, nuestro Girón era de corazón trasparente y honesto, más, quizá, de lo que hubiese convenido.

Perico había aprendido a tocar la vihuela y a cantar con no poca gracia, así que después del encuentro con Belle en Madrid dedicó parte de su tiempo a estudiar unas cuantas canciones de cortejo. Las buscaba en cancioneros castellanos e italianos y las adaptaba a su gusto. Durante unos días, en los descansos de los paseos que hacía para rondar la casa de la calle de Toledo, se oyeron salir de su habitación coplas de galán enamorado que los demás miembros de la familia escuchaban con gusto y preocupación. Con gusto las escuchaba Isidra Manuela, Manolita, la pequeña, que consideraba a su hermano Perico un ser todopoderoso, y con preocupación su madre, la duquesa, que intentaba saber quién era la afortunada y no lo lograba en forma alguna. Llegó a hablar conmigo, «García, tú que estás cerca de mi hijo más a menudo que yo…» pero no tuve problema en guardar un secreto que aún no conocía. Porque, era cierto, todavía no sabía qué mosquita le había picado, y cuando lo supe juré a Perico que guardaría su secreto. Fue siempre tanta la confianza que el muchacho depositó en mí, y tan fuerte la ley que yo le guardé, que la duquesa tardó en saber de quién se trataba más de un mes (y no fue por mí).

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Coincidiendo con aquellas encerronas musicales de Perico, el duque volvió a estar convaleciente de un ataque de su enfermedad. El suceso se propagó por Madrid con la rapidez que suelen hacerlo las noticias malas y el general Lorraine apareció para visitarle de nuevo. Cuando Perico oyó y reconoció la voz del general acudió para ver a Belle pero ella no estaba, y fue tanta su decepción que al día siguiente, juzgándose ya preparado, salió desde la casa de la Puerta de la Vega, donde vivíamos ahora, vestido con sus mejores ropas y con la vihuela bajo el brazo.

Cuando llegó bajo el balcón de Belle anochecía. El invierno, desapacible, había desnudado muy pronto los árboles del Buen Retiro; sus ramas brillaban ahora, barnizadas de plata. La calle, iluminada apenas por el resplandor de un altarcito cercano a la casa de Belle, parecía sumida en la penumbra. Perico carraspeó levemente, comprobó por enésima vez la afinación del instrumento y comenzó a cantar:

 

Nadie puede ser dichoso,

Belle mía, ni desdichado,

antes de haberos mirado.

 

Porque la dicha de veros

al instante se marchita

si se piensa en mereceros.

Así que sin conoceros,

nadie puede ser dichoso,

Belle mía, ni desdichado,

antes de haberos mirado.

 

No había acabado aún la primera estrofa cuando Belle apareció en el balcón. Escuchó la copla con aparente gusto, pero en el momento en que Perico iba a empezar la segunda dejó caer a sus pies un billete muy bien doblado. El galán se agachó con rapidez a recogerlo y mandó un beso a las alturas. Lo desdobló y leyó con avidez.

 

Estimado Girón:

 

Podemos entrevistarnos mañana a medio día en los soportales de la Plaza Mayor cercanos a la calle de la Sal. Intentad pasar desapercibido.

 

Tuya,

Belle.

 

Las manos le temblaban, apenas podía contener la emoción. ¡Tuya, decía, y le había dado una cita…! Para entretener su espíritu, enemigo en esos momentos de estar entre cuatro paredes, vagó por la calle del Arenal y otras bien concurridas. Cuando, aún emocionado, entró en su casa encontró al padre esperándolo y tremendamente serio. Tuvo que seguirlo hasta su despacho. El duque caminaba despacio, dolorido. Recorrieron el largo pasillo precedidos por un lacayo que les alumbraba el camino. Los vi pasar. Perico iba pensativo, temiendo una contrariedad. Tomaron asiento nada más entrar y dejaron la puerta abierta. El duque comenzó a hablar:

—Ya va siendo hora, Pedro, de que tomes en serio tus obligaciones con la milicia. Has cumplido los quince años. Sé que tu voluntad en esto nada importa, te debes, como yo a la disciplina militar. El caso es que de un tiempo a esta parte te veo muy despegado de la vida en el cuartel. Recuerdo cuando te vi vestido por vez primera con el uniforme de las Reales Guardias, que yo mando. No sabes cuán grande fue mi orgullo y cómo de honrado me sentí. Sin embargo, desde que volvimos de París parece que aquello te sobrase. Me han dicho que ayer incluso faltaste a un servicio, y ya sabes que esa es una falta muy grave y merece una sanción severa. No quiero que nadie piense que te dispenso un trato de favor, pero por esta vez voy a dejarlo pasar: eres mi hijo y en algo tiene que notarse quién manda. Ten en cuenta, Pedro, que como segundón de la casa el ejército es casi la única forma de vivir dignamente que tienes. Además eres noble, hijo de un Grande de España, no lo olvides nunca. Anda, vete.

Perico salió de la habitación aliviado. Había temido que un contratiempo le impidiera acudir a la cita con Belle. Lo demás no le importaba.

(Continuará).

 

 

La imagen es un detalle de Romeo y Julieta, óleo sobre lienzo de Frank Dicksee pintado en 1884. Se conserva en Southampton (Inglaterra).

 

La copla cantada por Perico es de Garcilaso de la Vega, el poeta renacentista castellano, y ha sido adaptada para la ocasión.

 

Víctor Espuny

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