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Palabras para Lola, abogada de profesión

Palabras para Lola, abogada de profesión

Mucho cabrón es lo que había. Mucho luchar contra los fascistas y mucho escuchar a David Bowie y a los Rolling Stones y leer a Blasco Ibáñez, pero en el fondo querían lo mismo que sus padres: una esposa en casa sumisa y sin mancha en el currículum. Eso decía Lola -abogada de profesión- tras la segunda copa, mientras por los altavoces sonaba alguna canción de Tequila. Nos veíamos cada dos o tres viernes en un bar del centro de Madrid. Al entrar la encontraba siempre en la misma esquina de la barra. Pelo azabache recogido en una cola, ropa negra y ajustada, un cigarro apagado entre los dedos y una cansada sonrisa en la cara. No era una cita. No llegamos a crear una amistad. Yo salía de clase sobre las nueve y pico de la noche, no me apetecía meterme en el piso, echaba a andar por calles y plazas, y al pasar por la puerta de aquel local ella siempre estaba ahí. Sentado a su lado, me contaba historias de cuando tenía veinte años y tras un concierto pudo hablar con un jovencísimo Enrique Urquijo, de cuando las paredes se llenaron tras la muerte de Franco de carteles de partidos políticos y en las televisiones escritores, filósofos y periodistas no paraban de hablar sobre la libertad, y de cómo muchas chavalas de por entonces vieron a sus hermanos, amigos y compañeros de universidad luchar a su lado para que todo cambiara. Todo, menos nosotras. 

Os hablo de Lola porque ha fallecido hace unos meses. Me enteré el pasado ocho de marzo. Entré en Facebook, y me extrañó no ver ninguna publicación en su página. Tras preguntar por WhatsApp, una amiga que también la conocía me dio la noticia. Tenía cáncer, y un día de las pasadas navidades no pudo resistir más. Luchó hasta el final sin dejar de sonreír en ningún momento. Y tras dejar el teléfono en la mesa recuerdo su sonrisa, sí, pero también aquel brillo en sus ojos. Un brillo que se volvía más intenso a la par que me hablaba de un período en el que todo estaba por hacer. Cuando cientos de mujeres se manifestaron por la amnistía para las presas en cárceles por adulterio, aborto o prostitución. Compañeras que trabajaron día a día por la legalización de los anticonceptivos, el derecho al divorcio, el trabajo asalariado… y la educación sexual. Sexo libre. Y ahí sí aparecían los hijoputas. Porque esas imágenes en las que se ven a jóvenes españoles corriendo ante los grises, o con las manos levantadas cantando el estribillo de la canción de Jarcha, o más tarde al borde del éxtasis democrático cuando el Pesoe llega al poder…, pues no. Yo estuve allí y no era como hoy nos lo quieren hacer creer. Lucharon por sus derechos, por el de los hombres. Porque en aquella España saliendo de años de represión, muchos de esos nenes de pelo largo y barba gritaban LIBERTAD en la calle, pero cuando me case en mi casa mandan mis cojones. Y así fue. Tras unos años de juventud tirándose a toda la que se le ponía por delante, para el día del sí quiero buscaban como compañera a esa mujer que continuara con la obediencia y silencio que habían visto en su madre, y, por su puesto, con un pasado limpio. Y la encontraban. Y siguió en este país el modelo de familia machista y patriarcal por mucho que nos la diéramos de modernos enviando a Hollywood a Pedro Almodóvar rodeado de mujeres al borde de un ataque de nervios, echando por televisión programas infantiles presentados por una tal Alaska con una cruz colgando de la oreja derecha, o poniendo en televisión a altas horas de la noche esas películas de Pajares y Esteso con tres o cuatro pares de tetas en cada plano. Que todo cambie, termina diciéndome, para que todo siga igual.                                   

Miro una y otra vez su página de Facebook en busca de una publicación que sé que no voy a encontrar, y no me salían las palabras con las que comenzar este escrito. Unas palabras que hablaran de una mujer que vio cómo, año tras año, subía el número de mujeres que llegaban a su despacho diciendo ya no puedo más. Un escrito con el que compartir con ustedes mi tristeza al saber que no podré volver a sentarme al lado de esa ciudadana culta, lectora, que supo a lo largo de su vida distinguir la España real, de la que nos quería y quieren vender los políticos. Un artículo, en fin, Lola, que no sé ahora cómo terminar. Lo mejor será darte las gracias, poner abajo a la derecha mi nombre y dos apellidos, y decirte que nunca olvidaré tu cansada sonrisa. 

Álvaro Jiménez Angulo

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Foto de cottonbro studio. Pexels.


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