Osuna con nombre de Mujer. ¡Viva el 8 de marzo!

Venimos de lejos, muy lejos. Nos precede una larga genealogía de luchas feministas. Recordemos a aquellas 146 obreras. 146 trabajadoras que, tras encerrarse en la fábrica donde trabajaban como acto de reivindicación por sus derechos laborales, morían poco después en esa misma instalación tras ser incendiada como “castigo” por su ejercicio de protesta. No olvidemos a las sufragistas, a las sindicalistas, a todas las que hicieron posible la Segunda República y a las que lucharon en la Guerra Civil. Y tampoco podemos permitir que se borre de la Historia -sí, en mayúscula- a aquellas que entregaron sus vidas por la Revolución Social y por la lucha contra la dictadura franquista, sufriendo por ello una represión dirigida y específica por el hecho de ser mujeres.  

Avanzamos con ellas en nuestra memoria y nuestro corazón. Progresamos paso a paso hacia un mundo en el que poder convivir en igualdad, pues formamos parte de un proceso colectivo de apoyo mutuo y de transformación radical de la sociedad, la cultura, la economía, las relaciones y, claro está, nuestro pueblo. Porque sin nosotras el mundo no se mueve. No se agita. No se sacude. No se revuelve. No hace nada. Nunca ha sido fácil cada conquista, y más difícil resulta cuando se trata de las habitantes del mundo rural. Pero con ilusión y constancia hemos conseguido que nadie pueda seguir mirando hacia otro lado ante las propuestas del movimiento feminista y, sin embargo, tenemos que seguir trabajando. Continuar en nuestra labor tanto para impulsar las acciones necesarias para acabar con las desigualdades, la discriminación, la violencia machista y los asesinatos de nuestras hermanas, como para denunciar el acoso sexual que afecta de modo aún más marcado a las que se encuentran en situación de vulnerabilidad, las migradas, las trabajadoras domésticas, las que sufren diversidad funcional, las tuteladas y las que padecen algún problema de salud mental y ven sus derechos vulnerados.   

Todas y todos soportamos los ataques irracionales de los sectores más reaccionarios. Como ciudadanas en pos de los derechos de la mujer, nos posicionamos frente al discurso de la extrema derecha que ha situado y situa al sexo débil -como nos denomina la cultura machista en su empeño de someternos a la sumisión y al silencio-, a las migrantes, las racializadas y a las pertenecientes al colectivo LGTBI como objetivo prioritario de su ofensiva ultraliberal, racista y patriarcal. Pero que les quede claro: ¡no nos van a doblegar ni nos vamos a rendir! Nuestra causa es justa, y no queremos ni podemos decaer. No desistiremos en nuestro empeño porque exigimos una existencia con derechos todos los días del año; queremos cambiarlo todo, y queremos estar todas. Y luchamos hoy y lucharemos mañana para ejercer nuestro derecho de poder movernos en libertad por todos los espacios -públicos y privados-. Para ser dueñas de nuestros cuerpos, nuestros deseos y nuestras decisiones. Para que las personas disidentes sexuales, especialmente las trans, no sufran más agresiones. Para el respeto y la puesta en valor de la diversidad funcional, la diversidad sexual y la diversidad de identidad. Y este deseo, este combate por la dignidad, nos enfrenta a quienes sólo buscan el beneficio de una minoría mediante el uso de la mentira, y tratan de imponer el yugo mediante el miedo.

Pero nada de lo dicho puede llegar a realizarse sin la base principal: un sistema educativo en el que las alumnas y los alumnos reciban una educación con perspectiva de género. Un método en el que las niñas y los niños aprendan en las aulas a no diferenciar las acciones bajo los estereotipos impuestos por el patriarcado, creando así una ciudadanía que, en un futuro próximo, no apruebe en lo más mínimo la división sexual en el trabajo. Porque este fraccionamiento nos condena a la precariedad, a la discriminación laboral y a los trabajos peor pagados, no remunerados, invisibles e ilegales. Para acabar con esta práctica sexista infundamos en las nuevas generaciones el arrojo necesario por crear un escenario laboral que permita desarrollar un proyecto vital con dignidad y autonomía, un espacio donde el empleo se adapte a las necesidades de la vida -no la vida al trabajo, como impone el sistema neoliberal y capitalista-, y en el que los embarazos o los cuidados no sean objeto de despido ni de marginación. Pongamos desde hoy mismo en manos de nuestras hijas e hijos las herramientas adecuadas con las que aprender a pugnar por un mercado laboral que se base en la igualdad real, para que los trabajos a los que ellas logren acceder en su vida laboral no sean una muestra más de precariedad, incertidumbre, bajo salario, jornadas parciales no deseadas, brecha salarial, trabajo doméstico no reconocido, e impotencia ante el denominado techo de cristal. Apostemos, en definitiva, por un currículo escolar feminista, transversal a todas las disciplinas y a todos los niveles, y que sea un claro ejemplo de enseñanza totalmente alejada de los valores heteropatriarcales.   

Venimos de lejos, muy lejos. Nos precede una larga lista de sufrimientos: injusticias, invisibilidad, marginación, pérdida. (Quién ha perdido más que las mujeres en las guerras, en todas las guerras, siendo nosotras las primeras violentadas y olvidadas.) Pero este camino andado no debe caer en el olvido. Las vivencias de nuestras compañeras deben ser las muletas con las que mantenernos en pie ante los baches que nos encontramos y encontraremos en el camino. Un camino andado y por andar juntas y en compañía de los hombres que así lo deseen en pos de una Osuna con nombre de mujer. Una Osuna que impregne su día a día en auténtica Igualdad -sí, también en mayúscula- a partir de este nuevo 8 de marzo.

Rosario Aguilar y Mónica Ángulo.

Militantes de IZQUIERDA UNIDA OSUNA.

 

Imagen: Rawpixels by Freepik.

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